La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 5

8 de Octubre de 1931, frontera del arco de Jinos, siete años para la caída de Nisrán…

Una fina capa de gotas de agua cubría la piedra, volviéndola tan resbaladiza que temía caer en cualquier momento. Bajaba despacio por la estrecha escalera de adoquines; una de sus manos conservaba el equilibrio apoyándose contra el muro, la otra se mantenía aferrada a su nuevo bastón oficial. Cada vez que su pierna mala tocaba el suelo, el golpe metálico del bastón retumbaba a lo largo del extenso pasillo. Debía caminar en diagonal, pues el espacio era tan angosto que sus hombros no cabían entre ambas paredes. Por primera vez, se alegró de su baja estatura. El techo de roca medía tan solo unos pocos dedos más que él, permitiéndole mantenerse erguido sin miedo a golpear contra las salientes.

No había luz, al menos no de manera fija. La única cosa que alumbraba vagamente su camino era una antigua lámpara de aceite que el guardia llevaba delante. El pobre hombre debía caminar con la cabeza gacha y completamente torcido para poder moverse a través del túnel. Ambos caminaban con lentitud, vislumbrando por poco el reflejo de la llama sobre los escalones.

Respiraba con dificultad. La humedad se estaba volviendo un problema, mientras más se hundían en la profundidad más denso parecía volverse el aire. No sabía a ciencia cierta cuánto habían bajado ya, pero debía ser mucho pues llevaban varios minutos andando cuesta abajo.

Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que se había visto obligado a visitar aquel recóndito lugar. Muchas más de lo que le hubiera gustado, de eso estaba seguro. Durante su carrera, lo habían enviado varias veces a encargarse de los asuntos allí abajo. Sin embargo, en las últimas semanas había recorrido más ese camino que en todo su tiempo como cabo.

El guardia se detuvo tan abruptamente que tuvo que esforzarse para no golpear contra su espalda. Sintió un pequeño alivio, habían llegado hasta el final. Acomodó su cuerpo sobre su bastón para quitar el peso de su pierna. Frente a ellos, la tenue flama de la lámpara iluminaba una pequeña puerta de acero reforzado. El guardia llamó a la puerta —tick-tick, tack-tack — con un rítmico golpeteo. Luego de unos segundos un estridente sonido de metal contra metal resonó y se abrió una pequeña rendija. Por un momento, pudo ver un par de ojos cansados y ojerosos que lo observaban desde el otro lado. Entonces, con otro fuerte golpe, la rendija volvió a cerrarse.

Las bisagras chirriaron con gran pesadez.

—Adelante —dijo una voz desconocida en cuanto la puerta se abrió por completo.

Ambos pasaron, sin decir una palabra. Del otro lado, todo se encontraba en completa oscuridad. Había un guardia, de pie junto a la puerta, sosteniendo una lámpara muy similar a la que tenía su acompañante. Sin embargo, más allá del pequeño destello de las lámparas de aceite, solo había una penumbra infinita.

De repente, se oyó un aullido desgarrador. Rebotando contra cada esquina, el sonido parecía provenir de cada punto de la cueva al mismo tiempo.

Ninguno de los tres hombres se inmutó.

—Se encuentra al final —exclamó finalmente uno de los guardias tendiéndole su lámpara. —Aunque debo decir que no puedo asegurar en qué estado se encuentra.

Suspiró. Lo único que le faltaba era haber realizado todo el viaje hasta allí, y que él ni siquiera estuviera consciente.

Tomó la lámpara y, de mala gana, comenzó a andar.

Tenía suerte de conocer el sitio casi de memoria, pues no podía ver nada más allá de sus pies. El suelo y su entorno aparecían casi de la nada cuando la pequeña luz incandescente lograba alcanzarlos. El aullido volvió a aparecer. Lo oyó claramente a través de la oscuridad. Aunque esa vez, parecía más un gemido, doloroso y gorgoteante, como una respiración fallida. Luego sonaron las cadenas, un tintineo de metal oxidado. Eso lo motivó, pues solo podía significar que seguía despierto.

Llegó al final, donde la enorme caverna terminaba en una amplia y sólida pared de granito. Volteó lentamente, contando cada uno de los pasos que faltaban.

Entonces aparecieron los barrotes. Con un golpe seco, su bota dio con ellos antes que sus ojos. La flama, pequeña y serpenteante, alumbró a los primeros tres de la larga fila. Tan gruesos como sus puños y tan corroídos como si llevaran allí desde el comienzo de los tiempos. Cada uno de los barrotes marcaba el inicio del mayor de los aislamientos jamás construidos.

Como si su mera presencia lo hubiese invocado, el tintineo volvió, convirtiéndose en un terrible estruendo; un rápido y grotesco movimiento que hacía vibrar al hierro. En la plena oscuridad, pudo ver su sombra moverse erráticamente, como una polilla exaltada al ver la luz de una farola.

¡Clank! Las cadenas se tensaron, deteniéndolo a tan solo unos centímetros de él.

Alzó la lámpara y la luz iluminó al ser que se ocultaba tras los barrotes. El sujeto, se tapó el rostro inmediatamente. Incluso un brillo tan tenue como ese, era capaz de herir los ojos de quien no ha visto un solo rayo de luz durante meses.

Se acercó un poco más, quería verlo; y más importante, quería que lo viera. Aquel hombre, —si es que acaso se le podía seguir llamando así a la miserable criatura que habitaba tras las rejas— lo había perdido todo. Un hombre que, alguna vez, había gozado de los mayores poderes y privilegios de la nación. En ese momento, apenas podía mantenerse en pie. Frente a él no había más que un cadáver que se negaba a dejarse morir. Con el pecho al descubierto, completamente lleno de arañazos y heridas a medio sanar. Delgado hasta los huesos, con la piel más pálida que una hoja de papel por la falta de luz solar. Tenía el cabello largo, enmarañado y tan sucio como si llevara meses sin bañarse. Su única prenda era un andrajoso pantalón manchado en sangre. Sus muñecas estaban a carne viva alrededor de los grilletes que lo mantenían prisionero. Se veía viejo, mucho más que la última vez que se habían encontrado.




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