—Entonces, ¿existen otras once entradas como estas? —preguntó volviendo a observar el enorme coloso de madera que aguantaba la entrada.
Dejó su fusil dentro de uno de los vagones y se sentó en el borde de este. Se sacudió el uniforme, intentando ventilar un poco su cuerpo. El sol ya se había posicionado en su punto más alto y el calor comenzaba a hacer arder la tierra. Llevaban un buen tiempo esperando a que los trabajadores llegaran, pero no parecía que eso fuera a pasar demasiado pronto. Incluso el mayor Rad se había sentado sobre uno de ellos, así que no debía haber mucho problema si él hacía lo mismo.
—No, no como esta —contestó Kemilar, quien parecía casi tan asombrado como él. —Se supone que solo hay nueve puertas originales. Ya sabes: tres aquí en Nirek, una en Denas, dos en Conrad y tres más en Girban.
—¿Puertas originales? —su mente titubeó un instante. —¿Te refieres… a esas puertas originales? —de repente el ardor que sentía en el estómago al ver el umbral aumentó.
«No puede ser cierto…»
Kem asintió sin siquiera dirigirle la mirada. Sus ojos seguían empecinados en controlar la entrada, como si temiese que algo saliera de aquella infinita oscuridad. Su rostro permanecía apacible, mas era probable que estuviera tan preocupado como él. Bernd intentó controlarse, pero el miedo comenzaba a brotar desde lo más profundo de sus recuerdos. «Es imposible. Solo eran historias, solo eso.» Pensó, recordando las horas de clase en las cuales se había reído de todas las antiguas inscripciones.
Bernd nunca había sido un fiel creyente de la teología en general, mucho menos un seguidor de la Fe de los Tres. Pero al igual que cada niño de Takari, había sido instruido en las bases de la religión.
«“Ocho puertas para las desgracias. Una puerta para los justos.”» Recordó.
Ocho desgracias; Hambre, Peste, Guerra, Locura, Traición, Agonía, Profanación y Muerte. Ocho presencias malignas que gobernaban la tierra y el corazón de todos sus seres hasta que los tres dioses bajaron a purgar el universo. Según la Fe de los Tres, detrás de la Muralla del Fin se hallaba el vacío; un desierto infinito de aethyr que marcaba el límite de todo lo conocido por el hombre. Se decía que allí, escondidas entre las interminables dunas de arena anaranjada, se encontraban atrapadas cada una de las ocho desgracias originales. Los tres dioses las habían apresado allí, encadenándolas con grilletes de aethyr puro para que nunca pudieran escapar nuevamente. Desde el día en que perdieron la guerra contra los tres grandes, las almas inagotables y pecaminosas de las ocho desgracias llevaban siendo desgarradas día tras día, minuto a minuto, a causa de sus indestructibles cadenas. Después de todo, el aethyr era el mineral de la redención. Los mismos Garis y Garlam lo habían creado como el único material capaz de arrancar la maldad de las almas de quienes lo tocasen.
«“Quien se atreva a tocar tan solo una mota de aethyr, sentirá como su alma se desgarra poco a poco, pecado a pecado.”»
Dejó de respirar, intranquilo, observando el destello incandescente de las inscripciones. Por un momento, sintió curiosidad de tocarlos, pero rápidamente quitó esa idea de su cabeza. «No seas imbécil. Si las historias son reales o no, eso da igual. El aethyr es peligroso, mantente alejado.»
Aun así, el aethyr no era lo que lo había dejado tan pensativo.
«Las puertas originales.»
Según contaban las historias, había nueve puertas originales colocadas alrededor de toda la Muralla del fin. Se decía que los dioses mismos las habían tallado para poder conectar su mundo con el de los mortales. Al morir, las almas de los hombres deberían atravesarlas para poder llegar al más allá. Sin embargo, de las nueve puertas solo una llevaba hasta el paraíso de la diosa Galia. Si la persona había sido justa en la vida y había obrado el bien durante toda su estancia en la tierra, Garlam se encargaría de mostrarle el camino correcto. Pero, si la persona había obrado con malicia durante su vida, entonces sería Garis quien iluminara su camino. Según los pecados del hombre, el propio dios decidiría en cual de todas las puertas debería obtener su castigo. Y es que cada una de las ocho puertas restantes, terminaban desembocando junto a la prisión de cada una de las ocho desgracias.
Con estas historias, las minas de Lous siempre habían sido un tabú para los takarianos. Por lo general, su entrada estaba prohibida. La iglesia de las Tres Cruces divulgaba la idea de que solo los muertos podían caminar por los túneles de la Cordillera del Fin. Alegaban que, si alguien se atreviera a entrar en ellas, terminaría por perderse entre los inagotables pasillos y túneles y nunca podría volver a salir. Los vivos no podían alcanzar el más allá, pero una vez dentro de las puertas, tampoco se podría salir.
Bernd solía pensar que todo aquello eran simplemente cuentos para niños. De esos que se inventan para que los pequeños hagan caso a sus padres. Siempre se había preguntado cómo podía haber gente que realmente creyera en esos disparates.
Sin embargo, en ese momento las leyendas dejaron de parecerle tan disparatadas. Sentado sobre el vagón, observando como ni siquiera la luz se atrevía a pasar por la entrada de la mina, se preguntaba cuánta verdad esconderían esos viejos relatos.
—A diferencia de nosotros, —la voz de Kemilar lo hizo sobresaltarse —los habitantes de Nisrán no temen al vacío. O al menos no tanto como nosotros, supongo.
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Editado: 03.04.2026