La Caída de los Kraxter: La Corona de Cenizas

Capítulo I: El Peso del Silencio

El viento del norte soplaba sobre las almenas del Castillo Dracking como un lamento antiguo, arrastrando consigo el olor a salitre de las Islas del Alba y el frío seco de las estepas de Korrath. El rey Eldrin Kraxter, quincuagésimo segundo monarca de la dinastía de la serpiente alada, contemplaba su ciudad desde la Torre del Alba, el punto más alto de la fortaleza que había sido hogar de su linaje durante más de ochocientos años.

Draxcan se extendía ante él como un tapiz tejido con hilos de cinco colores. Al norte, el Distrito Humano, con sus calles rectas y sus mercados bulliciosos, donde los comerciantes de la casa Lasmec acababan de inaugurar una nueva forja que prometía hierro varthamita a precio de cobre. Al este, las torres de cristal y piedra lunar del Distrito Mago, donde los acólitos de la Academia Arcana practicaban sus primeros conjuros bajo la atenta mirada de maestros centenarios. Al sur, los jardines colgantes del Distrito Elfo, un regalo de la reina Sylvara Cerevan tras el Pacto de los Tres Robles, donde los árboles cantaban al atardecer y las fuentes manaban agua con propiedades curativas. Al oeste, las fundiciones humeantes del Distrito Elemens, donde seres de tres corazones forjaban armas que nunca se rompían y armaduras que desafiaban el paso de los siglos.

Y en el centro, rodeando el castillo como un anillo de silencio, el Distrito Original. Allí se alzaba el Templo de los Originales, una construcción tan antigua que ni siquiera los archivos reales registraban su fecha de fundación. Sus muros de basalto negro absorbían la luz del sol, y sus guardianes de piel pálida y ojos grises velaban por conocimientos que ninguna otra raza estaba preparada para comprender.

—Majestad.

La voz de Garren Holm era como miel sobre pan duro: dulce en la superficie, pero ocultando una textura áspera que arañaba el paladar. Eldrin se giró lentamente, sin prisa. El senador del Distrito Humano se había acercado con el sigilo de una serpiente, aunque su voluminosa túnica de terciopelo verde y sus joyas de oro hacían difícil imaginar que pudiera moverse sin ser oído.

—Senador Holm —saludó el rey, apoyando una mano sobre el parapeto de piedra—. ¿Tan temprano en el castillo? El sol apenas ha besado las torres del este.

—Los asuntos del reino no esperan al sol, majestad. —Holm inclinó la cabeza con una reverencia medida, la cantidad exacta de respeto que exigía el protocolo—. Traigo noticias del Senado.

—¿Noticias o problemas?

—¿Acaso hay diferencia en estos tiempos?

Eldrin sonrió con tristeza. Garren Holm tenía razón, y eso era precisamente lo que más le inquietaba del senador. Llevaba veinte años sirviendo en la corte, y en esas dos décadas, el rey nunca le había visto cometer un error de juicio. Cada consejo era acertado, cada advertencia oportuna, cada palabra perfectamente colocada. Demasiado perfecto. Como una partida de ajedrez donde todas las piezas se movían exactamente hacia la casilla prevista.

—Hablad, pues.

—Los representantes de Vortham han presentado una queja formal ante el plenario del Senado. —Holm extrajo un pergamino enrollado de entre los pliegues de su túnica—. El Archimago Valen exige explicaciones sobre el incidente de la pasada luna, cuando una patrulla de la guardia real detuvo a tres magos en el puente que une el Distrito Humano con el Distrito Mago.

—Aquellos magos portaban artefactos no registrados. —Eldrin frunció el ceño—. Y se negaron a identificarse ante los guardias.

—Cierto, majestad. Pero el Edicto de Separación establece que los magos solo pueden ser juzgados por sus iguales. La guardia real, compuesta enteramente por humanos, no tenía jurisdicción para detenerlos. El Archimago Valen lo considera una violación flagrante de los tratados.

—El Archimago Valen olvida que Draxcan es un solo reino, no cinco. La guardia real representa la autoridad de la corona, no la de una raza en particular.

—Y sin embargo —Holm deslizó el pergamino sobre la mesa de piedra que había junto al parapeto—, el Senado ha votado. Diez votos a favor de la queja de Vortham, siete en contra, tres abstenciones. La moción ha sido aprobada.

Eldrin sintió un frío repentino que no tenía nada que ver con el viento del norte. Diez votos. El Senado de los Cinco Distritos estaba compuesto por veinte senadores, cuatro por cada raza. Para que una moción relacionada con los derechos raciales prosperara, necesitaba mayoría simple. Diez votos significaban que al menos algunos representantes humanos habían votado contra los intereses de la corona.

—¿Quiénes? —preguntó, con voz más áspera de lo que pretendía.

—Los senadores humanos se han dividido, majestad. Dos han votado a favor de la queja. Los otros dos, en contra.

—¿Nombres?

—Lord Aldric Vehl y yo mismo votamos en contra, por supuesto. —Holm esbozó una sonrisa fina—. Pero los senadores Merrick y Thorne consideraron que la queja era legítima.

Eldrin asintió lentamente, asimilando la información. Merrick y Thorne. Dos casas menores, tradicionalmente leales a los Kraxter. ¿Qué había cambiado? ¿O acaso alguien había cambiado algo por ellos?

—¿Y la representación elfa?

—Tres a favor, uno en contra. Los elfos siempre han defendido la autonomía racial. No es sorprendente.

—¿Los Elemens?

—Dos a favor, dos en contra. Curiosamente, los dos que votaron en contra son miembros de la casa Rosmar. —Holm hizo una pausa calculada—. Aldric Rosmar es un hombre leal, majestad.

—Lo sé. —Eldrin recordó al viejo Elemens de cabello plateado y tres corazones que latían con la fuerza de un tambor de guerra. Aldric Rosmar había servido a tres reyes Kraxter como consejero militar. Su lealtad era tan sólida como las murallas del castillo—. ¿Y los Originales?

—Abstención unánime. Como siempre.

—Como siempre —repitió Eldrin, casi con añoranza. Los Originales nunca tomaban partido en las disputas del Senado. Observaban, registraban, recordaban. Pero no juzgaban. Al menos, no abiertamente—. ¿Qué recomienda el Senado, entonces?




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