La caída de Nisrán

Encuentro - Parte 15

Todo terminó en un rápido destello. Una fugaz y potente luz blanca que, por un instante, fue capaz de opacar completamente la luminiscencia del aethyr. Luego llegó el estruendo, un estrepitoso estallido que hizo vibrar la caverna entera. La sangre salió a borbotones de su cuerpo, empapando el suelo y paredes como una enorme e inagotable catarata. Al final, la bestia por fin aflojó su agarre y el cuerpo de Bernd cayó sin fuerzas, golpeando duramente contra la roca.

Parpadeó.

«¿Qué mierda acaba de pasar?» Abrió los ojos, pero la imagen ante él aún resultaba completamente borrosa. La luz lo había cegado, y sus pupilas no lograban recuperarse. Solamente pudo ver una enorme y gigantesca sombra que se balanceaba frente a él.

—¡POR UN CARAJO! —alguien gritó.

«¿Qué? ¿Quién está ahí?» Una voz completamente desconocida resonó en el interior de la cueva. Era un hombre, sonaba asustado y completamente alterado.

—¡¿QUÉ MIERDA ERA ESA COSA?! —el desconocido continuó.

«Estoy… ¿vivo?» Bernd concentró la mirada, intentando unir esos millones de puntos que componían sus alrededores. Y lo que vio no tenía explicación. «Imposible.» En el suelo, frente a él, se encontraba la bestia. O, mejor dicho, lo que quedaba de ella. Un río de sangre tan oscura como la brea, lo separaba de los restos de aquel monstruo. «Su cabeza, ¿no está?» El cuerpo de la criatura parecía haber estallado en miles de pedazos, desde su cabeza hasta su torso todo parecía haber explotado. Recorrió con la mirada las manchas negras que cubrían la piedra; la pared lateral había sido cubierta por un cúmulo de sangre y entrañas de monstruo.

«¿Cómo?» Se preguntó, apretando los dientes, intentando no desmayarse por el dolor.

—Eso, mi querido Narav, —otra voz habló, solo que esta sonaba increíblemente tranquila y despreocupada— era un perdido.

Hubo un siseo metálico, seguido de otro enorme estruendo que hizo que la roca vibrara bajo el cuerpo de Bernd. «¿Q-qué es lo que está sucediendo? ¿Qué rayos fue eso?» Un gemido se escapó de entre sus labios al intentar incorporarse. «Mierda, duele.» Sentía cómo si su cuerpo hubiera sido acribillado; las costillas no paraban de darle punzadas cada vez que intentaba respirar, su sien latía como si tuviera vida propia y su hombro izquierdo estaba completamente destrozado. Aun así, apretando los dientes para aguantar, fue capaz de moverse en dirección a las voces.

—Una criatura tan despreciable que fue expulsada incluso del propio inframundo —continuó explicando la voz—. Aunque claro, creo que ustedes lo conocen por otro nombre. ¿No es así?

«¿Quién es ese?»

Al cambiar de posición pudo ver perfectamente al dueño de la voz. Era un hombre gigantesco, tan alto que su cabeza apenas quedaba a unos pocos centímetros del techo del túnel; y su contextura, ancha y barrigona, lo hacían parecer una montaña infranqueable. Vestía un uniforme de paño blanco impoluto que, extrañamente, no tenía ni una sola mancha de la sangre oscura que inundaba el piso.

Los ojos de Bernd se clavaron por un momento en la enorme estructura que descansaba al lado del gigante. «Eso es… ¿un martillo?» Parecía ridículo, pero junto al sujeto había un martillo, forjado de un material tan pálido como el marfil y de un tamaño tan descomunal como el hombre que lo portaba. Mantenía su mano cerrada alrededor del mango, que era tan alto como él. «¿Acaso golpeó a la Desgracia con esa cosa?» Pensó, observando las manchas de sangre que teñían de oscuridad la blanca base del martillo. Tan solo imaginarlo le parecía una locura, nadie en el mundo, ni siquiera ese gigante, podría ser capaz de levantar semejante herramienta.

—P-pero, ¡es imposible! Los arcontes, las historias, ¡nada de eso es real! ¡Son solo cuentos! —objetó la primera voz.

Detrás del gigante, había otro hombre. Este era más pequeño, o al menos lo era en comparación a su enorme compañero. Tenía el cabello rubio y vestía con las ropas más costosas que Bernd hubiera visto en su vida. A pesar de su ceño fruncido y la inseguridad dibujada en su rostro, parecía un completo caballero. Uno de esos hombres de la alta sociedad que nadie jamás esperaría cruzarse en medio de una mina abandonada.

Ambos hombres estaban atados a una misma cuerda, a la altura de la cintura, que se extendía hasta perderse en el fondo del túnel de la mina. Observando al hombre más pequeño, Bernd se percató de algo. «¿Narav?» Pensó, pues así lo había llamado el gigante. «Ese nombre. ¿No es el mismo…?»

—Pero todo los cuentos provienen de algún lugar, ¿no crees? —comentó el gigante. Luego alzó la vista, dirigiendo la mirada justo hacia él—. Y tú niño, ¿piensas seguir haciéndote el muerto?

«Mierda, lo notó.» Bernd tragó saliva. No estaba seguro si podía confiar en aquellas personas. No sabía quiénes eran, ni de dónde habían salido. Parecían humanos, pero luego de todo lo que había pasado, tampoco podía estar seguro de ello. Solo quería que todo terminase. Quería salir de esa maldita cueva.

—Espera, ¿quién es él? ¿De dónde ha salido? —preguntó Narav.

—Ni la menor idea. Probablemente se perdió aquí, al igual que tu amigo el idiota —respondió el gigante—. Oye, niño. A ti te hablo. ¿Acaso olvidaste anclarte? ¿Qué no sabes que no puedes adentrarte en la gran senda sin un ancla?




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