Los jóvenes, agrupados y organizados, siguieron adelante fieles a sus ideales. Enfrentaron dictadores y sistemas opresores; atravesaron tormentas oscuras y pagaron costos altísimos. Pero al superarlos, con las heridas a flor de piel, pudieron volver a levantar la mirada.
Y entonces, limpio y definitivo, apareció el horizonte. Cada mañana, el amanecer.
La lucha por sus ideales tuvo su reconocimiento. Marcó a fuego una época entera. La perseverancia de esos jóvenes los convirtió en los protagonistas indiscutidos de una década que dejó una huella imborrable en la historia.
Dos jóvenes. Una balsa. Y un único destino posible: la libertad.