La cafetería de Elena

Capítulo 18 — Una noche para recordar

El reloj marcaba las nueve de la mañana cuando alguien llamó a la puerta de la casa de Elena.
Tomás, que todavía estaba en pijama y despeinado, abrió la puerta bostezando.
—Si es el cartero, dígale que vuelva en diez años...
Pero al abrir quedó completamente inmóvil.
Frente a él había una mujer joven, elegante, de cabello castaño recogido en un impecable moño. Vestía un traje negro y llevaba una tableta en una mano. Detrás de ella, dos hombres descargaban varias cajas y bolsas de un automóvil de lujo.
—Buenos días —dijo la mujer con una sonrisa amable—. ¿La señorita Elena vive aquí?
Tomás se acomodó el cabello con la mano.
—Sí... ¿quién la busca?
—Mi nombre es Sofía. Soy la secretaria del señor Marcos Ferrer.
Tomás abrió tanto los ojos que casi se le salen.
—¿La secretaria del jefe?
—Así es.
En ese momento Elena apareció desde la cocina.
—¿Quién es, Tomás?
Al verla, Sofía sonrió.
—Señorita Elena, el señor Ferrer me pidió que viniera a ayudarla con los preparativos para la gala de esta noche.
Elena frunció el ceño.
—¿Preparativos?
—Sí. Él desea que usted se sienta cómoda y que no tenga que preocuparse por nada.
Los dos hombres comenzaron a entrar con cajas.
Elena abrió los ojos de par en par.
—¡Pero qué es todo eso!
Sofía sonrió.
—Vestidos.
Zapatos.
Accesorios.
Un bolso.
Y un esmoquin para el señor Tomás.
Tomás señaló su pecho.
—¿Yo?
—Sí, usted también fue invitado.
Tomás dio un pequeño salto.
—¡Siempre supe que había nacido para la alta sociedad!
Elena no pudo evitar reír.
—No exageres.
—¿Exagerar? ¡Mírame! Ya camino como millonario.
Intentó caminar con elegancia, pero tropezó con la alfombra y casi cayó de cara.
Sofía se tapó la boca para no reír.
Elena negó con la cabeza.
—Jamás vas a cambiar.
Las cajas fueron colocadas sobre la mesa del comedor.
Sofía abrió la primera.
Dentro había un vestido color azul noche, largo, con delicados bordados de pequeñas flores plateadas que brillaban con la luz.
Elena quedó sin palabras.
—Es... precioso...
Después abrió otra caja.
Un vestido color verde esmeralda.
Luego uno rojo vino.
Y finalmente uno color marfil con una caída elegante que parecía hecho para una princesa.
—No... esto debe costar una fortuna.
Sofía respondió con tranquilidad.
—El señor Ferrer solo dijo una cosa.
"Quiero que Elena sonría otra vez."
Aquellas palabras hicieron que Elena sintiera un nudo en la garganta.
Marcos había pensado en cada detalle.
No para impresionarla.
Sino para verla feliz.
Mientras tanto Tomás ya estaba abriendo su caja.
—¡Miren esto!
Sacó un elegante esmoquin negro.
Se lo puso delante del cuerpo y comenzó a posar frente al espejo.
—¿Qué opinan?
¿Actor de Hollywood?
¿Modelo internacional?
¿Príncipe perdido?
Elena soltó una carcajada.
—Más bien pingüino elegante.
—¡Qué falta de respeto!
Sofía comenzó a reír.
El ambiente, después de tantos días difíciles, volvía a llenarse de alegría.
Durante toda la tarde Sofía ayudó a Elena.
Le peinó el largo cabello rojo con suaves ondas que caían sobre sus hombros.
Le hizo un maquillaje muy delicado que resaltaba sus ojos verdes sin ocultar la naturalidad de su rostro.
Cuando finalmente Elena se puso el vestido color azul noche, apenas pudo reconocerse en el espejo.
Seguía siendo ella.
