La cafetería de Elena

Capítulo 3 — El hombre más enojón del mundo

Trabajar para Marcos Ferrer era prácticamente sobrevivir a una guerra diaria.
En la enorme empresa Ferrer Group todos caminaban con cuidado cuando él aparecía.
Nadie hablaba fuerte.
Nadie dejaba papeles fuera de lugar.
Nadie tocaba absolutamente nada de su oficina.
Porque Marcos odiaba el desorden.
Y cuando algo salía mal…
todos temblaban.
—¿QUIÉN MOVIÓ MI LAPICERA? —gritó una mañana desde su oficina.
El silencio cayó en todo el piso.
Una secretaria casi dejó caer el café.
Dos empleados se escondieron detrás de unas carpetas.
Y un pobre asistente parecía estar rezando.
—Señor… solo la movimos unos centímetros para limpiar…
Marcos cerró los ojos con frustración.
—No vuelvan a hacerlo.
Su oficina era impecable.
Todo perfectamente alineado.
Perfectamente limpio.
Perfectamente controlado.
Pero aun así Marcos siempre parecía molesto con el mundo.
Nadie lo había visto sonreír jamás.
Hasta hace unos días.
Y eso tenía a todos confundidos.
Porque después de visitar aquella cafetería…
algo en él estaba cambiando.
Muy poco.
Pero suficiente para que todos lo notaran.
Una mañana entró al ascensor y dijo:
—Buenos días.
El silencio fue inmediato.
Un empleado abrió tanto los ojos que casi se ahoga con el aire.
Cuando Marcos salió del ascensor, todos quedaron inmóviles.
—¿Escuchaste eso?
—Sí.
—El jefe dijo “buenos días”.
—Eso da miedo.
—Capaz está poseído.
En otra ocasión una secretaria accidentalmente derramó café sobre unos documentos.
Todos pensaron que Marcos explotaría.
Pero él solo suspiró cansado.
—Tranquila… imprímelos otra vez.
La mujer casi llora de felicidad.
Los rumores comenzaron rápidamente.
—El jefe está enamorado.
—Imposible.
—Entonces tiene fiebre.
—O lo reemplazaron por un clon amable.
Mientras tanto Marcos seguía regresando a la cafetería cada mañana.
Siempre a las ocho.
Siempre con el mismo café.
Aunque ahora ya no fingía tanto.
Sus ojos buscaban automáticamente a Elena apenas entraba.
Y cuando ella sonreía…
el mal humor desaparecía un poco.
Aquello lo confundía más de lo que quería aceptar.
Porque Marcos no entendía por qué una simple cafetería comenzaba a sentirse más importante que su propia oficina.
Aquella mañana Elena estaba acomodando nuevas plantas cerca de la ventana.
Llevaba el cabello rojo recogido en una trenza desordenada y tenía un poco de harina en la mejilla.
Marcos la observó en silencio.
Ella era diferente.
No intentaba impresionarlo.
No se comportaba como las mujeres elegantes que siempre lo rodeaban.
Simplemente era auténtica.
Y eso le gustaba demasiado.
—Te está mirando otra vez —susurró Tomás mientras limpiaba una mesa.
Elena casi deja caer una maceta.
—No me está mirando.
—Elena… ese hombre te observa como si fueras una obra de arte.
Ella se puso nerviosa.
Porque en el fondo empezaba a darse cuenta de algo.
Marcos sí la miraba.
Mucho.
Demasiado.
Y eso le daba miedo.
Porque Elena jamás se había considerado el tipo de mujer que alguien como Marcos podría amar.
Él era rico.
Elegante.
Perfecto.
Y ella…
solo era una chica gordita que trabajaba en una cafetería llena de plantas.
A veces todavía recordaba comentarios crueles de otras personas.
“Una chica como tú nunca llamará la atención de un hombre así.”
Por eso cada vez que Marcos la observaba…
ella desviaba la mirada rápidamente.
No quería ilusionarse.
No quería sufrir.
Pero lo que Elena no sabía…
era que Marcos ya no podía pasar un solo día sin verla.




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