La cafetería de Elena

Capítulo 33 – Una noche para recordar

La mansión Ferrer había quedado en completo silencio.
Victoria permanecía sola en su despacho, observando por la ventana las luces de la ciudad.
Respiró profundamente.
Por primera vez en mucho tiempo dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Disfruta, hijo... —susurró—. Disfruta de este amor mientras puedas.
Cerró lentamente las cortinas.
—Porque tarde o temprano... voy a separarte de ella.
Tomó una copa de agua y se sentó en su sillón.
Su mirada era fría y decidida.
—Esta guerra todavía no ha terminado.
Mientras tanto...
Marcos esperaba a Elena frente a la cafetería.
Llevaba un elegante traje negro y, en sus manos, un hermoso ramo de rosas rojas.
Cuando Elena salió, quedó sorprendida.
Llevaba un vestido sencillo de color azul que resaltaba el brillo de sus ojos y su hermoso cabello rojo.
Marcos sonrió.
—Estás preciosa.
Elena se sonrojó.
—Gracias... Tú también te ves muy elegante.
Tomás apareció por la puerta con una sonrisa traviesa.
—Bueno, ya entendí la indirecta. Hoy me toca cerrar la cafetería.
Marcos rió.
—Gracias, Tomás.
—Pero mañana quiero todos los detalles... bueno, casi todos.
Elena no pudo contener la risa.
—¡Tomás!
—¿Qué? Soy curioso.
Los tres rieron antes de despedirse.
Marcos abrió la puerta del automóvil para Elena.
—Esta noche es solo para nosotros.
El restaurante estaba ubicado en lo alto de un edificio.
Desde allí podía verse toda la ciudad iluminada.
Velas sobre cada mesa.
Música suave.
Un ambiente cálido y elegante.
Elena miraba todo con asombro.
—Nunca imaginé estar en un lugar así.
Marcos tomó su mano.
—Te mereces esto... y mucho más.
Durante la cena hablaron de sus sueños, de la cafetería, de los clientes y de todo lo que habían vivido.
Rieron.
Recordaron el día en que Marcos terminó cubierto de crema por culpa del pastel.
—Nunca voy a olvidar tu cara —dijo Elena entre risas.
—Yo tampoco. Fue la primera vez que alguien se reía de mí... y me gustó.
Ella sonrió con ternura.
Al terminar la cena, Marcos condujo hasta su departamento.
Era amplio, moderno y elegante.
Las enormes ventanas de vidrio dejaban ver la ciudad completamente iluminada.
Elena se quedó maravillada.
—Es hermoso...
—Quería compartir este lugar contigo.
Marcos se acercó lentamente.
Tomó sus manos.
—Gracias por llegar a mi vida.
Elena sintió que su corazón latía con fuerza.
—Yo también tengo que darte las gracias.
Pensé que nunca volvería a confiar en alguien.
Marcos acarició suavemente su mejilla.
Ella bajó la mirada, algo tímida.
Él levantó delicadamente su rostro para que sus ojos volvieran a encontrarse.
—No tienes que sentir vergüenza conmigo.
Jamás voy a apresurarte.
Quiero que cada paso que demos sea porque los dos lo sentimos.
Una lágrima de emoción recorrió la mejilla de Elena.
—Nunca nadie me había tratado con tanto respeto.
Marcos la abrazó con ternura.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos, sintiéndose segura entre sus brazos.
Él besó suavemente su frente.
Luego sus mejillas.
Y finalmente sus labios en un beso largo, dulce y lleno de amor.
Aquella noche no estuvo marcada por la prisa, sino por la confianza, el cariño y la promesa de un futuro juntos.
Mientras contemplaban las luces de la ciudad desde las ventanas de vidrio, Marcos susurró:
—Te amo, Elena.
Ella sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Y yo te amo, Marcos.
Los dos permanecieron abrazados, sabiendo que, pasara lo que pasara, enfrentarían el futuro juntos.




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