5 de Octubre de 1931, zona minera de Nirek, siete años para la caída de Nisrán…
«De veras no entiendo. ¿Cómo hice para no escucharlo?» Apretó la almohada contra sus orejas (si es que aquello podía considerarse “almohada”). La fina capa de tela que le habían dado para recostarse apenas conseguía amortiguar el ruido. «Maldición. ¿Acaso no piensa callar?» Se escondió debajo de las sábanas, resistiéndose a despertar. Intentó ignorar la escandalosa sirena que servía de despertador para todos los novatos. Sin embargo, el sonido resultaba tan indescriptiblemente chillante que perforaba sus tímpanos como agujas. «¡Que alguien lo apague!»
—Oye, ¡Bernd! —«No. Tú también no, por favor.» Apretó con más fuerza la almohada. El despertador nunca había sido lo peor de la mañana. —¿Piensas quedarte dormido otra vez?
La alarma cesó.
Algo tiró de su manta. Bernd reaccionó en el momento justo, y consiguió tomarla por uno de los bordes. «Olvídate de mí. Déjame solo.» Rezó por dentro mientras forcejeaba con la sábana.
—¡Vamos amigo! ¡No podemos llegar tarde a nuestro primer día también!
Bernd respondió con un gruñido.
Al final, un fuerte jalón lo hizo perder la batalla. La manta se deslizó entre sus dedos, volando por los aires. Entonces solo quedó un joven delgaducho recostado sobre la litera. Con el cuerpo echo un ovillo y la almohada cubriendo sus orejas. «En serio. No quiero ir.» Se lo veía deplorable. Se sentía deplorable.
Un pequeño suspiro se oyó a su lado. Una pequeña muestra de exasperación, a la vez que un leve lamento de quién ya no sabe cómo seguir ayudando.
—Bernd, —la voz ronca de su compañero sonó con mucha más calma. —sé qué sigues decepcionado por lo que pasó el otro día. Pero no puedes seguir así. Podemos volver a intentar el examen el próximo trimestre. Sin embargo, si no te presentas a trabajar te enviarán de vuelta a casa.
»Y entonces sí habrás hecho todo esto en vano.
«Él tiene razón.» Una vocecilla en su mente lo reprendió.
«Lo sé. Sé que la tiene.» Bernd abrazó sus rodillas contra el pecho, aguantando las ganas de temblar. «Es solo que…» Se dio cuenta, por primera vez en su vida, de lo pesada que podía ser la culpa. Y, sobre todo, lo terriblemente doloroso que podía ser la vergüenza de haber fallado. «…no tengo ánimos para hacerlo.»
«¿Y a quién mierda le importa eso?» Se replicó a sí mismo.
—Supongo que a nadie —suspiró con pesadez.
—¿Qué dices?
Infló el pecho, buscando fuerzas para seguir adelante. «Bien, sospecho que no hay de otra.» Lento y pesado, se sentó sobre la cama. Con los pies colgando en el borde de la litera, bostezó, estirando el cuerpo para desperezarse. Frotó sus ojos, en parte para quitarse el sueño de la mañana, y en parte para disimular las lágrimas acumuladas en sus párpados. «Vamos Bernd, no puedes dejar que el destino te gane.»
—Dije que buenos días, Kem —balbuceó con cansancio.
Kemilar, el calvito gordinflón, se encontraba de pie justo frente a él. No parecía haberse tragado sus palabras, ni mucho menos su precaria expresión de tranquilidad. De hecho, todo lo contrario, se notaba más preocupado que de costumbre. «No me mires así Kem.» «Soy un desastre, siempre lo fui. No hace falta que me lo recuerdes.»
—Escucha niño…
—Tranquilo Kem —cortó a su amigo a mitad de frase. No quería escuchar un sermón, por lo menos no tan pronto en la mañana. —Simplemente tenía sueño.
Se obligó a sonreír. Una de las tantas sonrisas falsas que ponía cada vez que necesitaba ocultar su propio dolor. No estaba seguro de que se viera creíble, de hecho, era probable de que se le notara el esfuerzo. Después de todo, sentía los pómulos pesados como dos yunques. Como si su propio rostro rechazara el simple hecho de mostrar algo que no era. «Tú solo sigue. No hará preguntas si intentas disimular.»
«Nunca lo hacen.»
—Está bien —respondió su amigo finalmente, aunque no parecía mucho más tranquilo. —Simplemente no te tardes.
«Te lo dije.»
—Tranquilo, estaré en el comedor en unos minutos. Así que guárdame un lugar, ¿puedes?
—Como digas —contestó el hombretón haciendo un ademán. —Intentaré conseguir café esta vez.
Bernd alzó los hombros, dudando de que aquello fuera posible. Luego vio como Kemilar desaparecía entre el tumulto de aspirantes que ocupaban el ala de dormitorios oeste. «Todo mundo parece animado esta mañana.» Se dijo observando la cantidad de novatos que se movían por aquí y allá en la enorme habitación comunitaria que les habían asignado. La mayoría parecían apurados por comenzar su primer día dentro de las fuerzas del ejército de Takari. Todos andaban entre las filas de literas, alistándose el uniforme o corriendo al baño a toda prisa.
Sin embargo, otros pocos, se veían casi tan desanimados como él. Se los reconocía fácil: por andar lento y pausado; por los enormes bultos debajo de sus ojos; y por la mirada vacía que se congelaba durante largos instantes en la nada y luego volvía, súbita e inconscientemente por unos segundos, para perderse nuevamente al poco rato.
#2314 en Thriller
#849 en Suspenso
thriller accion, accion drama suspenso y misterio, fantasía drama
Editado: 06.03.2026