La cafetería de Elena

Capítulo 32 – Nadie tocará a Elena

El rugido del motor del automóvil de Marcos rompía el silencio de la ciudad.
Nunca había conducido tan rápido.
Su mente solo tenía una imagen.
Elena.
Sola.
Rodeada de periodistas.
Siendo juzgada por mentiras.
Apretó con fuerza el volante.
—Resiste... ya voy.
Frente a la cafetería, el caos aumentaba.
Los flashes no dejaban de iluminar el rostro de Elena.
Las preguntas llegaban una detrás de otra.
—¡Elena!
—¿Es verdad que engañó a Marcos Ferrer?
—¿Conoció a otros empresarios antes que él?
—¿Qué responde a las declaraciones de ese supuesto familiar?
—¿Ocultó su pasado para conquistar a Marcos?
Elena apenas podía respirar.
Nunca había vivido algo semejante.
Tomás seguía delante de ella intentando detener a los periodistas.
—¡Ya les dije que se alejen!
¡No tienen derecho a entrar así!
Uno de los reporteros insistió.
—Solo queremos una declaración.
—¡No!
—¿Entonces las acusaciones son ciertas?
Tomás golpeó con fuerza el suelo.
—¡Lo único cierto es que ustedes están lastimando a una mujer inocente!
Los clientes que estaban dentro de la cafetería comenzaron a salir.
Doña Mercedes fue la primera.
Se colocó junto a Elena.
—Déjenla tranquila.
Ella me dio de comer cuando nadie más lo hizo.
Después salió Lucía con su pequeña hija.
—Todo lo que dicen es mentira.
Elena nos ayudó cuando no teníamos nada.
Mateo también apareció.
—¡Elena es buena!
¡No le crean a esas revistas!
Poco a poco más vecinos comenzaron a rodear a Elena.
Cada uno quería protegerla.
Los periodistas quedaron sorprendidos.
No esperaban que tanta gente saliera en su defensa.
Sin embargo, continuaban haciendo preguntas.
Elena bajó la mirada.
Las lágrimas comenzaron a caer lentamente.
Tomás la observó preocupado.
—Jefa...
No les hagas caso.
Ella intentó sonreír.
Pero no pudo.
—¿Y si Marcos lee todo eso?
—No va a creer una sola palabra.
—¿Y si duda de mí?
Tomás negó inmediatamente.
—¿Dudar?
Ese hombre cruzó media ciudad por vos más de una vez.
Jamás va a creer esas mentiras.
En ese instante...
Se escuchó el fuerte sonido de unos frenos.
Todos giraron la cabeza.
Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la cafetería.
La puerta se abrió con rapidez.
Marcos bajó sin siquiera cerrar la puerta.
Su mirada buscó desesperadamente a Elena.
Cuando la vio rodeada de cámaras, sintió un profundo dolor.
Caminó decidido entre los periodistas.
Uno intentó detenerlo.
—Señor Ferrer...
Marcos apartó el micrófono con firmeza.
—Déjenme pasar.
Otro volvió a insistir.
—¿Qué opina de las acusaciones contra su novia?
Marcos ni siquiera respondió.
Siguió caminando.
Hasta llegar frente a Elena.
Ella levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Marcos...
Él no dijo una sola palabra.
Simplemente la abrazó con todas sus fuerzas.
Elena rompió en llanto.
Apoyó la cabeza sobre su pecho.
Marcos acarició suavemente su cabello rojo.
Después levantó la mirada hacia los periodistas.
Su expresión había cambiado por completo.
Ya no era el hombre enamorado.
Era el empresario más poderoso del país.
Su voz sonó firme.
—Escúchenme todos.
El silencio fue absoluto.
Hasta las cámaras dejaron de moverse.
Marcos continuó.
—Todo lo que publicaron sobre Elena es falso.
No existe una sola prueba que respalde esas mentiras.
Y quienes inventaron esa historia deberán responder ante la Justicia.
Los periodistas comenzaron a mirarse entre ellos.
Marcos tomó la revista que uno de ellos sostenía.
La levantó frente a todas las cámaras.
—Esto...
No es periodismo.
Es difamación.
Y no voy a permitir que destruyan el nombre de la mujer que amo.
Frente a todos, tomó la mano de Elena.
La miró con una sonrisa llena de ternura.
—Mírame.
Ella levantó lentamente la vista.
—Nunca voy a creer una mentira sobre vos.
Conozco tu corazón.
Y eso vale más que cualquier titular.
Elena volvió a llorar.
Pero esta vez...
Eran lágrimas de alivio.
Los vecinos comenzaron a aplaudir.
Los clientes también.
Tomás levantó un puño con una enorme sonrisa.
—¡Ese es mi jefe!
Sin embargo...
A varios kilómetros de allí...
Victoria observaba toda la escena por televisión.
Su sonrisa desapareció.
—¿Ni siquiera esto logró separarlos?
Apretó el control remoto con rabia.
—Entonces tendré que jugar mi última carta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.