10 de Octubre de 1931, zona minera de Nirek, siete años para la caída de Nisrán…
“… sé que continúas esforzándote por los dos. Pero no puedo evitar entristecerme cada vez que recuerdo que no estás a mi lado.
He puesto un calendario, justo a un lado de la cómoda. En él tacho los días que faltan para que termines tu servicio; los días que faltan para que nos volvamos a encontrar.
Escríbeme pronto, llevo mucho tiempo sin recibir noticias tuyas. ¿Cómo va todo por allí? ¿Ya has comenzado a recorrer las minas? ¿Cómo te ha ido?
Aunque, siendo honesta… no me sorprende que tus cartas lleguen tarde. ¿Por qué será?
Te extraño.
Con amor, Meli”
Bernd suspiró, le habían entregado la carta esa misma mañana, y ya la había leído y releído unas nueve veces cuanto menos. Cada vez que lo hacía, le dolía aún más. Tenía un nudo en la garganta, y unas profundas ganas de echarse a llorar.
No le había escrito a Melia, su prometida, desde su llegada a Nirek. No había tenido el valor suficiente para decirle que había fracasado, que no había logrado entrar a la división de buscadores. Había intentado hacerlo en múltiples ocasiones, pero cada vez que tomaba la pluma las palabras se le atascaban en la mente. Era incapaz de decirle que tardaría más en volver de lo que había prometido.
Apretó la carta entre sus dedos.
«Soy un inútil.» Se dijo. «No la merezco.»
—¡¿Bernd?! —la voz de Til lo sacó de sus pensamientos. Vio al joven acercarse a su mesa caminando junto a Kemilar. —¡¿Acaso me volví loco?! ¡¿Qué haces despierto tan temprano?!
—Ja, ja. —rio sarcástico, ocultándose bajo una mueca, mientras guardaba la carta en uno de sus bolsillos
La verdad era que no había podido dormir en toda la noche. Llevaba días sin poder pegar un ojo. Y cuando lo lograba, su mente lo arrastraba inevitablemente hacia los recuerdos. Volvía a encontrarse allí, rodeado de un inmenso mar de arena dorada. Entonces sentía dolor, las mismas punzadas frías que le habían quitado las fuerzas en ese lugar, y solo allí despertaba.
Til y Kem se sentaron en su mesa y comenzaron a servirse rápidamente el desayuno. Bern tomó un sorbo de su café, disfrutando del sabor. Lo bueno de no poder dormir durante toda la noche, era que había podido entrar a la cafetería incluso antes de que abriera. Se había preparado su propia jarra de café y apartado algunas tostadas con mermelada. Por primera vez desde su llegada, estaba disfrutando del desayuno.
—Oigan, ¿oyeron la noticia? —preguntó Til, masticando con la boca abierta. —Parece que ha llegado un embajador del emperador.
—¡No seas ridículo! —replicó Kemilar. —¿Por qué vendría aquí un embajador?
Bern los observó incrédulo. Apenas había oído hablar del emperador de Takari. Lo único que se sabía de él era que había llegado al poder hacía algunos años. Nadie nunca supo realmente de dónde salió. Por lo que contaban los rumores, simplemente apareció un día y los gobernadores de cada distrito de Takari lo aceptaron como el nuevo dirigente; como si el país le hubiera pertenecido a ese hombre desde siempre, solo que no lo había reclamado hasta entonces.
—No lo sé —dijo Til encogiéndose de hombros. —Tal vez vino por los rumores de cierto recluta que afirma haber hallado un camino hasta el otro lado de la Muralla del Fin.
—¿Disculpa? —masculló, percatándose de la mirada acusatoria de su amigo. —¿Hay algo que quieras decirme?
—¡Vamos, Bernd! ¡Todo el mundo ha hablado de eso durante toda la semana y tú no nos has dicho ni una sola palabra!
—Yo sí escuché la historia —contradijo Kem.
—Bueno. ¡A mí no me has dicho nada!
Bernd se quedó en silencio un momento. No quería volver a pensar en ello, ya tenía suficiente con verlo cada vez que cerraba los ojos.
«“Este no es un buen lugar para los vivos…”» La frase resonó tan claramente como si acabaran de pronunciarla junto a su oído. Lo único que recordaba luego de eso, era despertar nuevamente dentro de la mina. Al despertar vio a Kemilar, quien lo arrastraba hacia el exterior con la ayuda de algunos de los trabajadores. Tardó horas en recuperar completamente el sentido. Su cuerpo siguió temblando de dolor incluso días más tarde.
Se vio obligado a contar lo sucedido a sus superiores. Pero nadie pareció muy convencido de su historia, ni siquiera el propio Kem. Para el grandullón, Bernd simplemente se había desmayado tras atravesar la última arcada de la mina. La única razón por la que no lo habían expulsado del ejército tras desvanecerse en medio del trabajo, eran los restos de polvo de aethyr sobre su ropa. Nadie creía su historia, pero tampoco nadie había podido explicar la arena dorada atrapada en su uniforme.
—No quiero hablar de eso —murmuró.
—¡Por favor! —suplicó su compañero. —Sí sabes lo que nos obligan a hacer a los buscadores, ¿verdad?
Bernd lo miró con incredulidad. Realmente Til nunca le había contado sobre su trabajo en la división de buscadores. El resto de reclutas también se mostraban reacios a contarlo.
#2667 en Thriller
#986 en Suspenso
thriller accion, accion drama suspenso y misterio, fantasía drama
Editado: 11.05.2026