—… Gremery, Blirs, escuadrón doce —exclamó el coronel.
Tan solo escuchar su apellido lo hizo temblar. «Nos toca.» Sus dedos tamborilearon nerviosos sobre la mesa. Kem le hizo señas para que lo acompañara. «Bien, esto será una putada. Pero qué más da. Que Garlam nos de fuerza para aguantar, y que Galia nos ampare.»
Con un profundo suspiro, se puso de pie.
—Suerte —susurró Til a su lado, todavía faltaba para que los buscadores comenzaran su rutina.
Bernd asintió sonriente. «Tu solo espera Til, ya te alcanzaremos.»
Siguió a Kemilar, bordeando las mesas del comedor hacia la salida. La sala seguía sumida en un silencio casi total. Solo se oía la voz del coronel al designar los puestos y algunos cuchicheos por lo bajo. Más allá de eso, todo mundo permanecía callado y en un falso estado de calma. Al sonar su nombre, cada novato se levantaba y se dirigía a la salida sin decir nada más; con un paso firme y la frente en alto, pero siempre evitando mirar directamente al coronel.
Bernd trató de pasar desapercibido, siguiendo la fila de hombres con total normalidad. «No hagas nada. Solo camina y él no te verá. No tiene por qué verte.» Se escondió detrás de Kemilar, esperando que su enorme superficie fuera lo suficientemente ancha para taparlo por completo.
Sin embargo, en cuanto estuvo a tan solo unos pasos de la salida algo lo detuvo. «¡Me lleva…!» La espalda de Kemilar desapareció en el exterior dejándolo completamente solo. En su lugar, una mano de piel oscura lo sostuvo por el pecho, evitando que siguiera a su compañero. En un intento por mantener la compostura, dirigió su vista al hombre que lo retenía. El coronel Reeckam lo tenía acorralado. «!Qué los demonios se calen mis huesos! Sí me vio.»
—Más le vale comportarse, señor Gremery —las palabras, tan cortantes como una navaja, le helaron la piel. —No quiero más excusas.
La mirada del coronel era tan penetrante que Bernd pudo sentir como su orgullo se hacía añicos bajo aquellos ojos de ébano. Su expresión, tan clara como el agua de un manantial, declaraba abiertamente que no le caía en gracia.
—S-sí, s-señor. —respondió precipitadamente.
Bernd tragó saliva, sin Kem allí no tenía dónde ocultarse. La vez anterior, Kemilar había estado a su lado para cubrirle las espaldas. De no ser por él, probablemente Bernd ni siquiera hubiera podido quedarse en el ejército. Sin embargo, ahora los había separado, probablemente apropósito, y no tenía idea de lo que haría a continuación. Lo miró a los ojos, intentando comprender qué era lo que quería su superior. Pero Reeckam simplemente mantuvo su mirada seria unos instantes, como afianzando su amenaza. «Por el amor de Galia, que mal la llevo con este tío.». Luego, lentamente levantó su mano y le permitió el paso.
«¡Gracias!»
Salió pitando tan rápido como le dieron los pies, aunque sin hacer demasiado espamento. No miró atrás, pues sabía que Reeckam lo seguía vigilando de mala gana. Lo mejor que podía hacer era obedecer en silencio.
Una vez en el patio, buscó a Kem entre la multitud. Esta vez lo encontró fácilmente. En la doceava fila de cadetes se veía una enorme y redonda figura. «No puede haber dos personas con ese tamaño.» Se dirigió directo hacia su escuadrón. Se había alegrado mucho al saber que estaría en el mismo grupo que su amigo. Después de todo, las únicas personas con las que había hablado desde su llegada a Nirek habían sido Kemilar y Tiliam. Y ahora que todo el mundo sabía que Reeckam lo tenía en la mira, era poco probable que el resto de los novatos se le acercara.
—Creo que no le caes bien —susurró Kemilar frente a él.
—¿De veras? Y yo que pensaba invitarle un par de copas —bromeó.
Kemilar ahogó una risotada.
—De todas formas, tienes que comportarte. Sí sabes que Reeckam estará presente en el examen del próximo trimestre, ¿verdad?
«Es cierto.» Días antes, durante el examen de los novatos el coronel Reeckam había ido personalmente a evaluar a sus nuevos hombres. Por culpa de Bernd, tanto Kemilar como él mismo habían llegado tarde al examen y al coronel no le había gustado en lo más mínimo. «De no haber sido por Kem, nos hubieran expulsado allí mismo.» Recordó. Reeckam les dio un sermón sobre la importancia de la puntualidad y estuvo a punto de impedirles realizar la prueba. Pero Kemilar alegó que habían llegado tarde debido a su torcedura de tobillo, que habían ido hasta la enfermería para vendarlo y luego habían vuelto corriendo para llegar al examen. Discutieron durante varios minutos hasta que el coronel cedió. Aunque al final los obligaron a pasar primeros en cada una de las pruebas y con la amenaza constante de mandarlos a sus casas si reprobaban alguna. Lograron aprobar, aunque por muy poco y finalmente se vieron degradados a la sección de desmantelamiento.
Bernd suspiró. Su trabajo en el ejército pendía de un hilo, y ni siquiera había comenzado.
Un mayor se acercó a la doceava fila para dar instrucciones. Todos los cadetes se pusieron firmes en el acto.
«Bien, aquí vamos.»
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Ya prácticamente arrastraba los pies, obligándose a avanzar. El dolor de su tobillo había quedado reducido a una simple molestia ante el resto de su fatiga. El camión de carga los había abandonado a su suerte a un lado del camino. Desde entonces todo su escuadrón se había mantenido en movimiento para llegar a tiempo a su destino. Respiraba pesadamente, pero en silencio, intentando que el mayor a cargo de su escuadrón no notara su cansancio.
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Editado: 03.04.2026