La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 11

11 de Octubre de 1931, zona minera de Nirek, 5:56 am.

—¡Por todas las Desgracias! —maldijo hacia la nada—. ¡¿Por qué esta porquería es tan pesada?!

¡Ploof! La cuerda golpeó en seco contra el suelo, levantando una pequeña nube de polvo. Bernd jadeó, sus manos estaban rígidas y sus brazos se habían entumecido hasta el cansancio. Había encontrado la cuerda en uno de los vagones de la sala central de la mina, era una de las que utilizaban los buscadores para sus rondas dentro de los túneles. No era una soga demasiado gruesa, pero sí lo suficientemente larga como para que el carrete pesara tanto o más que una persona.

—Esto me pasa por ser tan débil —se lamentó—. Si hubiese entrenado más... Bah, ¿a quién intento engañar? El general Reeckam ya exprimió de mí hasta la última gota de sudor que mi cuerpo podía dar.

En la soledad de la cueva, Bernd dejó escapar una risa nerviosa. Llevaba hablando en voz alta desde la entrada de la mina. Cualquier tontería le sonaba mejor que el silencio sepulcral que reinaba en las profundidades.

Había avanzado por el mismo túnel en el que se habían metido con Demir en la mañana. Si lo que el anciano había dicho y los túneles verdaderamente cambiaban, nada le aseguraba que podría encontrar a Melia nuevamente allí. Sin embargo, no tenía otras ideas, así que simplemente siguió el mismo camino.

Se encontraba de pie frente a la última de las arcadas de madera de esa sección. El aethyr de las paredes iluminaba todo el lugar. Observó el camino frente a él, más allá de los postes de roble nada parecía cambiar. El túnel continuaba con su pasillo perfectamente tallado, adentrándose más y más en la montaña.

—No te dejes engañar —se dijo—. La última vez también parecía normal.

Tomó uno de los extremos de la cuerda y lo ató alrededor de uno de los agujeros de la arcada de madera. Luego, con el corazón palpitándole cada vez más rápido en su pecho, buscó el otro extremo y lo ató firmemente a su cintura.

—Bien, —miró su nuevo cinturón— creo que con esto será suficiente. Espero…

«Según el anciano, esta cosa debería permitirme avanzar sin perderme. Será como las migajas de Hanssel y Gretel.» Pensó, recordando el cuento que le habían contado en la escuela tantos años atrás.

—Pero, ¿Hanssel y Gretel no se perdieron igualmente?

Tragó saliva, recordando que en la historia los pájaros se habían comido las migajas y los niños no habían podido encontrar el camino a casa. «¡Maldición! ¿Por qué los cuentos para niños deben ser tan aterradores?» El temblor de sus piernas se había vuelto audible, todo su cuerpo parecía encogerse ante la aterradora idea de cruzar más allá de la arcada.

—Vamos Bernd, no puedes dejar que esto te asuste. —Frotó sus manos, en un infructuoso intento por calmarse —. Tiliam hace esto todos los días. Desde que el ejército llegó a Nirek no ha habido ninguna baja en las minas… O al menos eso dicen.

Respiró profundo, con la vista clavada en el túnel frente a él. A simple vista no había nada extraño en su camino, simplemente un largo y sinuoso pasillo de piedra. Pero había algo que le decía que se alejara, como una premonición. Sentía como si cada una de sus células intentara alejarse de aquel lugar.

Por un momento estuvo a punto de darse la vuelta y abandonar su estúpido intento de búsqueda. «No, si me voy ahora no podré volver.» Lo sabía perfectamente, en cuanto regresara al cuartel tendría que partir hacia Nisrán como escolta del embajador.

—Así que si no hago esto ahora —se resignó, ajustando la cuerda sobre su cuerpo—. Nunca podré saber qué carajos pasa con este lugar.

Con un gruñido, levantó el pesado carretel, colocándolo sobre su hombro. «Bien. Ya no hay vuelta atrás.» Levantó la cabeza, inflando su pecho para darse aires de seguridad. Fijó e su mente la imagen de Melia, no planeaba darse por vencido.

—Allí voy Mel, solo espérame un poco más —dijo, traspasando la última arcada.

~

—¿Honestamente? Esto es más aburrido de lo que pensaba —exclamó hacia la nada.

Su voz reverberó en el vacío de la caverna. Llevaba varios minutos caminando, y no había visto nada inusual dentro de la mina. Las paredes seguían siendo completamente lisas y escuadradas, con el camino totalmente iluminado bajo el brillo del mineral.

—Quizá Kem tenía razón. —Estiró el cuello, intentando aflojar su hombro que sufría bajo el peso de la cuerda—. Tal vez Demir nos estaba vacilando.

Con cada paso daba una vuelta al carretel, dejando caer un extenso tramo de soga. Tan solo le quedaba la mitad de la cuerda. Si seguía caminando a ese ritmo, muy pronto se vería obligado a volver.

—Un, dos. Un, dos —repetía constantemente cada vez que movía los pies, para evitar que la cueva quedase en silencio.

Ya no temblaba, la caminata había terminado por tranquilizarlo. Al final, nada extraño había sucedido. La luz del aethyr no había titilado, ni había escuchado los gritos de Melia nuevamente. Había gritado el nombre de su amada una y otra vez, pero nunca había contestado. Varias veces sopesó la posibilidad de que todo hubiera sido parte de su imaginación, después de todo la probabilidad de escuchar la voz de Melia dentro de las minas era nula. Ella se encontraba en Dennas junto a su familia, a cientos de kilómetros de distancia. Sin embargo, Kemilar y Demir también la habían oído.




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