La cafetería de Elena

Capítulo 22 — El corazón de Elena

Una semana después...
Toda la ciudad hablaba del evento organizado por Marcos Ferrer.
Los diarios anunciaban la reunión.
Los canales de televisión esperaban transmitir el acontecimiento.
Los empresarios más importantes habían confirmado su asistencia.
Pero la protagonista de aquella noche era la única persona que no quería estar allí.
Elena permanecía sentada en una de las mesas vacías del salón principal del hotel.
Llevaba un vestido sencillo color verde oliva. No era tan llamativo como el de la gala anterior. Ella misma había insistido en usar algo más discreto.
Movía nerviosamente sus dedos sobre la taza de café.
Marcos la observaba desde la otra punta del salón.
Se acercó lentamente y se sentó frente a ella.
—¿En qué piensas?
Elena levantó la mirada.
—Tengo miedo.
Marcos tomó su mano.
—¿De qué?
Ella respiró profundamente.
—De que todo salga mal.
—No va a salir mal.
—¿Y si nadie viene?
Marcos sonrió.
—Vendrán.
—¿Y si vienen solo por curiosidad?
—Entonces conocerán a la verdadera Elena.
Ella negó lentamente.
—No soy especial, Marcos.
Solo soy una chica que hace café.
Marcos sonrió con ternura.
—Ese es tu problema.
Nunca ves lo extraordinaria que eres.
Antes de que Elena pudiera responder, Tomás apareció cargando tres enormes cajas.
—¡Llegó el hombre más trabajador del planeta!
Marcos levantó una ceja.
—¿Qué traes ahí?
Tomás dejó las cajas sobre una mesa.
—Galletas.
Pasteles.
Facturas.
Y cien servilletas.
Porque si los periodistas lloran con las historias de Elena, van a necesitar limpiarse las lágrimas.
Elena soltó una pequeña risa.
—Eres imposible.
—Gracias.
Lo tomo como un cumplido.
Los tres comenzaron a acomodar las mesas.
El salón había sido decorado con flores blancas y pequeñas plantas, igual que la cafetería.
Marcos quería que Elena se sintiera como en casa.
Incluso había pedido que el aroma del lugar fuera a café recién hecho.
—Ahora sí parece tu cafetería —dijo Marcos.
Elena miró a su alrededor.
Por un instante olvidó el lujo del hotel.
Se sintió nuevamente en su pequeño negocio.
Eso la tranquilizó.
Poco a poco comenzaron a llegar los invitados.
Empresarios.
Periodistas.
Vecinos del barrio.
Clientes habituales.
Todos querían saber quién era realmente aquella mujer de la que Marcos hablaba con tanto orgullo.
Victoria y Raquel también llegaron.
Vestidas con una elegancia impecable.
Pero sus rostros reflejaban un profundo malestar.
—No entiendo por qué tanta gente vino —murmuró Victoria.
Raquel observó la fila de personas que esperaba para entrar.
—Porque Marcos tiene poder.
Victoria negó.
—No.
Vinieron porque sienten curiosidad.
Y la curiosidad dura poco.
Raquel sonrió con frialdad.
—Entonces esperemos.
Seguro alguien arruinará este espectáculo.
El presentador tomó el micrófono.
—Buenas noches.
Gracias por acompañarnos.
Hoy no hablaremos de negocios.
Hoy hablaremos de solidaridad.
De generosidad.
Y de una mujer que cambió la vida de muchas personas.
Elena sintió que quería desaparecer.
Tomás le dio un pequeño codazo.
—Respira.
No te desmayes todavía.
Ella le dio un golpecito en el brazo.
—No ayudas.
—Lo intento.
El público rió al escuchar el comentario.
La tensión comenzó a disminuir.
Marcos tomó el micrófono.
—Muchos de ustedes conocen mi nombre.
Pero muy pocos conocen el nombre de la mujer que cambió mi vida.
No quiero convencer a nadie con mis palabras.
Prefiero que hablen quienes realmente la conocen.
Invitó al escenario a la primera persona.
Una anciana de cabello completamente blanco caminó lentamente apoyándose en un bastón.
Elena abrió los ojos.
—¡Doña Mercedes!
La mujer sonrió.
—Hola, hija.
Elena corrió a abrazarla.
—¿Qué hace aquí?
—Vine a contar la verdad.
Doña Mercedes tomó el micrófono.
Sus manos temblaban ligeramente.
—Hace tres años me quedé completamente sola.
Mi esposo falleció.
Mi jubilación apenas alcanzaba para comprar los medicamentos.
Había días en que no tenía dinero para comer.
El salón quedó en absoluto silencio.
—Una mañana entré a la cafetería de Elena.
Solo quería sentarme unos minutos porque hacía mucho frío.
Ella se acercó sonriendo.
Me preguntó qué iba a pedir.
Yo le respondí que nada.
No tenía dinero.
La anciana hizo una pausa para contener las lágrimas.
—¿Saben qué hizo?
No me echó.
No me miró con lástima.
Me preparó un café bien caliente.
Me sirvió dos medialunas recién horneadas.
Y cuando intenté explicarle que no podía pagar...
Me respondió...
La mujer miró directamente a Elena.
—"Hoy invito yo."
Muchas personas comenzaron a emocionarse.
Doña Mercedes continuó.
—Durante meses hizo lo mismo.
Nunca aceptó un peso.
Nunca permitió que me sintiera una carga.
Para mí...
Elena no solo me dio comida.
Me devolvió la dignidad.
El salón entero comenzó a aplaudir.
Elena ya no podía contener las lágrimas.
Marcos la miró con orgullo.
Sabía que esa era solo la primera historia.
Y que todavía faltaban muchas más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.