La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 6

9 de Octubre de 1931, arco de Gebdar, siete años para la caída de Nisrán…

Ya había alguien esperándolo, incluso antes de que el convoy atravesara la entrada. La vio desde la ventanilla de su vehículo privado: de pie, vistiendo un uniforme militar, con una libreta en la mano y una fila de hombres firmes a su espalda. Esa era una de las mayores e indiscutibles ventajas de ser la persona más importante de todo el país. Desde que se había convertido en el primer regente, ya no había tenido que esperar por nada ni nadie. Eran los demás quienes debían esperarlo a él.

—Buenos días, regente Garbath —lo saludó, con una reverencia, en cuanto puso tan solo un pie sobre la tierra.

—Muy buenos días, ¿coronel…?

—Sanlars —respondió. No pareció ofenderle el hecho de que ni siquiera supiese su nombre. En su defensa, desconocía a la mayoría de los soldados que trabajaban para él. —Coronel Elina Sanlars, estoy a cargo del treceavo campo de entrenamiento militar de Gebdar. Es un gusto conocerlo al fin, señor.

—El gusto es mío, señorita Sanlars —dijo con cortesía, estrechando la mano de la coronel.

La verdad, es que a Meerei Garbath no podía importarle en lo más mínimo quién era la persona frente a él. A pesar de que la estaba mirando a los ojos y asintiendo como si hubiese prestado atención, las pobres palabras de la coronel desaparecieron de su mente tan pronto como entraron.

Desde que había hablado con Shiba, solo una cosa pasaba constantemente por su cabeza. «El asesino de los Shinn.» El recuerdo de aquella noche lo había acompañado durante todo el trayecto. La muerte de Airi, Anna, Noah y hasta el propio Narav Shinn habían sido culpa de ese hombre. Esa vez, apenas había logrado verlo tan solo unos segundos: cuando enterró su cuchillo en el pecho del antiguo regente. Sin embargo, el rostro de ese hombre sería algo que jamás podría olvidar.

—Dígame coronel, ¿podría mostrarme a ese recluta? —dijo distraído, observando de reojo a la fila de soldados detrás de ella. Ninguno era su sujeto. —No lo veo por aquí.

—Oh, ¿habla de él? —la mujer lo miró de una forma extraña, como si dudara de sus intenciones. —Justo en este momento se encuentra entrenando junto con su pelotón. Pensaba que podríamos charlar un poco antes de…

—Podemos charlar mientras nos dirigimos a su pelotón —la interrumpió. La idea no pareció agradarle a la coronel, pero él no estaba dispuesto a seguir prolongando la espera. Si ese sujeto era quien verdaderamente decían, entonces debía verlo cuanto antes. —Espero me disculpe, pero necesito dirigirme a Garis lo más pronto posible. Mientras antes terminemos con esto mejor.

La mujer titubeó unos instantes. Aparentaba querer cuestionarlo, pero al final no se animó a contradecirlo.

—Como usted diga. —la sonrisa perfecta que había mantenido desde su llegada, desapareció en un instante. —Acompáñeme, por favor.

La coronel hizo un ademán, y ambos comenzaron a caminar por la inmensa llanura del campo de entrenamiento.

Durante el transcurso de la pequeña caminata, Garbath se vio obligado a escuchar todas las noticias de los nuevos reclutamientos. Al parecer, desde su llegada al poder las inscripciones al ejército habían aumentado más que nunca. Muchos jóvenes se habían enlistado tras oír su discurso en el día de la ascensión. Según la coronel, ese año habían triplicado la cuota de nuevos reclutas en casi cada uno de los campos de entrenamiento de Gebdar. Muchos de los nuevos hombres se habían visto obligados a dormir en el suelo, ya que no había literas suficientes para todos los novatos. Incluso tuvieron que reprobar a varios postulantes en el ingreso al ejército ya que no tenían lugar suficiente para tantos.

Garbath contestó a todas y cada una de las acotaciones de la señorita de manera cortés, aunque tajante. Shiba lo había mantenido completamente al tanto de los asuntos del ejército y los reclutamientos. Era cierto que el número de postulantes había crecido desde su ascensión, pero la coronel exageraba. Resultaba evidente de que quería convencerlo para que agregaran presupuesto a su cuartel. Tristemente, no lo conseguiría. El gobierno de Nisrán ya no tenía dinero para seguir repartiendo. Y el bienestar de los nuevos reclutas y los hombres del ejército no era, ni por lejos, su mayor problema.

Además, su atención estaba completamente perdida. Por más que la coronel Sanlars hablara sin parar junto a su oído, él apenas la notaba. Encontrarse con el asesino lo tenía preocupado, y no podía pensar en otra cosa. Pues, a pesar de que el gobierno llevaba buscándolo desde hacía meses, no habían encontrado ni una sola pista de su paradero, o de su mera existencia. Era como si la misma tierra se lo hubiera tragado luego de la noche de la masacre. Habían registrado por todos los rincones de Nisrán, pero nadie había visto u oído sobre el tipo del rostro marcado. Sin embargo, días atrás había aparecido en uno de los campos del ejército como salido de la nada.

—Creo que está por allí.

Esas palabras lo sacaron de su ensimismamiento. Miró rápidamente a su alrededor. Se encontraban en medio de una llanura, a unos cuántos kilómetros de dónde habían comenzado a caminar. A su alrededor, no había más que césped seco y sobrecrecido, algunos árboles a medio florecer y un camino de tierra yerma. Un poco más lejos, pudo entrever una multitud de jóvenes reclutas reunidos.




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