La cafetería había vuelto a llenarse de risas, del aroma a café recién molido y del sonido de las cucharitas chocando contra las tazas.
Sin embargo, para Elena nada era igual.
Después de la visita de Victoria Ferrer, una pequeña sombra parecía acompañarla a todas partes.
Sonreía.
Atendía a los clientes.
Cuidaba sus plantas.
Pero cuando nadie la veía, suspiraba profundamente.
Aquella mañana Tomás la observaba desde hacía varios minutos.
—Elena...
Ella levantó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Tomás dejó el repasador sobre el mostrador.
Por primera vez tenía una expresión completamente seria.
—¿Tienes miedo?
Elena fingió no entender.
—¿Miedo de qué?
—De la madre de Marcos.
El silencio respondió por ella.
Tomás bajó la voz.
—Desde que esa mujer vino... ya no eres la misma.
Elena intentó sonreír.
—Estoy bien.
—No me mientas.
Ya aprendí a conocerte.
Cuando dices que estás bien es porque estás peor que nunca.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eres imposible.
—Y tú eres muy mala mintiendo.
Elena apoyó ambas manos sobre el mostrador.
Miró las plantas.
Después habló en voz baja.
—Sí...
Tengo miedo.
Tomás sintió un nudo en la garganta.
—Lo sabía.
—No por mí...
Tengo miedo por Marcos.
Su madre no parece una persona que acepte un "no" como respuesta.
Es una mujer acostumbrada a conseguir todo lo que quiere.
Y siento que esto recién empieza.
Tomás cruzó los brazos.
—Yo también pienso lo mismo.
Esa señora tiene cara de villana de telenovela.
Elena no pudo evitar reír.
—¡Tomás!
—¿Qué?
Es verdad.
Solo le falta entrar con música dramática.
Los dos comenzaron a reír.
Por unos segundos todo volvió a ser como antes.
Hasta que la campanita de la puerta volvió a sonar.
Una mujer rubia, perfectamente maquillada y elegantemente vestida entró a la cafetería.
Raquel.
Su mirada era fría.
Tan fría que varios clientes dejaron de conversar para observarla.
Caminó directamente hasta Elena.
—Necesito hablar contigo.
Tomás dio un paso adelante.
—Si vienes a molestar...
Raquel ni siquiera lo miró.
—No hablo contigo.
Elena respiró hondo.
—Tomás...
Está bien.
Él obedeció, aunque no muy convencido.
Raquel apoyó las manos sobre el mostrador.
—¿Estás feliz?
Elena la observó confundida.
—¿Perdón?
—Lograste destruir mi vida.
Mi boda.
Mi futuro.
Todo por aparecer de nuevo.
Elena negó lentamente.
—Yo no destruí nada.
Raquel soltó una risa llena de amargura.
—¿Ah, no?
Marcos canceló nuestra boda por tu culpa.
Todo el mundo habla de mí.
¿Sabes lo humillante que fue?
Los ojos de Elena se llenaron de tristeza.
—Nunca quise hacerte daño.
Raquel golpeó suavemente el mostrador.
—Pues me lo hiciste.
Y te juro una cosa...
Vas a pagar muy caro haber arruinado mi vida.
Muy caro.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Raquel se acercó un poco más.
—Disfruta mientras puedas.
Porque esto recién empieza.
Giró sobre sus tacones.
Y salió de la cafetería.
El silencio quedó flotando en el ambiente.
Tomás llegó enseguida.
—¡Esa mujer está completamente loca!
Elena permanecía inmóvil.
—¿Estás bien?
Ella asintió lentamente.
Aunque por dentro sentía que el miedo volvía a crecer.
No habían pasado ni cinco minutos cuando un hombre con una carpeta y una credencial entró por la puerta.
—Buenos días.
¿La dueña del local?
Elena levantó la mano.
—Soy yo.
—Mi nombre es Ricardo Gómez.
Inspector municipal.
Vengo a realizar una inspección de rutina.
Tomás abrió mucho los ojos.
—¿Inspección?
El inspector sonrió.
—No se preocupen.
Solo revisaremos documentación e instalaciones.
Elena buscó inmediatamente una carpeta.
—Aquí están todos los permisos.
El inspector comenzó a revisarlos.
Mientras tanto caminó por la cafetería.
Observó la cocina.
Las heladeras.
Los extintores.
Las salidas de emergencia.
Las mesas.
Las plantas.
La limpieza.
Tomás caminaba detrás de él tan nervioso que parecía un guardaespaldas.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Muy seguro?
El inspector soltó una carcajada.
—Relájese.
Está haciendo que me ponga nervioso usted.
Después de casi media hora cerró la carpeta.
—Felicitaciones.
Todo está en perfecto estado.
No encontré absolutamente ninguna irregularidad.
Elena sonrió aliviada.
—Muchas gracias.
El inspector miró alrededor una vez más.
Y entre risas comentó:
—Aunque siendo sinceros...
Si el famoso Marcos Ferrer viene todos los días a este lugar...
¿Qué iba a encontrar mal?
Dicen que ese hombre es un maniático de la limpieza.
Tomás comenzó a reír tan fuerte que casi se atragantó.
—¡No sabe cuánto!
Si encuentra una cuchara un centímetro fuera de lugar le cambia la vida.
Elena también comenzó a reír.
—Es verdad.
A veces acomoda las mesas tres veces seguidas.
En ese mismo instante sonó la campanita de la puerta.
Todos levantaron la vista.
Marcos acababa de entrar.
Vestía una camisa azul oscuro y llevaba la misma expresión seria de siempre.
Miró a todos confundido.
—¿Qué pasó?
Tomás seguía riéndose.
—Justo estábamos hablando de ti.
Marcos arqueó una ceja.
—¿De mí?
—Sí...
El inspector dice que gracias a tu obsesión con la limpieza esta cafetería parece un quirófano.
El inspector sonrió.
—Mucho gusto, señor Ferrer.
Marcos estrechó su mano.
—Espero que no hayan encontrado problemas.
—Ninguno.
Su novia tiene un negocio impecable.
Marcos sonrió orgulloso.
—Lo sé.
Elena sintió que sus mejillas se ponían rojas.
Tomás estuvo a punto de contar lo ocurrido con Raquel.
Pero Elena lo miró fijamente.
Negó discretamente con la cabeza.
Tomás entendió el mensaje.
Se quedó callado.
Marcos notó aquel intercambio de miradas.
—¿Pasó algo?
Elena respondió enseguida.
—Nada importante.
Solo estaba esperando que llegaras.
Él sonrió.
—¿Ah, sí?
—Sí...
Porque hoy todavía no tomaste tu café.
Y eso sí sería una emergencia nacional.
Tomás comenzó a aplaudir.
—¡Eso! ¡Primero el café! Después ya vemos si el mundo se termina.
Marcos rió por lo bajo.
—Entonces aceptaré mi tratamiento de siempre.
Elena caminó hacia la máquina de café.
Preparó con cuidado el café negro que él tanto amaba.
Luego colocó un pequeño cheesecake sobre un plato blanco.
Regresó hasta su mesa.
—Aquí tiene, señor CEO.
Su café.
Y un cheesecake de regalo.
Marcos la miró con una ternura que no podía ocultar.
—Gracias.
Pero el mejor regalo...
es verte sonreír otra vez.
Elena sonrió.
Aunque en el fondo de su corazón seguían resonando las palabras de Raquel.
"Esto recién empieza..."
Y por primera vez...
tuvo la sensación de que una gran tormenta estaba por llegar.
Editado: 27.07.2026