Arthur se vio obligado a detenerse. Llevaba los últimos cincuenta kilómetros escuchando el mismo “clanck cla-clanck” cada vez que pisaba el acelerador. Había decidido ignorarlo en un principio, después de todo, no eran pocos los ruidos procedentes de aquel cacharro. Sin embargo, en la última parte del viaje el motor se dio por vencido y dejó de girar.
Inhaló profundo, intentando calmar la frustración.
Apretó los frenos con desgano. La antigua motocicleta se detuvo en medio de la carretera abandonada. Su bota crujió al aplastar los restos de arena que asolaban los alrededores. «Maldición», pensó observando el triste paisaje que lo rodeaba. Una ruta desértica, poblada únicamente por los restos de los coches que alguna vez se habían atrevido a viajar por ese peligroso sitio.
«No es un buen lugar para pasar la noche», se dijo al ver como poco a poco, el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas del horizonte. «Quién sabe qué cosas vivirán cerca de allí.» Según sus cálculos, les debía faltar menos de una hora para llegar a su destino. Y la idea de dormir a la intemperie estando tan próximos a ese sitio no le agradaba en lo más mínimo.
—Bájate —ordenó.
Sintió un escalofrío cuando se movió. Ella obedeció sin quejarse; o al menos no lo hizo utilizando palabras. Pues al bajar de la motocicleta decidió, por alguna razón, desplazar su pequeña mano por toda la espalda de Arthur. El historiador tuvo que apretar los dientes para no gritar. Presionó el manubrio con tanta fuerza que unos fragmentos de cuero se le adhirieron a la mano.
—¡Mierda! —refunfuñó, ahogando el dolor—. ¡Solo bájate, por favor!
Era algo espantoso. Estar cerca de ella ya era de por sí, mínimamente, intimidante. Pero sentir el tacto de su cuerpo, aunque solo fuera a través de la tela, resultaba insufrible. Arthur lo describía como si lo punzaran con una daga de hielo en cada punto que ella tocaba. Dolía, ardía y lo congelaba al mismo tiempo.
Durante el trayecto lo había experimentado más veces de las que hubiera querido. Ya que a pesar de que le había dicho explícitamente que se mantuviera siempre unos centímetros separada de él, cada vez que había tenido que desacelerar sus cuerpos habían chocado inevitablemente.
Al final, ella descendió sin emitir ni el más tenue de los sonidos. Arthur seguía temblando, aferrado a la motocicleta como si se fuese a desfallecer en cualquier momento. Ese sentimiento, comenzaba tan pronto como ella lo tocaba y tardaba varios minutos en desaparecer.
«Maldita loca. Si sigue haciendo eso me matará y lo sabe. ¡Eso es trampa maldita sea!» Protestó en silencio, pues nunca se atrevería a decírselo en voz alta. Observó la silueta de aquella cosa, de pie en la carretera.
Una gota de sudor recorrió su mejilla. De repente, aquella presencia le puso los pelos de punta.
«¿Qué pasa?» Se había acostumbrado tanto a estar a su lado, que casi se había olvidado de lo mucho que esa criatura lo aterraba. Por más que quisiera fingir que no lo hacía, no existía humano en el mundo que no le tuviera miedo. La observó con atención, intentando descifrar por qué había vuelto a sentir ese temor. «¿Qué es lo que le sucede?»
Entonces ella se volteó y, por un momento, sus ojos oscuros y fríos cual pedernal se cruzaron con los de Arthur.
«¿Está… sonriendo?» Se preguntó horrorizado al ver su rostro.
Ella se había detenido frente a él. Con la cabeza un poco inclinada y su desastroso cabello azabache colgando a un lado, dejando a la vista una expresión que él no creía siquiera que fuera capaz de hacer. Una pequeña curva de sus labios, que no podía ser otra cosa más que eso: una sonrisa. Una tímida y hasta casi juguetona sonrisa.
Arthur tragó saliva. Si antes sentía miedo, ahora estaba definitivamente aterrado. Ella se alejó caminando hacia el borde de la carretera. Arthur no le quitó los ojos de encima ni por un segundo. Si esa criatura estaba sonriendo, algo iba definitivamente mal.
—Esto… —balbuceó sin saber qué decir realmente. En todo el tiempo que llevaban juntos viajando, era la primera vez que la veía comportarse de esa manera.
Ella se detuvo, justo al final de la carretera. Volteó a verlo nuevamente y, desde allí, apuntó hacia el horizonte. «¿Qué? ¿Acaso quiere mostrarme algo?» Arthur se sorprendió, por algún motivo, ella estaba extrañamente comunicadora.
Suspiró, intentando aliviar su tensión y resignándose al mal augurio.
—¿Ya qué? —se bufó.
Se encogió de hombros. «Supongo que tendré que hacerle caso.» De todas formas, su destino había quedado sellado el mismo día en que conoció a la criatura. Le gustase o no, su vida estaba completamente ligada a ella.
Se quitó su casco y descendió también. Antes de abandonarla observó por última vez la motocicleta que había tomado “prestada” en las afueras de Jinos. De todos los vehículos abandonados en el país de Nisrán, ese era el único que había aguantado tanto tiempo. «Creo que estaremos a pie un tiempo más.»
Tomó su bolso y siguió los pasos de su no tan deseable compañera.
—Sospecho que no querrás decirme qué es lo que te pasa, ¿verdad? —bromeó.
Ella se limitó a dirigirle una rápida mirada, luego volvió su atención al horizonte. «Eso pensé.» Su silencio lo tranquilizó un poco. Con su nuevo y errático comportamiento, Arthur estaba al límite de tensión. Si aquella cosa hubiera dicho tan solo una palabra, entonces hubiera echado a correr inmediatamente.
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Editado: 09.09.2026