Se vio obligado a detenerse al fin y al cabo. Llevaba los últimos cincuenta kilómetros escuchando el mismo “clanck cla-clanck” cada vez que pisaba el acelerador. Había decidido ignorarlo en un principio, después de todo, no eran pocos los ruidos procedentes de aquel cacharro. Sin embargo, en la última parte del viaje el motor se dio por vencido y dejó de girar.
Inhaló profundo, intentando calmar la frustración.
Apretó los frenos con desgano. La antigua motocicleta se detuvo en el medio de la carretera abandonada. «Maldición.» Pensó observando el triste paisaje que lo rodeaba. Una ruta desértica, poblada únicamente por los restos de los coches que alguna vez se habían atrevido a viajar por ese peligroso sitio. Apoyó los pies sobre el pavimento, sus botas crujieron al aplastar los restos de arena que asolaban los alrededores. «No es un buen lugar para pasar la noche.» Se dijo al ver como poco a poco, el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas del horizonte. «Quién sabe qué cosas vivirán cerca de allí.» Según sus cálculos, les debía faltar menos de una hora para llegar a su destino. Y la idea de dormir a la intemperie estando tan próximos no le agradaba en lo más mínimo.
—Bájate. —ordenó.
Sintió un escalofrío cuando se movió. Ella obedeció sus palabras sin quejarse; o al menos no utilizando palabras. Pues al bajar de la motocicleta decidió, por alguna razón, desplazar su pequeña mano por toda la espalda de Arthur. El historiador, tuvo que apretar los dientes para no gritar. Presionó el manubrio con tanta fuerza que unos fragmentos de cuero se le adhirieron a la mano. Era algo espantoso. Estar cerca de ella ya resultaba de por sí, mínimamente, intimidante. Pero sentir el tacto de su cuerpo, aunque solo fuera a través de la tela, resultaba insufrible. Arthur lo describía como si lo punzaran con una daga de hielo en cada punto que ella tocaba. Dolía, ardía y se sentía congelado al mismo tiempo.
Durante el trayecto lo había experimentado más veces de las que hubiese querido. Ya que a pesar de que le había dicho explícitamente que se mantuviera siempre unos centímetros separada de él, cada vez que había tenido que desacelerar sus cuerpos habían chocado inevitablemente.
Al final, ella descendió sin emitir ni el más tenue de los sonidos. Arthur seguía temblando, aferrado a la motocicleta como si fuese a desfallecerse en cualquier momento. Ese sentimiento, comenzaba tan pronto como ella lo tocaba y tardaba varios minutos en desaparecer. Entonces ella se volteó y, por un momento, sus ojos oscuros y fríos cual pedernal se cruzaron con los de Arthur.
«¿Está… sonriendo?» Se preguntó horrorizado al ver su rostro.
Ella se había detenido frente a él. Con la cabeza un poco inclinada y su desastroso cabello azabache colgando a un lado; dejando a la vista una expresión que no creía si quiera que fuera capaz de hacer. Una pequeña curva de sus labios, que no podía ser otra cosa más que eso: una sonrisa. Una tímida y hasta casi juguetona sonrisa.
Arthur tragó saliva. Si antes sentía miedo, ahora estaba definitivamente aterrado. Ella se alejó caminando hacia el borde de la carretera. Arthur no le quitó los ojos de encima ni por un segundo. Si esa criatura estaba sonriendo, algo iba definitivamente mal.
—Esto… —balbuceó sin saber qué decir realmente. En todo el tiempo que llevaban juntos viajando, era la primera vez que la veía comportarse de esa manera.
Ella se detuvo, justo al final de la carretera. Volteó a verlo nuevamente y, desde allí, apuntó hacia el horizonte. Arthur se sorprendió, ella estaba extrañamente comunicadora.
—¿Ya qué? —se preguntó, resignándose al mal augurio. Presentía que no podría llevar a cabo su plan. O cuanto menos, no de forma tranquila.
Se quitó su casco y descendió también. Observó con pereza la motocicleta que había tomado “prestada” en las afueras de Jinos. De todos los vehículos abandonados en el país de Nisrán, ese era el único que había aguantado tanto tiempo. «Supongo que estaremos a pie un tiempo más.» Tomó su bolso y siguió los pasos de su no tan deseable compañera.
—Supongo que no querrás decirme qué es lo que te pasa, ¿verdad? —bromeó sin esperar una respuesta. Ella se limitó a dirigirle una rápida mirada, luego volvió su atención al horizonte.
» Bueno, ¿qué es lo que quieres mos…?
Sus palabras se quedaron a mitad de la frase. Arthur abrió los ojos como platos. Su bolso se le escapó de entre los dedos. ¿Cómo era que no lo había notado antes? Con tan solo haber avanzado unos cuantos pasos, la perspectiva del paisaje había cambiado por completo. «Eso es…» Se dijo mirando el límite del cielo.
Parecía un espejismo, pero en la lejanía emergieron las ruinas de un pueblo; o más bien, su esqueleto. Tras los restos, una cordillera colosal se alzaba como un muro infranqueable, de no ser por la anomalía que la desgarraba: un vacío perfectamente cilíndrico perforaba la piedra. Era una herida geométrica de proporciones titánicas, cuyo radio se extendía por decenas de kilómetros. A través de ese túnel imposible, la mirada se perdía en lo que se suponía que las montañas debían ocultar: un desierto infinito, un océano de arena dorada que ondulaba bajo el sol.
—El desierto de Lous…. llegamos.
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Editado: 12.01.2026