La cafetería de Elena

Capítulo 37– ¿Estás celosa, Elena?

La tarde había comenzado tranquila en la cafetería.
Elena estaba detrás del mostrador preparando unos cafés cuando escuchó la campanita de la puerta.
Tomás entró cargando una caja de provisiones.
—¡Elena! ¿Dónde pongo esto?
—Déjalo junto a la cocina.
Tomás dejó la caja y se quedó mirándola.
—¿Qué te pasa?
Elena levantó la mirada.
—¿A mí?
—Sí. Estás distraída desde que llegaste.
Elena suspiró.
Había intentado no pensar demasiado en Fernanda desde aquella visita a la oficina de Marcos.
Pero había algo que no podía explicar.
No desconfiaba de Marcos.
Eso lo tenía completamente claro.
Confiaba en él.
Lo amaba.
Pero aquella mujer le había producido una sensación extraña.
—Conocí a la nueva secretaria de Marcos —dijo finalmente.
Tomás abrió los ojos.
—¿Fernanda?
Elena asintió.
—Sí.
Tomás dejó escapar una carcajada.
—¡Estás celosa!
Elena abrió los ojos.
—¡No estoy celosa!
—Claro que sí.
—Tomás...
—Elena, te conozco.
Ella cruzó los brazos.
—Yo confío en Marcos.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Elena se quedó pensativa.
—No sé.
Cuando la vi sentí algo raro.
No sé cómo explicarlo.
Tomás se apoyó sobre el mostrador.
—¿Algo raro como qué?
—Como si esa mujer escondiera algo.
Tomás levantó una ceja.
—¿Y es bonita?
Elena lo miró seriamente.
—Sí.
—¿Muy bonita?
—Tomás...
—Solo pregunto.
Elena suspiró.
—Es hermosa, elegante, segura de sí misma...
Tomás sonrió.
—Definitivamente estás celosa.
Elena tomó un repasador y se lo lanzó.
—¡Cállate!
Tomás comenzó a reír.
—¡Lo sabía!
—No estoy celosa.
—Entonces repítelo sin ponerte roja.
Elena se llevó una mano a la cara.
—¡No estoy roja!
—Estás color tomate.
—¡Tomás!
Los dos comenzaron a reír.
Pero ninguno de los dos se dio cuenta de que, en ese preciso instante, la puerta de la cafetería acababa de abrirse.
Marcos entró.
Llevaba un elegante traje oscuro y una expresión seria después de una larga jornada de trabajo.
Se detuvo al escuchar las risas.
Miró a Elena.
Después a Tomás.
—¿De qué están hablando?
Elena se quedó completamente quieta.
Tomás miró a Marcos.
Después miró a Elena.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
Elena inmediatamente negó con la cabeza.
—Tomás...
Él levantó las manos.
—Yo no dije nada.
Marcos se acercó.
—¿Qué ocurre?
Elena intentó cambiar de tema.
—Nada.
Tomás no pudo contenerse.
—Elena vino y me contó de tu secretaria Fernanda.
Elena abrió los ojos.
—¡Tomás!
Marcos levantó una ceja.
Miró a Elena.
—¿Fernanda?
Ella se sonrojó.
—Sí...
Marcos sonrió lentamente.
—¿Estabas hablando de mi secretaria?
—Solo le estaba contando que la conocí.
Tomás intervino.
—Y que es muy bonita.
Elena lo fulminó con la mirada.
—¡Te voy a matar!
Marcos miró a Tomás.
Su expresión cambió.
Tomás tragó saliva.
—Era una broma.
Marcos volvió a mirar a Elena.
Se acercó lentamente.
—¿Estás celosa?
Elena negó rápidamente.
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
Marcos sonrió.
—Entonces, ¿por qué estás roja?
Elena bajó la mirada.
—Porque Tomás no sabe quedarse callado.
Tomás levantó un dedo.
—Eso es verdad.
Marcos soltó una pequeña risa.
Después tomó suavemente la mano de Elena.
—No tienes nada de qué preocuparte.
Ella levantó la mirada.
—Yo confío en ti.
—Lo sé.
—Pero cuando vi a Fernanda sentí algo raro.
Marcos se puso serio.
—¿Te hizo algo?
—No.
Solo fue una sensación.
Marcos acarició su mano.
—Entonces confía también en tu intuición.
Elena lo miró sorprendida.
—¿No te molesta?
—No.
Quiero que puedas contarme todo lo que sientas.
Ella sonrió.
—Te amo.
—Y yo a ti.
Marcos se inclinó y la besó suavemente.
Tomás hizo un ruido exagerado.
—¡Ejem!
Los dos se separaron.
Tomás sonrió.
—Bueno, si van a seguir besándose, avísenme para irme a la cocina.
Elena se puso roja.
—¡Tomás!
Marcos miró lentamente hacia él.
La expresión de su rostro parecía decir que estaba a punto de lanzarle algo.
Tomás levantó las manos.
—¡Está bien! ¡Ya me callo!
Marcos volvió a mirar a Elena.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Me encanta cuando te pones celosa.
—¡No estoy celosa!
Marcos volvió a besarla.
Tomás negó con la cabeza.
—Definitivamente está celosa.
Elena tomó otro repasador.
—¡Tomás!
Él salió corriendo hacia la cocina entre carcajadas.
Marcos comenzó a reír.
Y durante unos minutos, la cafetería volvió a llenarse de alegría.
Pero ninguno de los tres sabía que, mientras ellos reían...
En el otro lado de la ciudad, Fernanda acababa de recibir un mensaje de Victoria.
«Tenemos que hablar. Hay algo que necesito que hagas.»
Fernanda observó el mensaje durante unos segundos.
Después respondió:
«¿Qué quiere que haga?»
La respuesta llegó inmediatamente.
«Es hora de dar el siguiente paso.»
Fernanda guardó el teléfono.
Su expresión cambió.
La tranquilidad de aquella tarde estaba a punto de terminar.




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