La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 12

—¡¿Eh?! —su voz se dispersó en la oscuridad, perdiéndose en lo más hondo de las penumbras—. ¿Q-qué…? ¿Q-qué c-carajos?

Parpadeó repetidamente, pero no podía ver nada. El aethyr había dejado de iluminar la cueva. De hecho, la mina entera parecía haber desaparecido frente a sus ojos. Con el sudor corriendo por sus sienes y el corazón a punto de salírsele por la garganta, alzó su mano frente a su rostro. La agitó de un lado al otro, percatándose con horror que era incapaz de distinguirla del entorno.

—M-mierda —tartamudeó, con la mandíbula traqueteando de puro pavor.

Podía sentir el suelo bajo sus botas, al igual que la ropa que llevaba puesta. Pero, por fuera de eso, sentía como si hubiese sido teletransportado al medio de la nada, a un vacío completamente infinito. Giró su cabeza hacia un lado y el otro, pero no quedaba rastro de los pasillos.

—¿M-mel? —murmuró.

Su voz se apagó a los pocos metros, como si el aire siniestro del lugar se lo hubiese tragado. Repitió el nombre de su amada una y otra vez, elevando su voz en cada intento. Pero nadie respondió. La penumbra se tragó sus llamados, como si ni siquiera el sonido pudiese escapar de sus fauces.

—Por las manos de Garlam —su voz se convirtió en un hilo, como si hasta sus palabras temieran abandonar su boca—. T-tengo que salir de aquí.

«Esto está mal. ¡Todo está mal!» Su conciencia ya no era capaz de comprender lo que estaba sucediendo, nada allí tenía sentido. Se encontraba en trance, un punto en el cual el miedo lo había vencido por completo, dejándolo incluso incapaz de pensar.

—¡Debo salir de aquí! —el grito salió de su interior, casi desgarrando su garganta.

Su cuerpo se movió por cuenta propia. Sin pensarlo, se lanzó a correr hacia la nada, dejando que sus piernas y su instinto marcaran el rumbo. Cerró los ojos, mantenerlos abiertos no hacía ninguna diferencia. Las lágrimas salieron volando junto al aire que golpeaba su rostro. Sus botas golpeaban firmemente el suelo, aunque él ni siquiera se percataba de ello.

«¡¿Qué carajos?! ¡¿Qué carajos?!» Decía una y otra vez dentro de su cabeza. Cada cierta cantidad de pasos abría los ojos y volvía a cerrarlos, esperando que en algún momento todo volviera a la normalidad. Quizá en algún parpadeo volviera a aparecer en las minas, rodeado de las luces de aethyr. Tal vez Kemilar volviera a encontrarlo, le diría que se había desmayado, que nada de eso había sido real. Pero cada vez que abría los ojos solo veía oscuridad.

Estaba corriendo en medio de la nada, sin poder distinguir entre la izquierda y la derecha, entre atrás y adelante. Para Bernd, se sentía como si el espacio hubiera dejado de existir. Solo estaba él y una profunda y aterradora nada.

Aceleró, colocando más fuerza en sus piernas en cada paso, aumentando las zancadas, subiendo el ritmo. Había superado su límite mucho antes de entrar en la cueva. Sin embargo, eso ya no importaba. La fatiga en sus músculos se sentía distante, como si le perteneciera a otra persona. Su corazón golpeaba sus costillas, como si lo hubieran aprisionado allí adentro. Por sus venas ya casi no corría sangre, la adrenalina había tomado su lugar, empujándolo hacia adelante, impidiendo que se detenga.

«Más rápido. Tengo que salir. ¡Tengo que salir!»

Un sonido seco llegó mucho antes que el dolor. Algo lo detuvo en el acto, terminando con su carrera suicida. Trastabilló hacia atrás, y estuvo a punto de caer.

Luego sintió el calor de la sangre, escurriéndose por su sien.

—Ahg —fue lo único que consiguió escupir.

«Mierda.» Llevó las manos a su cabeza, el fluido denso y pegajoso de su propia sangre impregnó sus palmas. Se quedó inmóvil, tratando de recuperar el sentido. Su cabeza todavía vibraba, y el dolor en su sien punzaba como si algo quisiera abrirse paso por su cráneo hasta llegar a su cerebro. Palpó de arriba abajo su rostro, pero mientras más ascendía, más fuerte se volvía el dolor.

Respiraba con pesadez, intentando recuperar el aliento. Se mantenía en cuclillas para no perder el equilibrio. A su alrededor, a pesar de no poder ver absolutamente nada, sentía como si todo estuviera girando. Había golpeado de lleno contra algo, pero ni siquiera allí podía vislumbrar qué.

—Q-qué rayos… ha sido eso —consiguió decir entre jadeos.

Con los dedos temblando en la penumbra y la sangre resbalándole por la mejilla, Bernd estiró el brazo hacia el frente, esperando tocar tan solo el vacío que lo rodeaba. Pero en su lugar, las yemas de sus dedos chocaron contra algo sólido. Deslizó la mano con torpeza, arrastrando las palmas por una superficie rugosa, fría e implacable.

—Galia santa —exclamó en un susurro—. Es un muro… un muro de piedra.

Una bocanada de aire limpio pareció llenar sus pulmones y la sensación de desamparo flaqueó levemente. Aquella masa de granito, aunque tosca e invisible, le devolvía los límites al mundo. No estaba varado en medio de la nada; seguía atrapado, sí, pero en un lugar real que sus manos podían medir. Saber que tenía un muro ante él significaba que había un suelo, un techo y, tarde o temprano, una dirección que seguir.

«¿Será la cueva?» Dudó por un momento. La pared de roca se sentía completamente distinta a la de las minas. Era completamente rugosa, llena de huecos y superficies punzantes; y, por su puesto, sin un solo grano de aethyr que alumbrara la inmensidad. Se preguntó si aquel muro significaba que no había abandonado las minas, sino tan solo había llegado a lo más profundo de los túneles. «Debo estar atrapado en medio de la montaña.» Una parte de él se aferró a esa esperanza, a la lógica inverosímil que creía que simplemente había perdido el rumbo. Pero en su pecho vibraba otra corazonada, un simple pálpito que le susurraba que las minas habían desaparecido en cuanto soltó la cuerda.




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