La misma chica sencilla que atendía una cafetería.
Pero aquella noche brillaba con una elegancia que no dependía del dinero.
Dependía de su luz.
Sofía sonrió emocionada.
—Ahora entiendo por qué el señor Ferrer está tan enamorado de usted.
Elena sintió que sus mejillas se ponían rojas.
—¿Él habla de mí?
—Más de lo que imagina.
En la oficina todos sabemos cuándo viene de verla.
Porque sonríe.
Y eso antes era imposible.
Elena bajó la mirada con una sonrisa tímida.
En otra habitación, Tomás luchaba por hacer el nudo de la corbata.
—¡Esto es un invento del demonio!
Después de veinte minutos seguía igual.
Finalmente Sofía entró y, entre risas, se la acomodó.
—Listo.
Tomás se miró al espejo.
—¡Qué hombre tan elegante!
Se dio vuelta dramáticamente.
—Creo que hoy romperé más de un corazón.
Elena respondió enseguida:
—Sí... el tuyo cuando te pisen el pie por creído.
Los tres comenzaron a reír.
A las ocho de la noche exactas, un automóvil negro de lujo se detuvo frente a la casa.
Marcos bajó del vehículo.
Vestía un impecable traje negro con corbata color vino.
Respiró profundamente antes de tocar el timbre.
Estaba nervioso.
Mucho más nervioso que en cualquier reunión de negocios.
Porque aquella noche no iba a buscar a una socia.
Iba a buscar a la mujer que amaba.
Y no podía dejar de pensar en cómo se vería.
De pronto la puerta se abrió lentamente.
Marcos levantó la vista...
Y el tiempo pareció detenerse.
Elena estaba de pie al final de la escalera.
Llevaba un elegante vestido azul noche que caía suavemente hasta el suelo. La tela brillaba con delicadeza cada vez que la luz la rozaba. Su largo cabello rojo caía en suaves ondas sobre sus hombros y un maquillaje natural hacía resaltar aún más sus hermosos ojos.
Marcos sintió que el corazón le latía tan fuerte que por un momento olvidó respirar.
Ella seguía siendo la misma Elena.
La chica dulce que cuidaba plantas, preparaba el mejor café de la ciudad y sonreía incluso cuando la vida la golpeaba.
Pero aquella noche...
Parecía una reina.
Elena bajó la mirada con timidez.
—¿Me queda... bien?
Marcos sonrió como nunca antes.
Se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.
Durante unos segundos no pudo decir absolutamente nada.
Simplemente la contemplaba.
Elena comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Tan mal me veo?
Marcos negó enseguida.
—No...
Todo lo contrario.
Creo que jamás vi una mujer tan hermosa.
Elena sintió que sus mejillas se encendían.
—No exageres.
Marcos tomó suavemente una de sus manos.
—No estoy exagerando.
Si te soy sincero...
Ahora entiendo por qué todos se quedan mirándote.
Elena bajó la cabeza avergonzada.
—Me haces poner colorada.
Marcos levantó delicadamente su mentón.
—Acostúmbrate.
Porque pienso decirte todos los días lo hermosa que eres.
Ella sonrió con ternura.
Por primera vez desde que cerraron la cafetería...
Volvía a sentirse un poco feliz.
En ese momento apareció Tomás bajando las escaleras.
Llevaba un elegante esmoquin negro, zapatos brillantes y el cabello perfectamente peinado hacia atrás.
Bajó lentamente, con una mano en el bolsillo y la otra acomodándose el saco.
—Buenas noches...
Llegó el hombre más elegante de la ciudad.
Marcos soltó una pequeña risa.
—Veo que ya empezaste.
Tomás giró sobre sí mismo.
—¿Qué les parece?
¿Parezco un empresario?
¿Un actor famoso?
¿Un príncipe europeo?
Elena respondió entre risas.
—Pareces Tomás disfrazado de millonario.
—¡Qué poca fe me tienes!
