La noche había llegado a su fin.
Las últimas luces del jardín seguían encendidas entre los árboles y las rosas, mientras algunas velas se consumían lentamente sobre las mesas.
La música ya había terminado.
Los invitados comenzaban a despedirse.
Elena estaba sentada junto a Marcos, todavía con una sonrisa que no podía borrar de su rostro.
Miró su mano.
El anillo seguía allí.
Ahora era oficialmente su esposa.
—¿En qué piensas? —preguntó Marcos.
Elena lo miró.
—En que hace unas horas estaba caminando por ese jardín para casarme contigo.
—Y ahora estás aquí conmigo.
—Es extraño.
—¿Extraño?
—Sí. Parece un sueño.
Marcos tomó su mano.
—Entonces espero que nunca despiertes.
Elena sonrió.
—Qué romántico.
—Puedo ser romántico cuando quiero.
Tomás apareció detrás de ellos.
—Eso es discutible.
Marcos cerró los ojos.
—¿Tú todavía estás aquí?
—Por supuesto.
Elena comenzó a reír.
—Pensé que ya te habías ido.
—Estaba esperando mi momento.
—¿Qué momento? —preguntó Marcos.
Tomás sacó una pequeña caja.
—El regalo de bodas.
Elena abrió los ojos.
—¿Nos compraste algo?
—Sí.
Marcos tomó la caja.
—¿Qué es?
—Ábranlo.
Elena abrió la tapa.
Dentro había un marco con una fotografía de los tres.
Era una fotografía tomada durante los preparativos de la boda.
Elena, Marcos y Tomás aparecían riendo.
Elena acarició la fotografía.
—Tomás...
—No quería regalarles algo caro.
Sonrió.
—Quería regalarles un recuerdo.
Elena se levantó y lo abrazó.
—Gracias.
Tomás la abrazó también.
—Ahora sí me voy.
Marcos levantó una ceja.
—¿De verdad?
—Sí.
Tomás miró a Elena.
—Cuídalo.
Luego miró a Marcos.
—Y tú cuídala.
Marcos sonrió.
—Lo haré.
Tomás comenzó a caminar.
Se detuvo.
—Ah, una última cosa.
—¿Qué? —preguntó Elena.
—¡No se olviden de mandarme una postal!
Marcos soltó una carcajada.
—¡Vete, Tomás!
—¡Ya voy!
Tomás se alejó riendo.
Elena apoyó la cabeza en el hombro de Marcos.
—Lo voy a extrañar.
—Yo también.
—¿En serio?
—Sí.
Marcos miró hacia donde Tomás se había ido.
—Aunque jamás se lo diré.
Elena se rio.
Cuando finalmente quedaron solos, Marcos tomó la mano de Elena.
—¿Estás lista?
—¿Para qué?
—Para nuestra luna de miel.
Elena abrió los ojos.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¡Pero no tengo ni siquiera mi maleta!
Marcos sonrió.
—Está preparada.
—¿Cómo?
—Victoria y Tomás se encargaron.
Elena se quedó sorprendida.
—¿También sabían?
—Todos menos yo parecía saber lo que estaba pasando.
Elena comenzó a reír.
—Bueno, ahora tú sabes.
Marcos tomó su mano.
—Vamos.
El viaje comenzó esa misma noche.
Marcos había preparado una sorpresa.
No le dijo a Elena dónde iban.
Durante todo el camino ella intentó descubrirlo.
—¿Falta mucho?
—No.
—¿Estamos cerca?
—No.
—¿Vamos hacia el mar?
Marcos sonrió.
—Tal vez.
—¿Montañas?
—Tal vez.
Elena cruzó los brazos.
—No me vas a decir nada.
—Exactamente.
—Eres imposible.
—Y tú eres curiosa.
Después de varias horas de viaje, finalmente llegaron.
Elena bajó del automóvil y se quedó sin palabras.
Frente a ellos había un hermoso hotel rodeado de naturaleza.
A pocos metros se veía el mar.
Las luces del lugar iluminaban el camino.
Había flores blancas por todas partes.
Elena miró a Marcos.
—¿Elegiste esto?
—Sí.
—Es precioso.
Marcos tomó su maleta.
—Quería que nuestra primera noche como esposos fuera especial.
Elena se acercó y lo abrazó.
—Ya es especial.
La habitación era enorme.
Tenía un balcón con vista al mar.
Elena salió lentamente.
La brisa movió su cabello rojo.
Marcos apareció detrás de ella.
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
—Entonces valió la pena.
Elena se giró.
—Marcos...
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por nunca dejar de luchar por nosotros.
Marcos la abrazó.
—Tú también luchaste.
Elena apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Y ahora estamos casados.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
Marcos levantó su rostro suavemente.
—Ni un solo segundo.
Elena sonrió.
—Yo tampoco.
Al día siguiente despertaron temprano.
Elena abrió las cortinas y se encontró con el mar iluminado por el sol.
—Marcos, despierta.
Él abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
—Mira.
Marcos se levantó.
Se acercó a la ventana.
—Es hermoso.
Elena sonrió.
—Mucho.
—Aunque...
—¿Qué?
—Tú eres más hermosa.
Elena lo miró.
—¿Siempre vas a decirme cosas así?
—Mientras seas mi esposa.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a mí.
Marcos la abrazó.
—Eso es precisamente lo que quiero.
Pasaron el día caminando por la playa.
Elena se quitó los zapatos y caminó descalza sobre la arena.
Marcos la siguió.
—¡Ven!
—¿Adónde?
—Al agua.
—Está fría.
—Cobarde.
Marcos la miró sorprendido.
—¿Me acabas de llamar cobarde?
—Sí.
—Eso no se queda así.
La tomó de la mano y comenzó a caminar hacia el agua.
Elena gritó entre risas.
—¡Marcos!
—Tú empezaste.
—¡Está fría!
Ambos terminaron riendo.
Por un momento no existieron problemas.
No existieron Victoria, Fernanda, los rumores ni los reporteros.
Solo ellos.
Una pareja que finalmente había encontrado paz.
Por la tarde se sentaron en una pequeña terraza frente al mar.
Editado: 10.09.2026