10 de Octubre de 1931, zona minera de Nirek, 9:31 pm.
«“¡PROMETISTE QUE NO ME ABANDONARIAS!”»
—¿Kem? —susurró a la oscuridad—. ¿Sigues despierto?
Las luces del dormitorio de los reclutas del ejército de Takari llevaban ya más de una hora apagadas. El silencio y la quietud del lugar eran únicamente interrumpidos por los ocasionales ronquidos de sus compañeros. A pesar de todo ello, Bernd seguía sin poder conciliar el sueño. Tenía los ojos abiertos de par en par, observando sin pestañear la negrura del techo.
—Apenas —la voz de Kemilar se oyó desde debajo de la litera.
Bernd jugueteó nerviosamente con sus pulgares, entre ellos deslizaba de un lado para el otro la carta de Mel. No importaba cuanto intentara relajarse, no podía evitar escuchar a cada segundo los gritos de las minas. «“¡BERND! ¡VUELVE, POR FAVOR!”»
—¿Q-qué piensas de lo que dijo Demir?
—¿Otra vez con eso? —Kemilar suspiró, durante todo el trayecto de vuelta a la base Bernd no había dejado de preguntar lo mismo una y otra vez—. Ya te lo dije, olvídate de todo lo que dijo ese anciano. Está completamente loco.
—Pero… tú también lo oíste. —«“¡POR FAVOR, NO ME DEJES SOLA AQUÍ!”»
—Eso… —dudó—. No lo sé. El anciano dijo que era mejor no pensar en ello. Mejor solo olvídalo.
«¿Olvidarlo?» Apretó la carta entre sus manos, marcando las yemas sobre el papel. Todo su cuerpo tembló, jamás podría olvidar los gritos. Esos aullidos de dolor eran de ella. Estaba completamente seguro, era Meli quien lo había llamado.
Cuando los oyeron, en medio de las cuevas, Bernd intentó adentrarse en los túneles para ver qué pasaba. Pero justo antes de traspasar la última arcada, Demir lo detuvo:
—Niño —había dicho—. No sé qué mierda está pasando entre tú y este lugar, pero créeme: nada bueno puede ocurrir si traspasas ese umbral.
—Pero ella me está llamando —se negó a darse por vencido.
—¡No seas idiota! —gritó—. Tuviste suerte de volver la última vez. Todos los que cruzan el último arco nunca regresan.
Durante un tiempo, batalló con el anciano para poder seguir adelante. No le importaba el riesgo ni las consecuencias, de hecho, ni siquiera pensó en ellas. Simplemente había oído la voz de su amada y quería correr en su búsqueda. Al final, Kemilar y Demir tuvieron que sacarlo a rastras de la mina y obligarlo a volver.
—¿En eso sí le crees? —le dijo sarcástico a su amigo.
Kemilar bufó.
—No te pases de listo. —Desde debajo de la litera Kemilar pateó suavemente el colchón sobre él. Bernd sintió el pie clavarse en su espalda y chilló, solo entonces se detuvo—. De todas formas, será mejor que te duermas. Mañana te espera un viaje muy agitado.
—Ah… es cierto —masculló.
No había tenido tiempo de procesarlo. Con todas las cosas que daban vuelta dentro de su mente, las órdenes del coronel Reeckam habían pasado completamente desapercibidas. «Pero, mañana tendré que irme.» Aun no decidía si eso lo animaba o lo deprimía. Acompañar al embajador del emperador significaba que debería dejar Nirek, abandonar a Kem y a Til y verse obligado a conocer a nuevas personas —cosa que nunca le había agradado demasiado—. Pero también podía implicar un ascenso para él. Si cumplía con su deber, cabía la posibilidad de que al volver de aquella expedición lo reconocieran y lo convirtieran en un buscador junto a Til.
«Pero… ¿Realmente quiero ser un buscador?» La conversación con Demir lo había cambiado todo. Si seguir trabajando en las minas significaba que perdería cada vez más y más años de vida: ¿seguía siendo rentable trabajar en el ejército?
—Kem, —volvió a preguntar luego de unos minutos— ¿tú que harás?
La litera tembló, y unos gemidos adormilados se oyeron debajo suyo.
—¿Q-qué haré con qué? —balbuceó su amigo entre bostezos.
Bernd se deslizó lentamente hacia el borde de la cama, arrastrando el cuerpo con cuidado de no hacer crujir los resortes. Se asomó boca abajo, con la cabeza suspendida en el aire, observando en silencio a su compañero en la litera inferior. El dormitorio estaba completamente oscuro, pero pudo distinguir la silueta de Kemilar abrazando a su propia almohada.
—Con todo —susurró, intentando que el resto de los reclutas no lo oyera—. Ya oíste lo que dijo Demir, trabajar en las minas significa perder nuestros años de vida.
Bernd apretó su mano, aún podía sentir el frío dolor del aethyr robándole el alma.
—Tú también lo tocaste. No me dirás que crees que eso también fue una mentira, ¿verdad?
—No —la voz de Kemilar tembló. Bernd lo vio moverse, apretando su almohada con mucha más fuerza—. No creo que eso haya sido un invento. Está claro que trabajar en las minas significa perder mucho más de lo que creíamos.
Kemilar calló y, por un minuto, solamente los ronquidos ajenos rellenaron el silencio.
—¿Y qué es lo que harás? —inquirió al ver que su amigo no respondía.
—Nada, supongo…
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Editado: 04.06.2026