—¿… y tú?
La pregunta cortó el aire con tal fuerza que, a pesar de que no habían pasado más de unos segundos, pareció que llevaran años sumidos en un silencio tan profundo como la misma caverna. Bernd parpadeó, sin comprender siquiera lo que le había preguntado. Observó al hombre a sus pies, quien le devolvía una mirada triste, como la de un perro abandonado en busca de alimento.
«Rexion Certrias.» Por alguna razón, el nombre resonó en su memoria. Durante un instante, creyó haberlo oído en algún lugar. Pero el recuerdo no apareció.
«Este tipo, ¿quién diablos es? ¿Qué carajos se supone que haga con él?» El hombre se encontraba completamente abatido. Sus heridas no paraban de sangrar, y su rostro dejaba en evidencia que había perdido casi cualquier rastro de cordura.
Solo entonces cayó en la cuenta de que él debía verse exactamente igual. Con la herida de su cien aún abierta, con el rostro empapado de sangre y sudor, completamente atrapado entre dos paredes de piedra y tan aterrado como un niño pequeño.
«Por Garlam, que alguien me explique qué está pasando.»
Suspiró con cuidado. En ese momento, todas sus respiraciones se habían convertido en simples suspiros cortos. Si expandía sus pulmones tan solo un poco más de lo permitido, la roca que lo apresaba se clavaba justo en su plexo solar, haciéndolo sentir una horrible punzada.
Se había rendido a intentar escapar de las paredes que lo aprisionaban. De alguna forma, el camino hacia ambos lados se había vuelto más angosto. Moverse en cualquier dirección solo provocaba que se atorara aún más. No tenía sentido, pero llevaba tiempo desde que todo había dejado de tenerlo.
—¿Quién eres? —continuó Rexion, sin desprenderse de su pierna.
—¿…? —intentó hablar, pero de su boca solo escaparon balbuceos incoherentes.
«¡Maldición!» Se sintió estúpido por no poder responder. Las palabras simplemente no parecían acomodarse dentro de su cabeza. Su cuerpo ya no aguantaba más la incesante lluvia de emociones, que chocaban sin cesar dentro de su mente.
«Vamos Bernd, reacciona.» Inclinó el cuello hacia delante, golpeando suavemente con la piedra y permitiendo que el frío húmedo acariciara su frente.
—Yo... —intentó volver a comenzar, bajando la mirada a su extraño compañero—. Mi nombre es...
Pero otra voz lo interrumpió.
—¡BERN! ¡BERND, VUELVE! ¡POR FAVOR, REGRESA!
El sonido irrumpió desde el punto más lejano de la caverna. Bernd sintió su cuerpo vibrar, dirigiendo su mirada automáticamente hacia la dirección de la voz; hacia el extremo más lejano del pasillo, el final, donde la titilante luz blanca se desvanecía entre las sombras.
—¿Mel? —llamó su nombre por puro instinto.
—No —exclamó Rexion con tan solo un hilo de voz.
De repente, la actitud del hombre cambió por completo. Incluso entre la penumbra, Bernd pudo notar como sus pupilas se expandían de puro terror y su expresión se endurecía en una temerosa mueca. Rexion comenzó a temblar espasmódicamente, su cuerpo entero se sacudía al compás del miedo.
«¿EEEH? ¿Qué crees que haces?»
—No. No. ¡No, no, no! —gritó Rexion desaforadamente, al tiempo que se retorcía en un intento por levantarse—. ¡No otra vez!
Sin importarle el estado de su cuerpo, ni que las heridas se le abrieran cada vez más, Rexion se puso de pie sin soltarse del cuerpo de Bernd. A base de manotazos y movimientos esporádicos, jaló de su ropa y de su cuerpo hasta conseguir incorporarse.
—¡Ya basta! ¡Suéltame! —exigió Bernd. Pero Rexion no parecía oírlo, solo reaccionaba de forma impulsiva—. ¡¿Qué estás haciendo?!
Bernd intentó quitárselo de encima, pero en cada agarre el hombre lo sujetaba con una fuerza inexpugnable.
—¡No puede ser! ¡No puede haberme encontrado! ¡No! ¡Por el amor de Garis, no otra vez! —seguía gritando, con la mirada completamente perdida.
—¡¿De qué estás hablando?! —inquirió, la actitud de su nuevo compañero comenzaba a asustarlo más de lo que ya estaba—. ¡Por Garlam, ¿qué está suced…?!
—Bern —Melia volvió a llamarlo desde el final del túnel. Esa vez no gritó. No, esa vez fue un simple lamento suave, como quien susurra un deseo a la media noche—. Bernd, ¿a dónde te has ido? ¿Dónde estás?
Su mente volvió a vaciarse, como si al escuchar esa voz todo el universo se bloqueara para él. Por un instante, por un muy breve instante, toda la cueva desapareció de su panorama. Todo lo que había visto y había experimentado se convirtió en un simple recuerdo borroso. «Melia.» Sus ojos se llenaron de lágrimas. Esa voz, era lo único que le importaba.
—¡…! —Intentó llamarla, pero sus palabras quedaron ahogadas por una sudorosa palma que cubría sus labios.
«¿Qué mierda?»
Entonces la realidad volvió a golpearlo como un mazo. Nuevamente volvía a estar en la cueva, atorado entre ambas paredes de granito, con un completo desconocido frente a él.
—No hables —susurró Rexion, presionando con ahínco su mano contra el rostro de Bernd —. Si lo haces, nos encontrará.
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Editado: 14.07.2026