La cafetería de Elena

Capítulo 12 — El corazón roto

Marcos jamás había conducido tan rápido en toda su vida.
Sus manos apretaban el volante mientras las luces de la ciudad pasaban borrosas frente a él.
Su corazón latía con fuerza.
Demasiada fuerza.
Porque ahora conocía la verdad.
Toda la verdad.
Elena era la niña que lo había salvado.
Elena era la dueña de aquel recuerdo.
Elena era quien había estado en su corazón mucho antes de que él pudiera comprenderlo.
Y necesitaba verla.
Necesitaba hablar con ella.
Necesitaba saber por qué había guardado silencio.
Cuando llegó a la cafetería, el local estaba cerrando.
Las luces interiores seguían encendidas.
Elena acomodaba las últimas sillas mientras intentaba ignorar la tristeza que llevaba días acompañándola.
La boda de Marcos se acercaba.
Y cada día sentía que perderlo dolía un poco más.
La campanita de la puerta sonó.
Ella levantó la vista sorprendida.
Y se quedó inmóvil.
Marcos estaba allí.
Agitado.
Respirando con dificultad.
Como si hubiera corrido una maratón.
—Marcos...
Él caminó directamente hacia ella.
Sus ojos estaban llenos de emoción.
De dolor.
Y de algo más.
Algo que Elena nunca había visto antes.
—¿Por qué? —preguntó él.
Ella parpadeó confundida.
—¿Qué sucede?
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?
El corazón de Elena se detuvo.
Porque inmediatamente supo de qué estaba hablando.
Marcos había descubierto todo.
Finalmente.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos antes de que pudiera evitarlo.
—Yo...
—¿Por qué me dejaste creer una mentira durante tantos años?
Elena bajó la mirada.
Sus manos temblaban.
—Porque tú amabas a otra persona.
Marcos negó lentamente.
—No.
—Marcos...
—No, Elena.
Su voz se quebró.
—Yo no amaba a Raquel.
Amaba un recuerdo.
Amaba a la niña que me salvó.
Amaba la imagen que guardé en mi corazón durante años.
Elena sintió que las lágrimas comenzaban a caer por sus mejillas.
Y entonces Marcos dio un paso más cerca.
—Pero me enamoré de ti.
El silencio llenó la cafetería.
Elena dejó escapar un sollozo.
Había soñado tantas veces con escuchar esas palabras.
Tantas.
Que ahora le parecía imposible creerlas.
—No digas eso...
—Es la verdad.
—No.
Elena negó con la cabeza mientras las lágrimas seguían cayendo.
—No puedes sentir eso por mí.
—¿Por qué no?
—Porque mírame.
Su voz se rompió.
Toda la inseguridad que había cargado durante años salió de golpe.
—Mírame, Marcos.
Las lágrimas corrían por su rostro.
—Soy gordita.
—...
—Soy torpe.
—...
—Derramo cosas.
Me tropiezo.
No soy elegante como Raquel.
No pertenezco a tu mundo.
No soy la mujer perfecta.
Cada palabra le rompía el corazón a Marcos.
Porque entendía que alguien había hecho que Elena dudara de sí misma durante demasiado tiempo.
Y aquello le dolía.
Mucho.
Con suavidad tomó su rostro entre las manos.
La obligó a mirarlo.
Y cuando sus ojos se encontraron, Elena vio una sinceridad absoluta.
—Escúchame bien.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Eres la mujer más hermosa que he conocido.
Elena cerró los ojos.
—Marcos...
—Hermosa cuando ríes.
Hermosa cuando te enojas.
Hermosa cuando cuidas tus plantas.
Hermosa cuando preparas café.
Hermosa cuando intentas ayudar a todos.
Hermosa siempre.
La respiración de Elena se volvió inestable.
Nadie le había dicho algo así antes.
Nadie.
—No me importa nada de eso.
No me importa si eres diferente a otras mujeres.
No me importa si eres torpe.
No me importa nada.
Porque cuando estoy contigo...
me siento en casa.
Elena comenzó a llorar más fuerte.
Y Marcos secó una lágrima con su pulgar.
—Te amo, Elena.
Aquellas palabras derrumbaron las últimas barreras de su corazón.
Porque ya no podía seguir negándolo.
Ella también lo amaba.
Desde hacía mucho tiempo.
Quizás desde el primer café.
Quizás desde aquella noche bajo la lluvia.
O quizás desde que era una niña y tomó la mano de un niño asustado junto a un lago.
No importaba.
Porque el amor siempre había estado allí.
Esperándolos.
Marcos se inclinó lentamente hacia ella.
Y esta vez Elena no retrocedió.
No tuvo miedo.
No pensó en Raquel.
No pensó en la boda.
No pensó en nada.
Solo en él.
Solo en ese momento.
Sus frentes se rozaron suavemente.
Sus respiraciones se mezclaron.
Y finalmente...
Marcos la besó.
Fue un beso dulce.
Lleno de emociones contenidas.
De años de recuerdos.
De sentimientos que habían permanecido escondidos demasiado tiempo.
Cuando se separaron, ambos tenían lágrimas en los ojos.
Pero también sonreían.
Por primera vez.
Sin dudas.
Sin secretos.
Sin mentiras.
Y mientras la lluvia comenzaba a caer suavemente sobre la ciudad, Marcos entendió que había encontrado aquello que buscó durante toda su vida.
No era una empresa.
No era el éxito.
No era una promesa del pasado.
Era Elena.
Siempre había sido Elena.




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