El enorme salón brillaba bajo las lámparas de cristal.
Los invitados conversaban con copas de champán en la mano mientras una orquesta interpretaba suaves melodías.
Marcos caminaba con Elena tomada del brazo.
No quería soltarla.
Sentía un orgullo inmenso de tenerla a su lado.
Cada pocos pasos alguien lo detenía para saludarlo.
—Señor Ferrer, felicidades por el contrato.
—Gracias.
—Es un placer verlo.
Pero todos terminaban haciendo la misma pregunta.
—¿Y quién es la hermosa joven que lo acompaña?
Marcos sonreía como un adolescente enamorado.
—Ella es Elena.
La mujer que amo.
Elena bajaba la mirada completamente sonrojada.
—Marcos...
—¿Qué?
—Todos nos están mirando.
—Que miren.
Quiero que todo el mundo sepa que eres la persona más importante de mi vida.
Elena sintió que el corazón casi se salía de su pecho.
Nunca nadie había hablado de ella con tanto orgullo.
Mientras tanto, Tomás recorría el salón observándolo absolutamente todo.
Tomó una copa de jugo y comenzó a caminar con una seguridad exagerada.
—Buenas noches...
Tomás Rodríguez...
Empresario...
Millonario...
Modelo internacional los fines de semana.
Un mozo lo escuchó y comenzó a reír.
—¿Desea otra copa, señor?
Tomás levantó la copa vacía.
—Sí.
Pero que parezca cara, así me siento importante.
El mozo no pudo contener la risa.
En el otro extremo del salón...
Victoria no apartaba la mirada de Elena.
Su rostro reflejaba una mezcla de enojo e incredulidad.
—No entiendo qué le ve.
Raquel bebió un sorbo de su copa.
—Es solo una ilusión.
Pronto se le pasará.
Victoria negó lentamente.
—No...
Nunca había visto a Marcos mirar a nadie de esa manera.
Ni siquiera cuando estaba contigo.
Raquel sintió un fuerte golpe en el orgullo.
Apretó la copa con tanta fuerza que casi la rompe.
—Entonces tendremos que abrirle los ojos.
Marcos seguía presentando a Elena.
—Ella es la dueña de la cafetería donde desayuno todas las mañanas.
Un empresario sonrió.
—Así que usted es la responsable de que Marcos llegue feliz a las reuniones.
Todos comenzaron a reír.
—Antes era imposible hacerlo sonreír.
Otro agregó:
—Pensábamos que algún día iba a despedir hasta el reloj por llegar un segundo tarde.
Marcos levantó una ceja.
—No exageren.
Tomás apareció justo en ese momento.
—No exageran.
Una vez acomodó un cuadro porque estaba torcido...
¡Dos milímetros!
Todo el grupo estalló en carcajadas.
Hasta Marcos terminó riéndose.
Elena lo miró sorprendida.
Cada vez le gustaba más verlo así.
Relajado.
Feliz.
Humano.
La música comenzó a cambiar.
Una voz anunció por los parlantes.
—Damas y caballeros...
Los invitamos a abrir la pista de baile.
Marcos miró a Elena.
Le extendió la mano.
—¿Me concedes este baile?
Ella abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—Pero yo no sé bailar.
—Yo tampoco.
Aprenderemos juntos.
Ella sonrió.
Tomó su mano.
Y caminaron hacia el centro de la pista.
La música comenzó a sonar suavemente.
Marcos rodeó con delicadeza la cintura de Elena.
Ella apoyó una mano sobre su hombro.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Por un instante...
El enorme salón desapareció.
Solo existían ellos dos.
—Estás preciosa —susurró Marcos.
—Ya me lo dijiste como diez veces.
—Y pienso decirlo otras cien.
Ella rió bajito.
—Eres incorregible.
—Desde que te conocí...
Sí.
Mientras bailaban lentamente...
Todos los invitados comenzaron a observarlos.
Algunas mujeres sonreían con ternura.
Otras murmuraban entre ellas.
—Nunca vimos a Marcos tan enamorado.
—Parece otro hombre.
—Ella cambió completamente su vida.
Desde una mesa cercana...
Victoria observaba la escena con el rostro endurecido.
Raquel no podía apartar los ojos de ellos.
Cada sonrisa de Marcos era una puñalada para su orgullo.
—No lo soporto —murmuró.
Victoria respondió con absoluta frialdad.
—Tranquila.
Que disfruten esta noche.
Porque muy pronto...
Todo cambiará.
Raquel sonrió lentamente.
—Ya tengo un plan.
Victoria levantó una ceja.
—¿Qué piensas hacer?
Raquel acercó su rostro y le susurró unas palabras al oído.
A medida que escuchaba el plan...
Victoria comenzó a sonreír.
Una sonrisa fría.
Peligrosa.
Muy distinta a cualquier sonrisa de felicidad.
Sin saber que eran observados...
Marcos tomó la mano de Elena y la besó con ternura.
—Gracias por venir conmigo.
Ella sonrió emocionada.
—Gracias por no soltar mi mano.
Él respondió sin dejar de mirarla.
—Nunca pienso hacerlo.
Pero en algún rincón del salón...
Dos personas ya estaban preparando el próximo golpe contra su felicidad.
Editado: 27.07.2026