La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 1

14 de septiembre de 1931 frontera de Denas, siete años para la caída de Nisrán…

Llegaba tarde, aunque no recordaba por qué. Agitado, trotaba con dificultad por un camino de piedras que atravesaba el bosque. No sabía qué lo apuraba, ni tampoco a dónde esperaba llegar, mas no le importaba. O más bien, no se detenía a pensar en ello. Sencillamente, sentía que debía apresurarse.

El lugar a su alrededor le resultaba completamente desconocido. Sin embargo, su mera intuición marcaba el rumbo. Como si su cuerpo ya supiera en dónde terminaba el sendero, solo que no se lo había querido contar. No dudaba, solamente seguía la hilera de rocas serpenteantes, sin percatarse de lo extraño de su alrededor: Un sol que brillaba fuertemente entre las nubes, pero que no irradiaba calor; Decenas de árboles tan imposiblemente altos que jamás terminaban; Un bosque enorme, pero sin una sola mota de césped o hierbajos. Se encontraba agitado, tanto como si hubiese estado corriendo durante horas. A pesar de ello, no había derramado ni una gota de sudor.

—Va a matarme —exhaló en un susurro, sin dejar de mover los pies.

El viento sopló y todo su alrededor se agitó. El panorama fluctuó, ondeando al ritmo del aire. Hubo un pequeño destello y, por un segundo, todo se volvió blanco.

—¡Ahhg! —gimoteó al golpear de frente con algo.

Trastabilló y cayó de bruces al suelo. «¡Por los tres grandes! ¿Qué fue lo que pasó?» Abrió los ojos confundido. Delante de él había una enorme pared de roca sólida. Alzando la vista, siguió detenidamente la masa de piedra que se extendía hasta el cielo. «¿Cómo fue que no vi eso? No puedo creerme ser tan estúpido.»

—¿Te encuentras bien? —una suave voz preguntó a sus espaldas.

De repente se sintió ansioso, y un poco asustado también. Conocía perfectamente esa voz. Ese tono irónico y seductor, que ponía a su corazón a dar saltitos repentinos como si estuviera a punto de estallar de la emoción; solo podía pertenecerle a una persona. «¡Por el amor de Garlam! ¡Ya está aquí!»

Avergonzado, se dio la vuelta. Y ni siquiera notó que el camino había desaparecido, ni que el bosque junto con él. Sus ojos solo pudieron reparar en la hermosa joven que lo miraba.

—¡Melia! —Casi gritó de la emoción.

Sentada a tan solo unos metros de distancia, se encontraba una muchacha sobre una amplia manta junto a una pequeña cesta de mimbre. Como quien lleva esperando tanto tiempo que ya se ha rendido ante el cansancio, rodeaba sus rodillas con los brazos apoyando la barbilla justo entre el hueco de ambas. Arrugaba el refinado vestido celeste que traía puesto, pero no parecía importarle; o al menos, ya no más. Sus cejas arqueadas denotaban enfado, mas el brillo café de sus pupilas ocultaba un atisbo de compasión.

Se acercó a ella gateando por el suelo. «¡Está aquí! ¡Sí vino!» Verla siempre lo animaba, pero por alguna razón en ese momento se sentía más entusiasmado de lo habitual. Como si llevara tiempo sin estar junto a ella y todo su ser anhelara sus caricias.

—¡Melia, perdón! —jaló su vestido levemente, poniendo la misma expresión de perrito mojado que hacía cada vez que ella se molestaba. —¡Lo lamento! ¡En serio que lo lamento! ¡Corrí hasta aquí todo el camino, pero...!

—Nunca cambiarás, ¿verdad Bernd?

—Perdón —sonrió avergonzado. —Te juro que lo intento.

Se sentó a su lado, intentando mantener una actitud positiva. «No sé por qué siempre soy así. Incluso hasta con ella.» Un sentimiento de culpa afloró dentro de él. Siempre cometía los mismos errores y terminaba fallando a su palabra. «Parezco un crío. Ya no puedo seguir así. No puedo seguir disculpándome para toda la vida.»

—Solo espero —susurró ella jugueteando con el anillo de su mano izquierda —que no pienses llegar tarde a nuestra boda también...

—¡Eso jamás! ¡Ni aunque los dioses me aten de pies y manos! ¡Dormiré en la capilla desde la noche anterior si es necesario! —declaró.

» Y es que, no quiero esperar ni un segundo más para poder gritarle a todos que eres mi esposa.

Una brisa revolvió sus cabellos castaños, dejando su rostro al descubierto. Este se iluminó por un instante, mostrando un poco de sorpresa. «Es preciosa. De veras no puedo creer que vaya a casarme con ella.» Luego echó a reír fuertemente, como si no creyera nada de lo que decía.

—Mejor no tientes al destino. —le dijo dándole un pequeño golpe en el hombro. —Además, si llegaras tarde jamás te lo perdonaría.

Lo dijo entre risitas y unas gotas de sarcasmo, pero Bernd pudo denotar la amenaza bajo sus palabras. Carcajeó junto con ella, aunque le preocupaba un poco poder controlar su insufrible costumbre de llegar tarde a todo momento y lugar. Desde que se habían conocido, hacía más de dos años, el número de citas a las que había llegado a tiempo seguía pudiéndose contar con los dedos de una sola mano y sobrado. «Pero esta vez será distinto

Incómodo, buscó algo más en lo que concentrarse. Solo entonces se percató.

—Oye, Mel... —preguntó confundido. —¿Dónde estamos?

Ella se encogió de hombros.

—Creí que tú lo sabrías. —contestó tendiéndole un pequeño paquetito que había sacado de la cesta.

—Pues no...

Tomó el paquete distraído, sin dejar de mirar repetidamente hacia los lados. «Esto es extraño. No hay nada aquí.» A su alrededor solo había arena. Kilómetros y kilómetros de una intrigante arena dorada. Y en el horizonte, justo en frente de su mirada se encontraba impasible la gigantesca muralla de granito con la que había tropezado. «De veras, ¿cómo hice para no ver eso?» Abrió el envoltorio mientras seguía observando. Dentro había un pequeño sándwich. Sin prestar atención, se lo llevó a la boca y comenzó a masticar.

La toz fue inevitable. Escupió los restos de comida en tanto sintió el sabor.

—¿Qué? —preguntó sin poder dejar de toser. Miró a Melia consternado, ella estalló inmediatamente en carcajadas. —¡Mel! ¡¿Le pusiste lechuga?!




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