La Brujita Desastrosa

Capítulo 133

Capítulo 133: El Grado Diez

La mansión de la finca estaba sumida en un silencio absoluto, roto solo por el crepitar suave de la chimenea en el gran salón. Las luces estaban bajas, proyectando sombras largas sobre las botellas de cristal tallado y el cuero oscuro de los muebles. El aire olía a leña quemada, jazmín y una tensión que ya no era de evaluación, sino de rendición compartida.

Elena fue la primera en acercarse. Tomó la compresa fría que aún sostenía el motorista en la mano y la dejó con cuidado sobre una mesa auxiliar. Sus dedos, suaves y seguros ahora, recorrieron el borde de la ceja partida, trazando la línea de la herida como si estuviera memorizando un mapa de libertad recién conquistada.

—Esta noche no eres el motorista —dijo ella, mirándolo a los ojos con una intensidad que ya no llevaba rastro de la mujer rota de la semana pasada—. Esta noche eres el hombre que nos recordó que no estamos solas.

La asistente dio un paso adelante. Llevaba una copa de vino tinto en la mano; el líquido oscuro capturaba la luz de las llamas como sangre contenida. Por primera vez, su mirada plateada no evaluaba ni calculaba: admiraba. Ofreció la copa con un movimiento lento; el roce deliberado de sus dedos contra los de él fue eléctrico, una descarga que recorrió su columna y le recordó todas las veces que había estado a un milímetro de tocarla sin poder hacerlo.

—El 9.1 ha quedado obsoleto —susurró cerca de su oído, el aliento cálido contra la piel aún sensible—. Lo que hiciste hoy no se puede puntuar en una hoja de Excel.

Finalmente, la señora Valerius se levantó del sillón de cuero donde había observado todo en silencio. Caminó hacia él con esa autoridad que siempre lo había intimidado, pero esta vez su presencia no se sentía como una barrera infranqueable, sino como un premio que por fin se dejaba alcanzar. Se detuvo a escasos centímetros. El aroma a jazmín blanco y poder absoluto lo envolvió por completo.

—Dijiste que querías saber si estabas disponible para mí —dijo Valerius, su voz un terciopelo oscuro que vibraba en el pecho de él—. Y yo te dije que el precio del ascenso era alto.

Lo tomó de la corbata —la misma que había sobrevivido a la pelea, arrugada y manchada de sangre seca— y tiró de ella ligeramente, obligándolo a inclinarse hacia ella hasta que sus labios quedaron a un suspiro de distancia.

—Elena quiere darte las gracias. La asistente quiere terminar lo que empezó en la sala de baile. Y yo… yo quiero ver si ese 10 que tanto persigues es real o solo una ilusión.

La noche se transformó en un santuario de gratitud y deseo sin protocolos ni puntuaciones. No hubo reglas escritas, ni tiempos medidos, ni observadores invisibles. Elena fue la ternura primero: curó con besos las marcas que los golpes de su exmarido habían dejado en el rostro y el cuerpo del motorista, como si al sanarlo a él terminara de borrar las cicatrices invisibles que Ricardo había grabado en ella misma. Cada roce era una liberación mutua, suave, lenta, casi reverente.

La asistente fue la pasión técnica que siempre había prometido. Lo llevó al límite con la misma precisión quirúrgica con la que lo había entrenado meses atrás: movimientos calculados, pausas tortuosas, susurros que recordaban cada orden que alguna vez le había dado. Pero esta vez no había evaluación al final; solo entrega. El tango que nunca terminaron en la sala de baile encontró su cierre en la penumbra, piel contra piel, ritmo contra ritmo.

Y Valerius… Valerius fue el desafío final, el que cerraba el círculo. No se entregó fácilmente; exigió cada gramo de la fuerza, la etiqueta y el control que él había aprendido en Bangkok, Buenos Aires y Ginebra. En la penumbra de su habitación principal, entre sábanas de seda negra que susurraban con cada movimiento, el motorista desapareció por completo. En su lugar quedó alguien que ya no necesitaba pedir permiso para estar en la cima, alguien que sostenía la mirada de la mujer más poderosa que conocía sin bajar los ojos, alguien que respondía a cada exigencia con una entrega que era a la vez sumisión y conquista.

Cuando el fuego de la chimenea se redujo a brasas y el amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, las tres mujeres lo miraron con algo nuevo en los ojos: no gratitud, no admiración, sino reconocimiento. El grado diez no era una nota en un informe. Era el silencio satisfecho que llenaba la habitación, el peso compartido de cuerpos exhaustos y almas liberadas.

Valerius fue la última en hablar, con la voz ronca y una sonrisa que no necesitaba palabras para completarse.

—Bienvenido —dijo simplemente—tienes tres admiradoras para complacerte.



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En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 01.02.2026

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