10 de Octubre de 1931, zona rural de Gebdar, 10:12 am.
Resultaba extraño, conocía aquel lugar como la palma de su mano y, al mismo tiempo, lo sentía tan completamente ajeno a él. Era como si esa parte de su vida ya no fuera suya. Como si todos esos recuerdos del pasado le pertenecieran a alguien más, a alguien distinto, a un hombre que ya no existía.
«¿Habrá sido un error venir aquí?»
Garbath se sentó al borde de la cama, en la que alguna vez había acostumbrado a dormir. La enorme habitación donde había pasado tanto tiempo de niño ahora parecía mucho más pequeña que en aquel entonces. Observó el inmenso campo que se abría tras el ventanal. Montones de imágenes volvieron a su mente. Se vio a sí mismo yendo a jugar al prado con sus amigos, acompañando a su padre a arrear a los terneros, caminando junto a su madre rumbo al instituto. Sin embargo, ya casi no reconocía al muchacho de sus recuerdos.
—Supongo que las cosas han cambiado —murmuró, percatándose cuán diferente era su vida ahora.
Su pierna mala crujió al ponerse de pie, Garbath apretó la mandíbula, pero no rechistó a causa del dolor. Llevaba años sufriendo del mismo malestar, tanto que ya hasta se había cansado de refunfuñar por aquello. Tomó el uniforme, el cual había dejado perfectamente doblado junto a la cama la noche anterior, y comenzó a vestirse.
«“Deberías ir, llevas demasiado tiempo sin pasar por allí.”» Las palabras de Shiba resonaron en su mente. Se suponía que para ese momento él ya debería encontrarse nuevamente en la capital. Tenía mucho trabajo por hacer allí, incluso debía presenciar el juicio de Miusler que se llevaría a cabo esa misma mañana. Sin embargo, la segunda regente lo había convencido para que se detuviera una noche en su antiguo hogar.
—Mi casa —susurró observando los alrededores con melancolía.
Llevaba años sin vivir allí. Luego de graduarse se había enlistado directamente en el ejército, tal como su padre lo había querido. Durante ese tiempo había viajado mucho, apoyando en cada combate a las fuerzas de su país. Cuando la herida de la pierna lo dejó incapaz de seguir en acción, volvió a su hogar durante un tiempo. Pero ese tiempo también fue breve, pues poco después iniciaría su camino en la política junto a Narav Shinn.
—¿Señor, ya se encuentra despierto? —alguien lo llamó desde el otro lado de la puerta, arrancándolo de sus pensamientos. —Los oficiales ya están esperándolo para partir.
Garbath parpadeó y volvió a la realidad. Reconoció la voz de Glenn, el mayordomo preferido de su madre. Su repentina aparición lo hizo dudar, miró nuevamente el cielo a través de la ventana. El sol se veía ya muy alto entre las nubes. «¿Qué hora es?» Tomó su reloj de muñeca de la mesilla de noche.
—¡Maldición! —dijo al ver las agujas. Había dormido más de lo que había creído.
—¿Señor? —repitió Glenn tras la puerta.
—Sí, ya salgo —respondió con mal humor. Era mucho más tarde de lo que esperaba, si no se daba prisa no llegarían a Garis antes del atardecer. —Diles a mis hombres que enciendan los vehículos, saldré de inmediato.
—Como diga —los pasos del mayordomo resonaron por el pasillo.
Garbath tomó su saco y se colocó su gorra militar. Salió apresurado de la habitación, arreglándose el uniforme mientras caminaba. Tuvo que recordar velozmente cuál era el camino a la sala, pues en aquella finca los pasillos y las habitaciones se entremezclaban tanto que una vuelta equivocada podía dejarlo perdido incluso a él.
Encontró el comedor, pero no había nadie allí. Hubiera esperado encontrarla desayunando, sin embargo, la enorme mesa de roble estaba vacía y las cortinas cerradas. ¿Acaso no se habría despertado? Era improbable, ella siempre se levantaba con el primer rayo de sol.
Siguió derecho a la salida, atravesó la puerta principal y llegó al gigantesco pórtico que marcaba el principio y el final de la casa.
—Buenos días —dijo una dulce voz a su lado.
Garbath giró sobre sí y la vio. Sentada sobre uno de los sillones de exterior había una anciana, con el cabello blanco y largo, se la veía pequeñita y delgada, aunque sus ojos reflejaban una intensa vitalidad. Disfrutaba una taza de café caliente junto a unas galletas con miel y mantequilla que reposaban en una mesa de vidrio frente a ella. La señora sonrió y él le devolvió el gesto.
—Buenos días, madre.
Erina Garbath, tomó otra taza vacía y sirvió otro poco más de café. Él se sentó en unos de los sillones vacíos junto a ella, dispuesto a aprovechar los últimos minutos que le quedaban.
—¿Has dormido bien?
—Por su puesto —mintió.
Bebió un largo sorbo de café. Un sabor nostálgico inundó su paladar. El café no era bueno, de hecho, era bastante malo en comparación a los que solía tomar con frecuencia, pero ese gusto amargo y casi picante lo transportó inmediatamente al pasado. Sabía a tardes viejas, a risas compartidas en un lugar al cual solía pertenecer. Fue un asalto repentino de añoranza; se le escapó un suspiro que era mitad felicidad y mitad lamento por saber que llevaba demasiado tiempo lejos de allí.
Observó el inmenso pastizal que se abría frente a él. A lo lejos podía reconocer los sembradíos en los que solía trabajar junto a su padre. Y más allá de eso, sabía que se encontraba el pequeño arrollo en el cual jugaba junto a sus amigos todos los veranos. Por un momento, se preguntó qué lo había hecho marcharse en primer lugar. Y por qué casi nunca regresaba.
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Editado: 04.06.2026