El auto avanzaba por una carretera rodeada de árboles. A medida que se alejaban de la ciudad, Elena sentía que el peso que llevaba sobre los hombros comenzaba a disminuir, aunque sabía que sus problemas seguían ahí.
Tomás conducía en silencio.
De vez en cuando miraba de reojo a Elena, que observaba por la ventana.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente.
Elena suspiró.
—No sé, Tomás.
—Eso no suena muy bien.
—Es que no sé qué hacer. No sé si estoy exagerando, no sé si debería confiar en Marcos... o si simplemente estoy cansada de todo.
Tomás apretó los labios.
—Entonces hiciste bien en venir.
Elena lo miró.
—¿De verdad crees eso?
—Sí. Necesitas unos días sin periodistas, sin Victoria, sin Fernanda y, sobre todo...
Hizo una pausa dramática.
—Sin un hombre millonario llamándote cada cinco minutos.
Elena soltó una pequeña risa.
—Eres terrible.
—Pero útil.
—Eso está por verse.
Tomás sonrió.
Después de unos minutos más, llegaron a un camino de tierra.
Al fondo apareció una pequeña casa de campo rodeada de árboles, con un porche de madera y un enorme jardín.
Elena abrió los ojos.
—¿Esta es tu casa?
—Sí.
—Nunca me habías dicho que tenías una casa así.
—Porque nunca preguntaste.
—¡Tomás!
—¿Qué? Uno tiene sus secretos.
Elena bajó del auto y respiró profundamente.
El aire era completamente diferente.
No había bocinas.
No había periodistas.
No había gente siguiéndola.
Solo se escuchaban los pájaros y el viento moviendo las hojas.
—Es hermoso —dijo Elena.
Tomás sacó las maletas del auto.
—Bienvenida a nuestro retiro de emergencia.
—¿Nuestro?
—Por supuesto. Yo soy el encargado de que sobrevivas.
Elena arqueó una ceja.
—Eso me preocupa más que tranquilizarme.
Tomás se llevó una mano al pecho.
—Qué poca confianza.
Entraron a la casa.
Era sencilla, pero acogedora. Tenía una sala con una chimenea, una cocina amplia y dos habitaciones.
Elena dejó su bolso sobre una silla.
—Creo que podría quedarme aquí unos días.
—Esa es la idea.
Tomás dejó las maletas.
—Y ahora viene la mejor parte.
—¿Cuál?
—Voy a cocinar.
Elena lo miró sorprendida.
—¿Tú sabes cocinar?
—Claro.
—¿De verdad?
—Elena, por favor. Soy un hombre independiente.
—Eso no responde mi pregunta.
—Solo siéntate y déjame trabajar.
Tomás entró a la cocina con una seguridad que Elena encontró sospechosa.
Abrió una alacena.
Luego otra.
Después abrió el refrigerador.
—Tenemos huevos.
—Perfecto.
—Pan.
—Bien.
—Tomates.
—Excelente.
Tomás cerró el refrigerador.
—Vamos a preparar algo espectacular.
Elena se sentó en la mesa y lo observó.
Los primeros minutos parecían normales.
Hasta que Tomás comenzó a sacar absolutamente todos los utensilios de la cocina.
Una sartén.
Dos ollas.
Tres cucharas.
Un colador.
Un cuchillo.
Otro cuchillo.
—Tomás...
—¿Sí?
—¿Qué estás haciendo?
—Cocinando.
—Parece que estás preparando una guerra.
—La cocina requiere estrategia.
Elena comenzó a reír.
—No te rías.
—No puedo evitarlo.
Tomás intentó cortar los tomates.
Uno salió disparado al suelo.
—Eso fue intencional —dijo rápidamente.
Elena se tapó la boca para no reír.
—Claro.
Después intentó romper un huevo.
La cáscara terminó dentro del recipiente.
—Perfecto.
—Tomás...
—¿Qué?
—Hay más cáscara que huevo.
—Es proteína.
Elena no pudo contener la carcajada.
—¡Eres un desastre!
—Pero estoy haciendo mi mejor esfuerzo.
Después de casi media hora, la cocina parecía haber pasado por un huracán.
Harina sobre la mesa.
Tomate en el suelo.
Una cuchara dentro de la sartén.
Y Tomás con una mancha de huevo en la camiseta.
Elena lo miró y negó con la cabeza.
—No sé si vamos a comer o llamar a los bomberos.
—No seas exagerada.
En ese momento, algo comenzó a quemarse.
Tomás se quedó inmóvil.
Elena también.
—¿Qué es eso?
—Mi creación culinaria.
—¡Está saliendo humo!
Tomás corrió hacia la sartén.
—¡No puede ser!
Abrió una ventana.
—¡Dios mío!
Elena comenzó a reírse.
—Te dije que eras un desastre.
—¡Yo pensé que sabía cocinar!
—¿Pensaste?
Tomás se quedó mirando la sartén.
—Bueno... quizá tuve demasiada confianza.
Elena se levantó para ayudarlo.
—Déjame.
—No.
—Tomás.
—No voy a permitir que muera mi dignidad.
—Tu dignidad murió hace diez minutos.
Tomás la miró ofendido.
—Eso dolió.
Por primera vez en varios días, Elena rió de verdad.
Y durante unos minutos olvidó a Marcos.
Olvidó las revistas.
Olvidó a Fernanda.
Olvidó la discusión.
Pero entonces su mirada cayó sobre su teléfono.
La sonrisa desapareció.
Tenía varias llamadas perdidas.
Todas de Marcos.
Elena se quedó observando la pantalla.
Tomás también la vio.
—Es él.
Elena no respondió.
El teléfono volvió a sonar.
Marcos.
El corazón de Elena dio un pequeño salto.
Quería contestar.
Quería escuchar su voz.
Quería saber qué estaba haciendo.
Pero también recordaba lo ocurrido.
La manera en que Marcos la había mirado cuando golpeó a Fernanda.
La forma en que le había pedido que se fuera.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No puedo, Tomás.
—No tienes que contestar.
El teléfono seguía sonando.
Tomás miró la pantalla.
—¿Quieres que conteste yo?
Elena negó rápidamente.
Editado: 10.09.2026