A la mañana siguiente, Elena llegó a la cafetería mucho más temprano de lo habitual.
Había dormido poco.
No porque estuviera preocupada, sino porque no podía dejar de pensar en todo lo que estaba pasando.
Se iba a casar con Marcos.
Todavía le parecía increíble decirlo.
Se miró la mano y volvió a sonreír al ver el anillo.
—¿Otra vez mirando el anillo? —preguntó Tomás desde detrás del mostrador.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué haces aquí tan temprano?
—Preparándome para el evento del año.
—¿Qué evento?
—Tu boda.
Elena se rio.
—Todavía falta.
—Para mí no. Yo necesito tiempo para mentalizarme.
—¿Mentalizarte de qué?
Tomás suspiró dramáticamente.
—De que voy a tener que soportar a Marcos vestido de novio.
—¡Tomás!
—¿Qué? Imagínatelo. Va a estar tan elegante que probablemente hasta las flores se van a poner nerviosas.
Elena soltó una carcajada.
En ese momento, la puerta de la cafetería se abrió.
Victoria entró.
Llevaba una carpeta enorme, un bolso y una expresión completamente decidida.
Tomás la miró.
—¿Qué trae ahí?
Victoria dejó la carpeta sobre una mesa.
—Los preparativos.
Tomás abrió los ojos.
—¿Todo eso?
—Todavía no es todo.
—¿Cómo que todavía no?
Victoria sacó varias hojas.
—Lugar de la ceremonia, flores, decoración, música, invitados, menú, fotógrafo...
Tomás levantó las manos.
—¡Espere! ¡Yo solo acepté ayudar!
Victoria lo miró seriamente.
—Y vas a ayudar.
Elena comenzó a reír.
—Tomás, ahora no puedes escapar.
—Esto fue una trampa.
Victoria sonrió.
—Exactamente.
Tomás se dejó caer en una silla.
—Voy a extrañar mi vida tranquila.
—Tú nunca tuviste una vida tranquila —dijo Elena.
—Eso también es verdad.
Victoria abrió la carpeta.
—Lo primero que necesitamos decidir es el lugar.
Elena pensó unos segundos.
—Quiero algo bonito, pero no demasiado elegante.
Victoria levantó una ceja.
—¿No quieres una boda lujosa?
—Quiero una boda que se sienta nuestra.
Tomás asintió.
—Eso me gusta.
Victoria cerró la carpeta.
—Entonces sé exactamente dónde.
—¿Dónde? —preguntó Elena.
Victoria sonrió.
—Un jardín de rosas.
Elena abrió los ojos.
—¿Un jardín de rosas?
—Sí. Hay uno precioso en las afueras de la ciudad. Tiene un enorme jardín lleno de rosas, árboles, luces y una pequeña fuente.
Tomás se levantó inmediatamente.
—¡Vamos!
Elena se rio.
—¿Tan emocionado estás?
—Claro. Si voy a trabajar gratis, por lo menos quiero ver rosas bonitas.
Victoria negó con la cabeza.
—No sé cómo Marcos soporta tu personalidad.
Tomás respondió rápidamente:
—Porque Elena me quiere.
—Eso es verdad —dijo Elena.
—¡Lo sabía!
Los tres salieron de la cafetería.
El lugar era mucho más hermoso de lo que Elena había imaginado.
Cuando llegaron, Elena se quedó completamente sorprendida.
Había rosas rojas, blancas, rosadas y algunas de un color crema que parecían pintadas.
Los caminos estaban rodeados de flores.
En el centro había una fuente.
Y al fondo se encontraba un enorme espacio abierto donde podían colocar las mesas para los invitados.
Elena caminó lentamente entre las rosas.
—Es precioso.
Victoria sonrió.
—Pensé que te gustaría.
Tomás estaba detrás de ellas mirando las flores.
—Yo tengo una pregunta.
Victoria suspiró.
—¿Qué?
—¿Hay mosquitos?
Elena se rio.
—¡Tomás!
—Estoy preguntando algo importante. No quiero estar vestido de gala y terminar bailando con un mosquito.
Victoria puso los ojos en blanco.
—Habrá control de insectos.
—Perfecto. Entonces acepto.
Elena se acercó a la fuente.
—Quiero casarme aquí.
Victoria sonrió.
—Entonces aquí será.
Tomás levantó una mano.
—Yo también quiero decir algo.
—¿Qué? —preguntaron las dos.
—Quiero que haya pastel de chocolate.
Elena lo miró.
—Tomás...
—Es una petición muy seria.
Victoria comenzó a reír.
—Tendremos pastel de chocolate.
Tomás sonrió satisfecho.
—Entonces continúen.
Después de elegir el lugar, llegó el momento más esperado.
El vestido.
Victoria había reservado una boutique exclusiva.
Cuando llegaron, una mujer salió a recibirlas.
—Bienvenidas. Tenemos preparados varios vestidos para la novia.
Elena tragó saliva.
—¿Varios?
La mujer sonrió.
—Tenemos doce opciones.
Tomás abrió los ojos.
—¿Doce?
—Sí.
—Yo pensé que iban a mostrarle dos.
Victoria lo miró.
—No empieces.
—Estoy preocupado por ella.
Elena comenzó a reír.
La mujer llevó a Elena hasta una sala enorme donde había vestidos de diferentes estilos.
Uno era completamente cubierto de encaje.
Otro tenía una enorme falda.
Otro era sencillo.
Otro tenía mangas largas.
Otro brillaba por completo.
Elena los miraba sin saber cuál elegir.
—Son todos hermosos.
Victoria tomó uno.
—Prueba este.
Tomás miró el vestido.
—Ese parece pesar veinte kilos.
Victoria lo ignoró.
—Pruébatelo.
Elena entró al probador.
Pasaron unos minutos.
Cuando salió, Victoria se quedó en silencio.
Tomás también.
El vestido era hermoso.
Tenía una falda amplia, delicados detalles de encaje y una caída elegante.
Elena se miró en el espejo.
—¿Qué piensan?
Victoria se acercó.
—Estás preciosa.
Elena sonrió.
Tomás se llevó una mano al corazón.
—Marcos va a desmayarse.
Elena comenzó a reír.
—No seas exagerado.
—No estoy exagerando. Ese hombre va a necesitar una silla.
Editado: 10.09.2026