La cafetería de Elena

Capítulo 17 — Cuando el mundo se derrumba

El sol apenas comenzaba a salir cuando Elena llegó a la cafetería.
Como todas las mañanas, llevaba una caja con flores nuevas para decorar la entrada. Era una costumbre que jamás abandonaba. Decía que las personas necesitaban comenzar el día viendo algo bonito.
Caminó tarareando una canción mientras buscaba las llaves en su bolso.
Pero antes de llegar a la puerta se detuvo.
Frente a ella había una enorme cinta amarilla cruzando la entrada.
En el vidrio colgaba un cartel rojo.
"LOCAL CLAUSURADO. SANCIÓN SANITARIA. PRESENCIA DE ROEDORES. PROHIBIDO EL INGRESO."
El mundo pareció detenerse.
Las flores cayeron lentamente de sus manos.
Las llaves golpearon el suelo.
Elena leyó el cartel una vez.
Dos veces.
Tres veces.
No podía creerlo.
—No... —susurró con la voz quebrada.
Se acercó lentamente al vidrio.
Apoyó una mano sobre la puerta.
Todo estaba exactamente como lo había dejado la noche anterior.
Las mesas.
Las plantas.
Las luces apagadas.
Nada tenía sentido.
—Esto... esto no puede estar pasando...
Las piernas comenzaron a temblarle.
Sentía que le faltaba el aire.
La cafetería no era solo un negocio.
Era el sueño por el que había trabajado durante años.
Había pasado noches enteras horneando pan para ahorrar dinero.
Había renunciado a vacaciones.
Había trabajado enferma.
Había llorado de cansancio más de una vez.
Y ahora...
Todo parecía derrumbarse frente a sus ojos.
Algunos vecinos comenzaron a detenerse para leer el cartel.
—¿Ratas?
—Qué horror...
—Yo venía siempre...
—Quién lo hubiera imaginado...
Cada comentario era como una puñalada.
Elena quería explicar que era mentira.
Que jamás había tenido un problema sanitario.
Pero las palabras no salían.
Solo podía mirar aquel cartel.
Su cuerpo dejó de responder.
Fue entonces cuando apareció Tomás.
Llegaba silbando, con una bolsa llena de facturas.
—¡Buenos días, jefa! Hoy traje...
Su sonrisa desapareció de inmediato.
—¿Qué pasó?
Vio la cinta amarilla.
El cartel.
Y a Elena completamente inmóvil.
Corrió hasta ella.
—¡Elena!
Ella no respondió.
Seguía mirando el vidrio como si esperara despertar de una pesadilla.
Tomás tomó el cartel con las manos.
Lo leyó.
Su rostro pasó de la sorpresa a la indignación.
—¡Esto es imposible!
¡Ayer estaba todo perfecto!
¡El inspector revisó hasta el último rincón!
Elena seguía sin reaccionar.
—Elena...
Ella apenas parpadeó.
Tomás comenzó a preocuparse de verdad.
Nunca la había visto así.
Parecía una muñeca de porcelana.
Sin expresión.
Sin fuerzas.
Sin vida.
Le tomó las manos.
Estaban heladas.
—Mírame.
Por favor...
Mírame.
Los ojos de Elena comenzaron a llenarse de lágrimas.
Pero seguía sin decir una palabra.
De pronto rompió a llorar.
Un llanto silencioso.
Profundo.
Doloroso.
Tomás la abrazó inmediatamente.
—No estás sola.
¿Me escuchas?
Vamos a solucionar esto.
Te lo prometo.
Ella negó con la cabeza.
—Perdí todo...
—No.
—Sí...
Mi cafetería...
Mi sueño...
Todo terminó...
Tomás la sostuvo con más fuerza.
—No digas eso.
Conozco este lugar.
Sé cuánto luchaste.
Y también sé que aquí hay algo raro.
Esto no pasó por casualidad.
Elena levantó lentamente la mirada.
—¿Tú crees?
Tomás apretó los labios.
—Estoy casi seguro.
Y tengo una sospecha muy fea.
Los dos pensaron en la misma persona.
Victoria Ferrer.
Pero ninguno se atrevió a pronunciar su nombre.
Tomás miró nuevamente el cartel.
Después tomó una decisión.
—Vámonos.
—No puedo...
—Sí puedes.
No voy a dejar que te quedes aquí viendo cómo la gente habla.
Vamos a tu casa.
Desde allí resolveremos todo.
Y si hace falta mover cielo y tierra...
Lo haremos.
Porque esta cafetería volverá a abrir.
Te lo juro.

