La Caída de los Kraxter: La Corona de Cenizas

Capítulo II: El Eco de los Traidores

La llama púrpura danzaba en la palma del mago como una criatura viva, arrojando sombras violáceas sobre las paredes desconchadas del pasillo. Thamior retrocedió un paso, luego otro, hasta que su espalda chocó contra la barandilla de madera que daba a la escalera. Abajo, la taberna seguía sumida en el bullicio de los marineros borrachos y las canciones desafinadas. Nadie miraría hacia arriba. Nadie acudiría en su ayuda.

—No deberíais estar aquí, Original. —La voz del mago era meliflua, casi compasiva—. Vuestra raza siempre tan neutral, tan observadora. ¿Qué os ha llevado a mancharos las manos con la sucia política de los humanos?

Thamior evaluó sus opciones. El mago bloqueaba el pasillo que conducía a la sala privada de los conspiradores. Detrás de él, solo la escalera. La única salida era a través de aquel hechicero de túnica azul cuyo emblema —un ojo dentro de un círculo de estrellas— identificaba como miembro de la Academia Arcana de Vortham. Un mago entrenado, acostumbrado a canalizar energías que Thamior apenas podía comprender.

—Soy el bibliotecario del Templo de los Originales —respondió, intentando que su voz sonara firme—. Estaba buscando un manuscrito que un marinero de Korrath aseguró haber visto en esta taberna. Nada más.

—Un manuscrito. —El mago sonrió, y la llama púrpura se intensificó—. ¿Y decidisteis husmear precisamente en la puerta de nuestra reunión? Qué casualidad tan... inconveniente.

—No sabía que esta sala estuviera ocupada. Os pido disculpas. Me marcharé de inmediato.

Thamior hizo ademán de girarse hacia la escalera, pero el mago levantó la mano libre. Un zumbido recorrió el pasillo, y el aire se espesó como miel. Las piernas del Original se negaron a moverse.

—No tan rápido. —El mago avanzó lentamente, disfrutando de la situación—. Mis compañeros están discutiendo asuntos delicados ahí dentro. No puedo permitir que os marchéis sin asegurarme de que no habéis oído nada comprometedor. Y como los Originales tenéis un oído excelente... —La llama púrpura se estiró, convirtiéndose en un látigo de fuego frío que serpenteaba en el aire—. Supongo que tendré que tomar precauciones.

Thamior sintió que el pánico se apoderaba de él. Llevaba cien años de vida, pero jamás se había enfrentado a una amenaza directa. Su existencia había transcurrido entre pergaminos y códices, entre el silencio de la biblioteca y la paz del claustro. No era un guerrero. No era un héroe. Era un erudito, un guardián de historias, un hombre que creía que las palabras podían cambiar el mundo sin necesidad de derramar sangre.

Qué ingenuo había sido.

—Si me matáis —consiguió articular—, el Templo investigará mi desaparición. Los Originales no olvidan. Y cuando encuentren al culpable...

—¿Culpable? —El mago soltó una carcajada breve—. No habrá culpable porque no habrá cadáver. Un hechizo de desintegración no deja rastro. Desapareceréis sin más, y vuestros hermanos del Templo asumirán que os habéis retirado a meditar a las montañas, como hacen los Originales cuando se cansan del mundo. ¿No es así? Una desaparición voluntaria, un adiós silencioso. Nadie preguntará.

La llama se acercó peligrosamente. Thamior podía sentir su frío sobrenatural, el vacío que prometía consumirlo átomo a átomo. Cerró los ojos y pensó en Lyanna. En sus ojos castaños, en su sonrisa curiosa, en la forma en que inclinaba la cabeza cuando estaba concentrada leyendo algún libro antiguo. Pensó en el cofre que le había mostrado aquella misma tarde, en el sello de la serpiente alada con las alas hacia arriba. Un símbolo de esperanza que ahora parecía extinguirse.

Entonces, ocurrió algo inesperado.

Un estruendo ensordecedor sacudió la taberna. El suelo vibró, las vigas crujieron, y una nube de polvo y astillas invadió el pasillo. El mago trastabilló, perdiendo la concentración. La llama púrpura se desvaneció de golpe, y el hechizo de inmovilización se rompió como una pompa de jabón.

Thamior no esperó a entender lo que ocurría. Se arrojó escaleras abajo, rodando por los peldaños de madera, golpeándose costillas y hombros contra los bordes afilados. Abajo, la taberna era un caos. Una carreta cargada de barriles de cerveza se había estrellado contra la fachada del edificio, derribando parte del muro y sepultando a varios clientes bajo escombros. Los caballos relinchaban enloquecidos, los marineros gritaban, y las mesas volcaban mientras todos corrían hacia las salidas.

—¡Incendio! ¡Ha sido un incendio! —chilló alguien.

Thamior se puso de pie como pudo, ignorando el dolor punzante en su costado derecho. Una costilla rota, probablemente. Pero no tenía tiempo para eso. Se abrió paso entre la multitud, aprovechando la confusión, y salió a la calle por un boquete abierto en la pared. La noche era fría, y la luna brillaba sobre los tejados del Distrito Humano. Sin volver la vista atrás, echó a correr hacia el Templo.

No miró atrás. Si lo hacía, vería al mago de la túnica azul asomado a la ventana del piso superior, con los ojos brillantes de furia y la certeza de que aquella noche habían ganado un enemigo peligroso.

El Salón del Consejo del Castillo Dracking resplandecía con la luz de cien velas cuando el rey Eldrin Kraxter tomó asiento en el trono de basalto negro. El trono de la serpiente alada era una reliquia de los tiempos de la Fundación, tallado por artesanos Elemens bajo la supervisión de los Once Originales. Sus reposabrazos representaban serpientes enroscadas con las alas plegadas —el símbolo de la estabilidad—, y su respaldo se elevaba tres metros por encima de la cabeza del monarca, como un recordatorio constante de la grandeza de su linaje.

A la derecha del rey, en un sitial de terciopelo verde, se sentaba la reina Mira. Era una mujer imponente, como todos los de su raza. Su cabello cobrizo caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos dorados —los ojos de una Elemens de pura cepa— recorrían la sala con inteligencia serena. Llevaba un vestido de seda azul noche que se ceñía a su figura esbelta pero musculosa, y en su pecho lucía el broche de la casa Kraxter: la serpiente alada, idéntico al de su esposo.




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