La cafetería de Elena

Capítulo 2 — El CEO vuelve cada mañana

Al día siguiente Marcos volvió a la cafetería.
Exactamente a las ocho de la mañana.
Con el mismo traje impecable.
La misma expresión seria.
Y la misma mirada intensa que parecía analizar absolutamente todo.
Tomás apenas lo vio entrar, murmuró:
—El inspector regresó.
Elena intentó no reírse mientras limpiaba una mesa.
Marcos caminó lentamente observando el lugar como la primera vez. Las plantas colgando cerca de las ventanas, las luces cálidas, las flores secas decorando las paredes… todo seguía perfectamente ordenado.
Eso le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Un café negro —dijo con voz seca.
—Enseguida —respondió Elena sonriendo.
Marcos se sentó cerca de la ventana.
Y aunque fingía revisar su teléfono… en realidad observaba a Elena.
La veía caminar entre las mesas saludando clientes.
La veía acomodar plantas con cuidado.
La veía reírse de las tonterías de Tomás.
Y sin entender por qué… aquella chica lograba tranquilizarlo.
Algo que nadie más conseguía.
Ni siquiera Raquel.
Tomás se acercó al oído de Elena mientras preparaban el café.
—¿Por qué viene tanto?
—Ni idea…
—Capaz está enamorado de mis muffins.
Elena soltó una risa.
—Sí claro, seguramente viene por ti.
—Es obvio. Tengo encanto natural.
Marcos escuchó aquello justo cuando tomaba café.
Y casi se atraganta.
Tomás lo vio y abrió mucho los ojos.
—ELENA… EL CEO CASI MUERE POR AMOR.
—¡Tomás!
Elena se puso roja de vergüenza.
Pero Marcos… por primera vez en años… estuvo a punto de reírse.
Al día siguiente volvió otra vez.
Y al otro también.
Siempre a la misma hora.
Siempre pedía el mismo café.
Pero ahora comenzaba a quedarse más tiempo.
A veces una hora.
A veces dos.
Incluso llevaba su computadora y trabajaba desde una mesa del fondo.
Los clientes empezaron a notar su presencia.
Porque era imposible ignorarlo.
Era demasiado elegante.
Demasiado serio.
Demasiado guapo.
Y siempre parecía mirar a Elena cuando ella no se daba cuenta.
—Te está mirando otra vez —susurró Tomás.
—No me está mirando.
—Elena… ese hombre te mira como si fueras el último café del planeta.
Ella comenzó a ponerse nerviosa.
Porque en el fondo… también empezaba a esperar verlo cada mañana.
Aunque jamás lo admitiría.
Una mañana Marcos encontró una pequeña hoja caída cerca de una maceta.
La levantó inmediatamente.
—Esto estaba en el suelo.
Elena sonrió divertida.
—Gracias.
Tomás apareció detrás.
—Uy no… ya empezó el modo limpieza extrema.
Marcos frunció el ceño.
—El desorden es innecesario.
—¿Y respirar también le molesta?
Elena comenzó a reír.
Y Marcos se quedó mirándola otra vez.
Porque cuando ella reía…
todo el ruido de su cabeza desaparecía.
Aquello lo confundía.
Mucho.
Esa noche, en su enorme apartamento silencioso, Marcos intentó trabajar como siempre.
Pero no podía concentrarse.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba a Elena sonriendo entre plantas y olor a canela.
Entonces tomó su teléfono.
Miró la hora.
Y sin darse cuenta…
ya estaba pensando en volver a verla al día siguiente.




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