La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 7

Tamborileó los dedos sobre la mesilla de plástico. Sentía sus mejillas como si fuesen de piedra, mantener el control de su rostro resultaba más difícil que de costumbre. Estaba solo, sentado en un sofá en medio del despacho de la coronel Sanlars. Tenía una taza de té caliente, que no se había atrevido a tocar, junto a su mano. No había nada que lo amenazara en aquel lugar. Aun así, no podía evitar sentirse nervioso.

Podía sentir su sangre palpitar en sus muñecas y su sudor deslizarse por sus cienes. Su visión se nublaba cada vez que movía los ojos. Debía respirar de forma consiente, pues se había olvidado cómo dejar que su cuerpo se encargará por él.

—Vamos Meerei, —susurró para sí mismo —no puedes dejar que el miedo te controle.

Su mente se había quedado estancada en los recuerdos de la batalla. No podía olvidar esa sensación de terror. Habían pasado varias horas desde que había visto a Zarthas y aún no dejaba de temblar.

«El dios de la tortura y el castigo…»

Quitó la Venator de su funda. Tener el dedo sobre el gatillo lo hacía sentirse más seguro. Observando por la mirilla, apuntó hacia el asiento que había justo frente a él. Si no le agradaban las respuestas de ese hombre planeaba volarle los sesos allí mismo.

Escuchó los pasos del otro lado de la puerta. Inspiró profundamente, tratando de calmar su corazón.

«Tranquilo. No debes dudar.»

El picaporte chirreó y la puerta se abrió rápidamente. El hombre, al que había estado esperando, entró sin más. Llevaba puesto un uniforme de entrenamiento, aunque ese no se encontraba en tan mal estado como el que traía consigo en la mañana. Se trataban de unos simples pantalones verdes, una camiseta blanca sin mangas y un par de botas de montaña.

Garbath tragó saliva nervioso cuando Zarthas posó su mirada sobre él. El hombre pareció analizarlo de pies a cabeza, mientras expedía el mismo aura intimidante que la última vez. Lo vio como un depredador observa su almuerzo. El ojo blanco de Zarthas desprendía un reflejo asesino. Garbath apretó con fuerza su pierna mala, clavando las uñas sobre su antigua herida; eso le provocaba un dolor intenso, pero al menos evitaba que comenzara a temblar.

—Señor Garbath —anunció la coronel Sanlars, quien atravesó apresurada la puerta detrás del hombre —Le presento a…

—¿Usted es el primer regente? —intervino Zarthas, sin ningún reparo. Su voz era grave, pero un tanto juvenil.

—S-sí —respondió sin siquiera pensarlo, asintiendo múltiples veces con su cabeza. El nerviosismo le estaba ganando, tan solo unas pocas palabras lo habían hecho perder el control.

El tiempo se congeló por un instante. Durante lo que a Garbath le pareció una eternidad, Zarthas se quedó allí simplemente de pie, como si no terminara de creer lo que le había dicho. Ni él, ni la coronel se atrevieron a pronunciar palabra. La Venator se agitó en su mano, ya no creía ser capaz de usarla si fuera necesario. Estaba claro que dentro de ese despacho Zarthas dirigía la situación.

—Está bien —dijo el hombre finalmente.

Entonces fue como si el mundo volviera a girar. El rostro de Zarthas se apaciguó y su mirada se volvió más humana. La tensión del aire desapareció. Garbath dejó de temblar y la presión de su pecho se esfumó.

«¿Qué diablos?» Se preguntó. Unos instantes atrás cada célula de su cuerpo le gritaba que huyera. Sin embargo, en ese momento ya no sentía ninguna clase de temor.

Zarthas pasó caminando, tomó algunas galletas de la mesilla y se sentó en el pequeño sofá frente a él. Garbath solo pudo admirar atónito cómo ese monstruo se había convertido, en tan solo un instante, en un simple muchacho. No lo había notado hasta entonces, sus sentidos no lo habían dejado verlo con claridad. Zarthas era un joven al igual que la mayoría de los otros reclutas, delgado, aunque nervudo. Incluso hasta hubiera resultado apuesto de no ser por su horrible cicatriz.

—Señor —repitió Sanlars. —Creo que deberíamos dejar esto.

Garbath alzó la mano, y con una sola seña hizo callar a la coronel. Tenía delante a un espécimen particular, de eso no cabía duda. Y si había alguien que pudiera echar un poco de luz sobre los Shinn, probablemente también fuera él. No pensaba desperdiciar la oportunidad.

Sanlars se sentó silenciosamente a su lado, tomando con disimulo una de las tazas de té. Garbath se fijó en el muchacho, quien comía las galletas con completa tranquilidad.

—Bonita arma —dijo señalando su mano diestra. Garbath lo había olvidado por completo, seguía apuntando en la misma dirección, al pecho de Zarthas. Aun así, este no parecía asustado por ello. —¿Es una de esas?

—¿Las conoces? —preguntó intrigado, al tiempo que alejaba la mira de su dirección y volvía a colocar el seguro.

—Conozco el aethyr —masculló con la boca llena. —Y solo existen dos revólver fabricados con ese material. ¿Cuál de las dos es? ¿Umbra o Aurora?

Umbra —respondió, reparando en lo que había dicho. —¿Has estado en las minas?

El muchacho asintió.

—Nací y crecí en Nirek. Trabajé algunos años en las minas antes de que Narav las vendiera y nos echara a la calle —volvió a centrarse en el arma. —Conozco el aethyr desde que nací, y por eso sé que no deberías llevar eso contigo.




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