Sofía, la secretaria, apareció detrás de ellos riéndose.
—Señor Tomás, tenga cuidado.
Si sigue mirándose tanto al espejo, va a llegar tarde.
Tomás hizo una reverencia exagerada.
—Una belleza como la mía necesita mantenimiento.
Los cuatro comenzaron a reír.
Hacía mucho tiempo que la casa de Elena no se llenaba de tantas carcajadas.
Minutos después, los tres subieron al automóvil.
El vehículo era enorme y elegante.
Tomás no dejaba de mirar para todos lados.
—¡Tiene televisión!
—También tiene minibar.
—¡¿Qué?!
Marcos sonrió.
—Pero tú solo vas a tomar agua.
—Qué injusticia.
Con este auto hasta el agua debe tener gusto a millonario.
Elena comenzó a reír otra vez.
Verla sonreír hacía feliz a Marcos.
Durante todo el camino no dejó de observarla.
Cada vez que ella miraba por la ventana, él la miraba a ella.
No podía creer que aquella mujer fuera parte de su vida.
Después de varios minutos llegaron al hotel donde se celebraría la gala.
El edificio estaba completamente iluminado.
Había periodistas.
Fotógrafos.
Empresarios.
Artistas.
Modelos.
Y decenas de invitados con trajes de gala.
Cuando el automóvil negro se detuvo frente a la alfombra roja, varios fotógrafos comenzaron a sacar fotografías.
—¡Es Marcos Ferrer!
—¡Llegó el CEO!
Los flashes iluminaron la noche.
Un empleado abrió la puerta del automóvil.
Marcos bajó primero.
Luego se dio vuelta y extendió la mano.
—¿Lista?
Elena respiró profundamente.
—Creo que no...
Él sonrió.
—Yo sí.
Porque mientras estés conmigo...
No tienes que tener miedo de nada.
Ella tomó su mano.
Y descendió del automóvil.
En ese mismo instante...
Todo quedó en silencio.
Los fotógrafos dejaron de hablar.
Los invitados giraron la cabeza.
Muchas mujeres observaron el vestido de Elena.
Muchos hombres quedaron sorprendidos por su belleza.
Las miradas se posaron sobre aquella joven de cabello rojo que caminaba con elegancia, aunque todavía conservaba la dulzura y la sencillez de siempre.
Tomás bajó después.
Miró alrededor y abrió los brazos.
—Bueno...
Si alguien quiere una foto conmigo, hago descuento por inauguración.
Marcos soltó una carcajada.
—Nunca cambias.
—La fama es difícil de manejar.
Los tres comenzaron a caminar hacia la entrada.
Marcos llevaba a Elena tomada del brazo.
No quería separarse de ella ni un solo segundo.
Mientras avanzaban, muchas personas comenzaron a murmurar.
—¿Quién es ella?
—Es preciosa.
—Nunca la habíamos visto.
—Debe ser la nueva novia de Marcos Ferrer.
Desde el otro extremo del salón, dos personas observaban la escena con una expresión completamente distinta.
Victoria Ferrer.
Y Raquel.
Las dos permanecían inmóviles.
Victoria apretó los labios con fuerza.
Raquel sintió que la rabia le quemaba el pecho.
Ver a Marcos sonriendo de aquella manera era algo que jamás había conseguido durante todos los años que estuvo con él.
Victoria habló en voz baja.
—Mírala...
Se cree que pertenece a este lugar.
Raquel respondió sin apartar la vista de Elena.
—No va a durar mucho.
Se lo prometo.
Victoria sonrió con frialdad.
—Entonces asegúrate de que esta noche sea el principio de su final.
Raquel asintió lentamente.
Mientras tanto...
Sin imaginar que estaban siendo observados...
Marcos seguía mirando a Elena completamente enamorado.
Y por primera vez en muchos años...
Sintió que, aunque el mundo entero estuviera en su contra...
Había encontrado el lugar donde realmente pertenecía.




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