La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 13

13 de Octubre de 1931, Capital de Garis, 10:26 am.

Inquieto, tamborileaba los dedos sobre el escritorio. Ya todo estaba listo, pero por alguna razón no se sentía completamente seguro. Tenía la extraña sensación de que algo iba mal, incluso desde antes de que todo comenzara. El dolor de su rodilla se mantenía constante a pesar de que se encontraba sentado, un mal presagio.

«Esta maldita sensación.»

Una parte de él apelaba a que simplemente estaba exagerando. Tan solo sería una simple conversación, una discusión meramente diplomática. Trató de vislumbrar las posibles consecuencias negativas de aquello. Siempre y cuando se mantuviera al margen, nada malo debía ocurrir.

Sin embargo, tenía un presentimiento. Una idea a la cual no dejaba de darle vueltas. Si sus interlocutores no estaban dispuestos a cooperar, ¿qué se suponía que debía hacer? El país entero dependía de aquella negociación. Si acaso no lograba sacar nada de ella, no tenía idea de cuál sería su siguiente paso.

Garbath resopló. No podía permitir que la duda se entreviera en su rostro. Pasara lo que pasara, no podía demostrar debilidad.

Se reclinó sobre su asiento, revisando el interior de su despacho con la mirada. Todo estaba en su lugar, listo para recibir a sus invitados. Dentro de su oficina personal, en el interior de la casa de Gobierno de Nisrán, se respiraba una inevitable inquietud. Garbath se encontraba sentado frente al enorme ventanal que iluminaba toda la habitación. Sobre el escritorio, a tan solo un leve movimiento de su mano, descansaba la Venator, con el cañón apuntando hacia el frente, justo dónde sus invitados deberían sentarse. Junto a ella, había una botella del mejor wiski que había tomado prestado de la bodega privada de Narav.

De pie, junto a las paredes laterales, había una fila de soldados a cada lado. Había seleccionado con mucho cuidado a cada uno de los hombres presentes en esa sala. No quería arriesgarse a que se filtrara información de esa reunión, sin embargo, necesitaba que su escolta estuviera presente. Eran ocho en total, todos ellos estaban armados. No esperaba un enfrentamiento, pero los quería allí para dejar un claro mensaje: «Estamos listos.»

«¿Y tú, niño? ¿Lograrás comportarte como se debe?» Se preguntó intranquilo, observando a un soldado en particular.

Cerca de la puerta, formado junto a sus compañeros, se encontraba el joven. Garbath no lo había perdido de vista ni por un segundo. Aku Nokami, se mantenía firme, aunque cada tanto se acomodaba el parche de su ojo ciego, como si algo le molestara. Tampoco había signos del aura maligna que había demostrado anteriormente. Haberlo llamado había sido, sin duda, una jugada arriesgada. Pero desde que habían dejado el campo de entrenamiento, el comportamiento del joven había sido casi ejemplar. De no ser por su enorme arrogancia, habría sido el soldado perfecto. Además, tenerlo cerca lo hacía sentirse más tranquilo. Dejar libre a un hombre como ese podía acarrear grandes problemas.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Fue un toque específico, dos golpes rápidos y tres lentos. Un llamado que Garbath conocía perfectamente, pues solo ella llamaba así. «Ya están aquí.»

—Adelante —anunció con firmeza.

La enorme puerta de caoba se abrió con un leve rechinido. Al otro lado apareció Shiva, seguida de una pequeña fila de hombres.

—Regente Garbath, —dijo ella, moviéndose a un lado para dar paso a sus acompañantes—le presento al señor Ozmarl Saros, embajador de Takari.

Los músculos faciales de Garbath intentaron tensarse en una mueca. Se vio obligado a utilizar hasta la más mínima fuerza de voluntad para no mirar con desprecio al hombre que había entrado. «¿Qué rayos es esto? ¿Acaso se están burlando de mí?» El hombre frente a él era pequeño y de piel oscura. Aunque lo que realmente molestaba a Garbath y a todos los presentes era su ropa. Vestía una túnica larga, que arrastraba varios metros por el suelo, de color morado y llena de encajes dorados. Y sobre su cabeza traía un pequeño sombrero de copa del mismo color; con una enorme pluma de pavorreal sobresaliendo de su costado. Era completamente ridículo.

A su espalda, había un séquito de hombres. Un grupo pequeño de seis soldados, vestidos con los clásicos uniformes verdes de Takari, que lo escoltaban. Aunque eso solo hacía resaltar aún más la extraña vestimenta del embajador.

Garbath mantuvo la compostura a duras penas. Sin embargo, en el fondo de la habitación pudo oírse con claridad una risa ahogada. El rostro del embajador se frunció con un claro enojo. «Aku, maldito seas.»

—Es un placer conocerlo, señor Ozmarl —exclamó, antes de que el hombre tuviera tiempo de acotar algo sobre su imprudente soldado.

El embajador lo miró con desdén, caminando hacia el escritorio.

—El placer es completamente suyo —dijo con una voz tan aguda como altiva—. A mí no me hace ninguna gracia haber tenido que viajar hasta aquí, al confín del mundo, tan solo para hablar con un necio dirigente. Solamente lo hice porque el mismo emperador en persona me lo ordenó.

Garbath apretó los dientes. «Este maldito imbécil, ¿quién carajos se cree que es?» Desvió la mirada a Shiva, quién seguía de pie junto a ese hombre. Ella le devolvió mucho más que el gesto, le dio un mensaje completo tan solo con sus ojos. «Así que este es el sujeto.» Comprendió a la perfección.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.