Capítulo 1
Hagamos silencio por un momento y escuchemos el rincón de este bar. Ahí están ellos, dos amigos compartiendo un café de por medio, listos para desandar el camino.
—¿Qué hacés, Gerardo?
—¿Cómo estás, Guille? —Gerardo lo miró de reojo, acomodándose en la silla—. Bien, acá estoy. Pero a vos te noto cabizbajo… ¿te pasa algo? ¿Te sentís bien?
—Estoy un poco mareado —confesó Guille, apoyando los codos en la mesa—. Me acabo de bajar de la balsa, Gerardo. Tengo un mareo importante.
Gerardo soltó una sonrisa escéptica, buscando devolverlo a la tierra con su ironía de siempre:
—Vos sabés que yo me acosté mirando el cielo anoche... ¿Viste algún plato volador por ahí? ¿Satélites espías? Tené cuidado, loco, la otra vez abdujeron a uno y no apareció más.
Guille no estaba para chistes. El bamboleo de las aguas todavía le vibraba en el cuerpo.
—Lo único que te puedo asegurar es que tuve un viaje muy profundo —le dijo, serio—. Un encuentro con mi ser desde una perspectiva diferente.
Gerardo dejó de sonreír. El músico pragmático necesitó buscar el método, la lógica detrás de la experiencia:
—¿Andá? ¿Y cómo lo hiciste? ¿Tenés alguna técnica?
—Sí, pero es muy compleja y no es el momento para contarte.
Guille se quedó mirando el fondo de la taza de café, sintiendo cómo se mezclaban la mística de su viaje con la realidad del presente.
—Me di cuenta de algo, Gerardo… la letra de tu canción. La última vez que te abrí el pecho y te conté lo que estaba pensando, fuiste corriendo y lo pusiste en un tema.
Gerardo se acomodó en la silla, defendiendo su oficio con realismo:
—¿Qué, me vas a decir que me inspiré en vos?
—No pasa nada, no te lo digo mal —respondió Guille, tranquilo—. La trama cambió, es diferente a tu historia, pero la esencia la siento mía. Por eso te digo que es mi anécdota. Lo que conversamos esa vez en el bar… charlamos un buen rato, café de por medio. De ahí la sacaste.
—¡Me estás jodiendo! —se plantó Gerardo—. ¡Vos estás colifa, Guille!
—Sí, sí… —sonreí Guille, sintiendo la necesidad de romper la tensión—. Me voy a la barra. Voy por un trago. Necesito un trago para ver mejor, y si no puedo con uno, probaré con dos.
—Dale, vamos. Te acompaño, loco lindo —cedió Gerardo, aflojando la postura.
Caminaron hacia la barra y, mientras esperaban, el músico volvió a la carga con su mirada realista:
—Pero decime, Guille, ¿ahora te volviste viajero? ¿Un aventurero del camino?
—No solo del camino, Gerardo. De las aguas, del espacio.
—¿Y cómo fue ese viaje? ¿Lo organizaste vos?
—No. Eso no se organiza. Se presenta, te invita y, si querés ir, vas.
Gerardo frunció el ceño, impaciente ante la falta de datos concretos:
—No entiendo, che. Vos siempre tan complicado... ¿Podés ser más específico? ¿A dónde fuiste?
—A ningún lado, me quedé acá mismo —le contesté Guille, mirándolo fijo—. Todo empezó cuando conecté conmigo y empecé a explorar mi interior, de manera autodidacta. Es algo complejo... una vez que arrancás, ya no podés volver atrás. Primero me crucé con el dolor. Lo miré de frente, sin decirle nada; hasta te puedo decir que me animé a sentirlo. Más adelante me esperaba la soledad. Sí, la soledad... Pensé que se venía conmigo, la noté decidida, con actitud. No le demostré miedo, pero sí respeto. Y ahí estuvo el punto: se sintió respetada y, a la vez, ignorada. No hubo que provocarla. Ahí pegué la vuelta, comencé el viaje de regreso con una mochila cargada de emociones. Al volver, noté que el dolor ya no estaba igual, pero no me distraje con suspicacias. Llegué al portal, que todavía estaba abierto, lo atravesé y volví al mundo real. Y sin tiempo para pensar en lo que había vivido, agradecí con el alma haber podido regresar.
El ruido del bar pareció quedar en suspenso. Gerardo se quedó procesando las palabras, buscando digerir el viaje místico del bohemio desde su mirada pragmática:
—Guille... eso es una experiencia para contar, para ponerla en palabras totalmente —dijo, convencido—. ¿Querés que te ayude?
—Lo que me gustaría es que, si yo la pongo en palabras, vos le pongas la música. De esa manera las cosas quedan en su lugar. El músico con su música y el soñador con sus sueños.
Gerardo apoyó los puños en la barra, mirándolo con un respeto nuevo:
—Guille, ¿sabés qué pasa? Podés sentir dolor, te podés sentir solo... pero encontrarte con la mismísima soledad frente a frente y mirarla así... eso es digno de admirar. Es de valientes.
—No es valentía —remató Guille, mientras el barman apoyaba los vasos—. Es estar seguro. Estar seguro de uno mismo.