Tomás condujo en silencio.
Durante todo el camino, Elena no dijo una sola palabra.
Miraba por la ventana sin ver realmente el paisaje.
Las lágrimas seguían cayendo lentamente por sus mejillas.
Cada rincón de la ciudad le recordaba el esfuerzo que había hecho para levantar la cafetería.
Recordó el día que compró su primera mesa usada.
Cuando pintó las paredes ella sola.
Las noches en las que dormía apenas tres horas para preparar los postres del día siguiente.
Todo aquello parecía haberse perdido de un momento a otro.
Al llegar a la casa de Elena, Tomás abrió la puerta antes que ella.
—Ven... siéntate.
Elena obedeció como una niña que ya no tenía fuerzas para discutir.
Se dejó caer en el sofá.
Las manos le temblaban.
Tomás fue a la cocina y regresó con un vaso de agua.
—Toma un poco.
Ella apenas dio un pequeño sorbo.
De pronto rompió nuevamente en llanto.
—¿Y si nunca vuelve a abrir?
—No digas eso.
—Tomás... ¿cómo voy a pagar los préstamos? ¿Cómo les voy a pagar a los proveedores? ¿Qué voy a hacer si nadie vuelve a confiar en mí?
Tomás se arrodilló frente a ella.
—Escúchame bien.
Conozco esa cafetería desde el primer día.
Jamás hubo una rata.
Jamás hubo una denuncia.
Ayer mismo vino un inspector y dijo que todo estaba perfecto.
Esto huele muy mal.
Elena levantó lentamente la cabeza.
—¿Tú también piensas que alguien hizo esto?
Tomás respiró profundamente.
—No tengo pruebas...
Pero sí tengo un nombre dando vueltas en mi cabeza.
Los dos guardaron silencio.
Ninguno quería decirlo.
Pero ambos estaban pensando en la misma persona.
Victoria Ferrer.
Tomás tomó el teléfono.
Comenzó a llamar a distintas oficinas.
A la municipalidad.
A sanidad.
Al organismo encargado de las inspecciones.
Después de casi una hora de llamadas, su expresión cambió.
Colgó lentamente.
Elena lo miró preocupada.
—¿Qué pasó?
Tomás dudó unos segundos.
—Nadie quiere decirme mucho...
Pero uno de los funcionarios me habló en voz baja.
Me dijo que... una persona muy importante estuvo presionando para que clausuraran la cafetería.
Elena sintió un vacío en el pecho.
—¿Quién?
Tomás bajó la mirada.
—No me dio un nombre...
Pero me dijo una frase.
"Hay una señora muy influyente detrás de todo esto."
Elena cerró los ojos.
Ya no necesitaba escuchar más.
Sabía perfectamente quién era.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—¿Por qué me odia tanto?
Yo nunca le hice nada...
Tomás no encontró respuesta.
Porque ni él mismo podía entender tanta crueldad.
Mientras tanto...
Marcos llegó como todas las mañanas a la cafetería.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
Sonreía sin darse cuenta.
Pensaba sorprender a Elena invitándola a cenar esa noche.
Pero al doblar la esquina...
Su sonrisa desapareció.
Frente a la cafetería había cinta amarilla.
Y un enorme cartel de clausura.
Se quedó inmóvil.
Sintió que el corazón le daba un vuelco.
Caminó rápidamente hasta la puerta.
Leyó el cartel una y otra vez.
—No...
Esto no puede ser.
Miró hacia el interior.
Todo seguía exactamente igual.
No había desorden.
No había suciedad.
Nada justificaba aquella clausura.
En ese momento apareció una vecina.
—¿Usted es amigo de Elena?
—Sí.
—La pobre llegó esta mañana.
Cuando vio el cartel se puso a llorar.
Ese muchacho que trabaja con ella la llevó a su casa.
Marcos no esperó escuchar nada más.
Subió al automóvil.
Y condujo directamente hacia la casa de Elena.
Durante todo el camino solo podía pensar en una cosa.
Su madre.
Cada vez estaba más convencido de que Victoria había cruzado todos los límites.
Cuando llegó, golpeó la puerta con desesperación.
Tomás abrió.
Al verlo, soltó un suspiro.
—Sabía que vendrías.
Marcos entró sin decir una palabra.
Buscó a Elena con la mirada.
La encontró sentada en el sofá.
Abrazando un almohadón.
Con los ojos completamente rojos de tanto llorar.
El corazón se le hizo pedazos.
Se acercó lentamente.
Se arrodilló frente a ella.
Y tomó sus manos.
—Mi amor...
Ella levantó la vista.
Al verlo, ya no pudo contenerse.
Se lanzó a llorar en su pecho.
—Lo perdí todo, Marcos...
Lo perdí todo...
Él la abrazó con fuerza.
Como si quisiera protegerla del mundo entero.
—No.
No lo perdiste.
Vamos a demostrar que esto fue una injusticia.
Yo voy a estar contigo.
En cada paso.
En cada problema.
En cada lágrima.
Elena negó con la cabeza.
—Estoy cansada...
Muy cansada...
Marcos acarició suavemente su cabello.
—Mírame.
Ella levantó lentamente la vista.
—Eres mucho más fuerte de lo que crees.
No voy a dejar que nadie destruya tus sueños.
Ni siquiera mi propia madre.
Te lo prometo.
Hubo un largo silencio.
Después Marcos respiró hondo.
—Esta noche tengo una fiesta muy importante.
Se firmará el contrato más grande de la empresa.
No quería ir...
Pero ahora creo que debemos hacerlo.
Elena lo miró confundida.
—¿Yo?
—Sí.
Quiero que me acompañes.
Quiero que todos sepan quién es la mujer que amo.
Y que no me importa lo que piensen.
Tomás levantó una ceja.
—¿Y yo qué hago?
Marcos sonrió por primera vez en todo el día.
—Tú también vienes.
Tomás abrió los ojos como platos.
—¿Yo?
¿A una fiesta de millonarios?
No tengo ropa para eso.
Marcos soltó una pequeña risa.
—De eso me encargo yo.
Tomás comenzó a caminar por la sala fingiendo elegancia.
—Buenas noches, soy Tomás...
Acepto tarjetas, efectivo y postres.
Elena no pudo evitar reír entre lágrimas.
Era la primera sonrisa que aparecía en su rostro desde la mañana.
Marcos la observó con ternura.
Y comprendió que haría cualquier cosa...
Con tal de volver a verla sonreír.




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