Aquella tarde el cielo comenzó a oscurecer mucho antes de lo normal.
Las nubes grises cubrieron toda la ciudad y un viento frío empezó a mover las ramas de los árboles.
Desde la ventana de la cafetería, Elena observó cómo las primeras gotas golpeaban el cristal.
—Parece que tendremos tormenta —comentó mientras acomodaba unas tazas.
Tomás miró hacia afuera y abrió los ojos.
—Eso no es una tormenta.
—¿No?
—Eso es el fin del mundo.
Como si quisiera darle la razón, un enorme trueno hizo temblar los ventanales.
Algunos clientes se sobresaltaron.
Elena soltó una pequeña risa.
Pero conforme pasaban las horas, la lluvia se volvió más intensa.
Las calles comenzaron a inundarse y el viento silbaba entre los edificios.
Poco a poco los clientes se fueron marchando.
Hasta que finalmente solo quedaron tres personas dentro de la cafetería.
Elena.
Tomás.
Y Marcos.
Marcos llevaba casi dos horas fingiendo trabajar con su computadora.
Aunque la realidad era otra.
Simplemente no quería irse.
Le gustaba estar allí.
Le gustaba verla.
Le gustaba escucharla reír.
Y aquello comenzaba a ser un problema.
—Bueno —dijo Tomás guardando su chaqueta—. Yo me voy antes de que un rayo decida convertirme en pollo asado.
—Ten cuidado —respondió Elena.
—Y ustedes dos compórtense.
Elena se puso roja.
—¡Tomás!
—¿Qué? Solo digo la verdad.
Marcos ocultó una sonrisa.
Minutos después la cafetería quedó completamente vacía.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo.
Elena terminó de limpiar las últimas mesas y apagó algunas luces.
Cuando finalmente miró la hora, suspiró.
Era mucho más tarde de lo habitual.
Y la tormenta seguía empeorando.
—¿Cómo vas a volver a casa? —preguntó Marcos.
—Tomaré el autobús.
Marcos levantó una ceja.
—Con esta lluvia no.
—Estaré bien.
—No.
—Marcos...
—Te llevaré.
La forma firme en que lo dijo hizo que Elena se quedara sin argumentos.
Treinta minutos después viajaban en silencio dentro del automóvil negro de Marcos.
Las gotas resbalaban por las ventanas mientras la ciudad brillaba bajo las luces nocturnas.
Elena observaba el paisaje intentando ignorar lo nerviosa que estaba.
Nunca había estado tan cerca de él durante tanto tiempo.
Y eso hacía que su corazón latiera demasiado rápido.
Marcos conducía concentrado.
O al menos fingía estarlo.
Porque cada pocos segundos encontraba alguna excusa para mirarla.
La luz de los faroles iluminaba suavemente su cabello rojo.
Y verla allí sentada a su lado le parecía peligrosamente agradable.
Finalmente llegaron al barrio donde vivía Elena.
Era una zona humilde pero acogedora.
Las casas tenían pequeños jardines llenos de flores.
Algunas ventanas estaban decoradas con luces cálidas.
Y el ambiente se sentía tranquilo.
Muy diferente al mundo de lujo en el que vivía Marcos.
—Es aquí —dijo Elena.
Marcos estacionó frente a la casa.
La lluvia seguía cayendo con fuerza.
—Gracias por traerme.
—No tienes que agradecerme.
Por un instante ninguno de los dos se movió.
El silencio se volvió extraño.
Demasiado íntimo.
Demasiado personal.
Elena sonrió nerviosamente.
—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, Elena.
Ella abrió la puerta del auto.
Y ocurrió.
Su pie resbaló sobre el pavimento mojado.
—¡Ah!
Antes de que pudiera caer, unos brazos fuertes la sujetaron.
Marcos reaccionó inmediatamente.
La sostuvo por la cintura.
Protegiéndola contra su pecho.
El tiempo pareció detenerse.
La lluvia seguía cayendo a su alrededor.
Pero ninguno de los dos la escuchaba.
Porque estaban demasiado cerca.
Mucho más cerca de lo que jamás habían estado.
Elena levantó lentamente la mirada.
Sus ojos encontraron los de Marcos.
Y por primera vez ninguno apartó la vista.
El corazón de Elena golpeaba tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
Marcos tampoco podía respirar con normalidad.
Todo lo que veía eran aquellos ojos dulces.
Aquella sonrisa tímida.
Aquella mujer que estaba cambiando su vida poco a poco.
Sin darse cuenta, se inclinó apenas hacia ella.
Y Elena también.
Solo unos centímetros más.
Solo un poco.
Y sus labios habrían terminado encontrándose.
Pero de repente Elena recordó quién era él.
El poderoso CEO.
El hombre comprometido con Raquel.
Y el miedo apareció.
Miedo a ilusionarse.
Miedo a salir lastimada.
Miedo a que todo aquello no significara nada.
Entonces dio un paso atrás rápidamente.
—Yo... debo entrar.
Marcos parpadeó.
Como si despertara de un sueño.
—Claro.
Elena bajó la mirada.
—Gracias por traerme.
—Cuando quieras.
Ella corrió hacia la puerta de su casa bajo la lluvia.
Y antes de entrar, se giró una última vez.
Marcos seguía allí.
Observándola.
Con la misma intensidad que hacía que su corazón olvidara cómo latir normalmente.
Cuando Elena desapareció dentro de la casa, Marcos permaneció varios minutos frente a la acera.
Sin arrancar el automóvil.
Sin moverse.
Pensando únicamente en una cosa.
Había estado a punto de besarla.
Y por primera vez en mucho tiempo...
no podía pensar en nada más.
Editado: 27.07.2026