La cafetería de Elena

Capítulo 44 – Un momento para olvidar

La mañana había llegado tranquila a la casa de campo.

Elena estaba sentada en el porche, con una taza de café entre las manos. Miraba los árboles mientras el viento movía suavemente su cabello.

Llevaba varios días allí.

Y aunque había conseguido alejarse de la ciudad, de los problemas y de las personas que la estaban lastimando, había algo de lo que no podía escapar.

Sus propios pensamientos.

Tomás salió de la casa y se sentó a su lado.

—Otra vez pensando en Marcos.

Elena bajó la mirada.

—¿Se nota tanto?

—Elena, llevas diez minutos mirando el mismo árbol.

Ella soltó una pequeña sonrisa.

—No sé qué hacer, Tomás.

—Ya te lo dije.

—¿Qué?

—No puedes seguir huyendo.

Elena suspiró.

—No estoy huyendo.

Tomás la miró.

—¿Ah, no?

—Solo necesitaba alejarme.

—Eso sí te lo acepto. Necesitabas unos días para pensar. Pero llevas varios días escondida aquí.

Elena guardó silencio.

—Marcos seguramente sigue intentando comunicarse contigo —continuó Tomás.

—No quiero hablar con él.

—¿Porque estás enojada?

—Porque estoy herida.

Tomás asintió.

—Eso es diferente.

Elena dejó la taza sobre la mesa.

—Cuando entré a esa oficina y vi a Fernanda tan cerca de él... sentí que todo se me vino abajo.

—Pero ahora sabes que viste algo que realmente estaba pasando.

—Sí, pero Marcos no lo sabía.

—Exactamente.

Elena lo miró.

—¿Entonces qué quieres que haga?

Tomás se encogió de hombros.

—Que hables con él cuando estés preparada.

—Tengo miedo.

—¿De qué?

Elena tardó unos segundos en responder.

—De volver y que todo vuelva a ser igual.

Tomás la observó con seriedad.

—Entonces no vuelvas hasta que estés segura. Pero tampoco puedes pasar toda la vida escondida.

Elena respiró profundamente.

—Quizás tengas razón.

Tomás se levantó.

—Tengo una idea.

—¿Qué idea?

—Vamos al río.

Elena sonrió.

—¿Al río?

—Sí. Hay uno cerca de aquí. Podemos caminar, meternos al agua y olvidarnos de todo por unas horas.

—¿Tú quieres que me meta al río?

—Sí.

—¿Y si hay peces?

Tomás la miró con cara seria.

—Elena, los peces estaban aquí antes que nosotros.

Ella comenzó a reír.

—Está bien. Vamos.

Unos minutos después, ambos caminaron por un sendero rodeado de árboles.

El sonido del agua comenzó a escucharse a lo lejos.

Cuando llegaron, Elena se quedó sorprendida.

El río era hermoso. El agua corría entre las piedras y el sol se reflejaba sobre la superficie.

—Es precioso —dijo.

—Te dije.

Tomás dejó sus cosas sobre una piedra.

—Vamos.

—¿Ahora?

—Ahora.

Elena se quitó los zapatos y se acercó al agua.

—Está fría.

—Te acostumbrarás.

Tomás entró primero.

—¡Está perfecta!

—¡Estás loco!

—¡Ven!

Elena terminó entrando.

El agua le llegó hasta las piernas y comenzó a reír.

—¡Está helada!

—¡Te dije que estaba perfecta!

—¡Mentiroso!

Tomás le lanzó un poco de agua.

—¡Tomás!

Elena respondió lanzándole agua también.

En pocos segundos ambos estaban riendo como niños.

Por primera vez en varios días, Elena no estaba pensando en Marcos.

No estaba pensando en Fernanda.

No estaba pensando en Victoria.

Solo estaba allí.

Disfrutando.

—¿Ves? —dijo Tomás—. Esto era lo que necesitabas.

Elena sonrió.

—Sí.

Tomás la miró.

—¿Te sientes mejor?

Ella asintió.

—Mucho.

Mientras tanto, en la ciudad, Marcos estaba sentado en su oficina.

Había intentado llamar a Elena nuevamente.

Nada.

Volvió a marcar.

El teléfono no daba señal.

—¿Por qué no contestas?

Miró la pantalla preocupado.

No sabía que Elena estaba en una zona donde las llamadas no llegaban.

Marcos pensaba que ella simplemente no quería hablar con él.

Y eso comenzaba a desesperarlo.

Tomó las llaves de su auto.

Pero se detuvo.

No podía ir detrás de ella sin saber dónde estaba.

Volvió a sentarse.

—Solo dime que estás bien...

En el río, Elena salió del agua y se sentó sobre una piedra.

Tomás se acomodó cerca de ella.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Hace mucho que no te veía reír así.

Elena sonrió.

—Yo tampoco.

Tomás la miró.

—Entonces quédate un poco más.

Elena observó el río.

—Sí.

Su teléfono estaba dentro de su bolso, sobre una manta.

En ese momento, la pantalla se encendió.

Marcos llamando...

Pero no había señal.

La llamada nunca llegó.

Elena ni siquiera supo que él estaba intentando comunicarse.

Tomás miró el teléfono desde lejos.

—¿No vas a revisar?

—Después.

Elena se recostó sobre la manta.

Cerró los ojos.

—Hoy no quiero pensar en nada.

Tomás sonrió.

—Entonces hoy no pensamos en nada.

Elena respiró profundamente.

Por unas horas quería olvidarse de todo.

Del dolor.

De las dudas.

De Marcos.

Pero ninguno de los dos sabía que, mientras ellos disfrutaban de aquel pequeño momento de paz, Marcos estaba cada vez más decidido a encontrar a Elena.

Y cuando finalmente descubriera dónde estaba...

Nada volvería a ser igual.




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