La Brujita Desastrosa

Capítulo 132

Capítulo 132: El Espectáculo en Pantalla

En el piso 47, la sala de monitoreo privado era un espacio que pocos conocían y menos aún pisaban. Paredes insonorizadas, una pantalla curva de alta definición que ocupaba casi toda una pared, sillones de cuero negro y una iluminación tenue que parecía diseñada para confianzas y no para trabajo. Esa tarde, las tres mujeres entraron en silencio, como si hubieran acordado sin palabras que aquello merecía un ritual.

La señora Valerius fue la primera en sentarse en el centro, cruzando las piernas con esa elegancia que convertía cada gesto en autoridad. A su derecha, el asistente tomó asiento con el control remoto ya en la mano, el moño perfecto y la expresión neutra de quien ha visto demasiadas grabaciones de seguridad. A la izquierda, Elena se acomodó con cautela, pero ahora con los hombros rectos y una calma que no había mostrado en semanas.

Valerius pulsó un botón en el panel. La pantalla cobró vida con la imagen nítida del salón principal, grabada desde tres ángulos simultáneos. La hora en la esquina: 16:32. El momento exacto en que Ricardo irrumpió.

—Reproduce desde el minuto 14 —dijo Valerius , voz baja, casi íntima.

La asistente obedeció. El video avanzó hasta el instante en que Ricardo sacudió a los guardias y Elena lanzó el anillo. El sonido era cristalino: el tintineo del metal contra el mármol, el rugido de él, el grito de Valerius llamando a Próspero .

Elena contuvo el aliento cuando vio a Próspero Afuerzin interponerse. El bloqueo del antebrazo fue preciso, casi quirúrgico. El impacto resonó en los altavoces como un trueno seco. Luego vino el intercambio: el jab que le abrió el pómulo, el superior que dobló a Ricardo, los dos rodando por el suelo en un torbellino de puños y rabia contenida.

Valerius soltó una risa corta, casi inaudible.

—Mira cómo baja el centro de gravedad antes de contraatacar. No es instinto. Es entrenamiento. Buenos Aires le enseñó eso.

El asistente inclinó la cabeza, observando el momento en que Próspero recibió el golpe en la cara y no retrocedió ni un centímetro.

—Sabe absorber el dolor sin perder el foco. Eso no se enseña en tres meses. Eso ya lo traía puesto.

Elena no apartaba la vista de la pantalla. Sus manos estaban apretadas en el regazo, pero no de miedo, sino de una emoción contenida. Cuando Próspero conectó la parte superior al hígado y Ricardo se dobló soltando un gemido que el micrófono captó con claridad, ella exhaló un suspiro largo, tembloroso.

—Nunca nadie… —murmuró, más para sí misma que para las otras—. Nunca nadie se puso entre él y yo. Ni siquiera cuando era peor.

Valerius giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—Ahora ya sabes lo que se siente cuando alguien pelea por ti y no contra ti.

El asistente detuvo el video en el cuadro exacto en que los guardias separaban a los dos hombres. Próspero de rodillas, sangrando del labio, mirando hacia arriba con los ojos encendidos. Ricardo arrastrado, humillado, con la nariz torcida y el orgullo hecho trizas.

Elena se inclinó hacia adelante, como si quisiera tocar la pantalla.

—Se ve… libre —dijo—. Ricardo se ve libre de mí. Y yo... yo me siento libre de él.

Valerius excitante, una sonrisa pequeña pero genuina.

—Exacto. Ese anillo en el suelo no fue solo un símbolo. Fue el final de una cadena. Y Próspero ... fue el que cortó el último eslabón.

El asistente reanudó la reproducción en cámara lenta. El momento en que Elena se acercó a Próspero y le tocó la mejilla ensangrentada. El roce de sus dedos, la forma en que él no se apartó, solo sostuvo su mirada. Luego, la sonrisa de ella: limpia, sin sombras.

Elena se llevó una mano al pecho, como si sintiera el latido por primera vez en meses.

—Estoy muy agradecida con él —susurró—. No solo por los golpes. Por... por dejar que yo fuera la que terminara todo. Por no robarme ese momento.

Valerius apagó la pantalla con un gesto suave.

—No fue solo por ti, Elena. Fue por nosotras tres. Un hombre como Ricardo no entiende el poder hasta que lo ve en carne propia. Y hoy lo vio.

La asistente se puso de pie, estirando los brazos con languidez felina.

— ¿Qué hacemos con el video? —preguntó—. Está archivado en el servidor principal. Podemos borrarlo, encriptarlo o… guardarlo como recordatorio.

Valerius miró a Elena.

—Tú decide.

Elena tardó solo un segundo.

—Guardenlo. Pero no para chantaje. Para recordar que hay días en que una mujer deja de ser víctima y empieza a ser dueña de su historia. Y que a veces… un motorista con las manos rápidas es todo lo que se necesita para que eso pase.

Las tres se quedaron en silencio un momento, compartiendo esa certeza sin necesidad de más palabras. Valerius se levantó al fin.

—Bajen al garaje cuando estén listas. Próspero ya debe estar esperando con el Bentley. Tiene el labio partido y un ojo morado, pero sigue siendo el mismo hombre que subió a mi oficina con la camisa manchada de sangre y la cabeza alta.

Elena molesta, esta vez con luz propia.

—Quiero verlo. Quiero decirle gracias. De verdad.

El asistente abrió la puerta.

—Entonces vamos. Porque después de lo que vimos en esa pantalla… creo que se ha ganado más que un simple “gracias”.

Salieron las tres juntas, dejando atrás la sala oscura y el vídeo congelado en un marco de puños, sangre y liberación.

Abajo, en el garaje, el Bentley negro esperaba con el motor en marcha. Próspero Afuerzin estaba apoyado en la puerta del conductor, con una compresa fría en el ojo y una sonrisa torcida que dolía tanto como curaba.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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