La caída de Nisrán

Interludio - 1

Ella estaba sentada sobre los restos de una antigua columna de cemento. Balanceaba sus pies al ritmo del aire, que agitaba suavemente su cabello. La luz del atardecer bañaba su rostro, pero por alguna razón no parecía penetrar en sus pupilas; como si los rayos del sol tuvieran miedo de posarse sobre sus ojos. Desde la distancia, su figura no resaltaba con el ambiente. De hecho, si alguien más la hubiera visto quizá incluso le pareciera humana.

Arthur la vio desde lejos, ubicada en el mismo lugar donde él la había dejado. Una idea tonta se cruzó por su mente y se acercó sigilosamente hasta ella, conteniendo una pequeña risa.

—¡¿Me extrañabas?! —le gritó al oído, intentando sorprenderla.

Sin embargo, a pesar de haber aparecido repentinamente por la espalda, ella no se inmutó en lo más mínimo. Simplemente alzó lentamente la vista, observándolo con aquellos ojos oscuros carentes de brillo.

«Bah, que aburrida.» Pensó Arthur decepcionado, aquella cosa jamás cambiaba su expresión. Mantenía su rostro rígido, tieso, como si no le importara en absoluto nada de lo que pasara a su alrededor. «El mundo podría caerse a pedazos, y a ella no le importaría.»

Suspiró.

—De todos los seres extraños que hay en este mundo, —refunfuñó, mirándola de reojo— tenía que viajar con el más aburrido de todos ellos.

Ella pestañó, como si no entendiera ni una sola de sus palabras. Pero Arthur sabía que esa cosa era completamente capaz de comprenderle; solo que, por alguna razón, no mostraba casi ningún interés por lo que él decía o hacía. No, solo había una cosa que le importaba a un monstruo como ese. Una única razón por la cual Arthur había conseguido que ella lo acompañara y se sometiera a su voluntad.

Tragó saliva, tan solo pensar en eso lo ponía nervioso.

«Darle vueltas no me llevará a nada. Lo hecho, hecho está.»

Admiró entonces el paisaje, tratando de olvidarse de aquel asunto. A su alrededor se extendía una amplia planicie de cemento. El lugar estaba relativamente limpio, a diferencia del resto de la ciudad. Más allá de las pocas columnas rotas que habían sobrevivido y los restos de polvo y arena blanca, todos los escombros habían sido retirados; dejando una simple llanura de material. No le sorprendía. Después de todo, el edificio se había venido abajo mucho tiempo antes de que el holocausto comenzase.

—Y pensar, que hace menos de un siglo atrás aquí se encontraba uno de los mayores templos del culto de la Luz —dijo en voz alta—. ¿Quién hubiera pensado que lo destruirían sus propios adeptos? Es una lástima, me hubiese gustado al menos poder echarle un vistazo a las ruinas. Pero esos tipos no dejaron nada.

Miró en su dirección, pero no esperó una respuesta. Luego de los meses que llevaban compartiendo juntos, sus soliloquios se habían vuelto una costumbre. Ella simplemente lo miró expectante.

—Está bien, está bien —dijo encogiéndose de hombros, sabía muy bien lo que aquella cosa esperaba de él.

Sin darle demasiadas vueltas, rebuscó en el interior de su bolso y sacó una lata de sopa. Se había pasado toda la tarde investigando y buscando provisiones entre las ruinas de la ciudad. Al final, las había encontrado en un supermercado abandonado de la zona.

—Aquí tienes —exclamó lanzándole la sopa—. Solo recuerda no comerte el envase esta vez, eso arruina el sabor.

Ella tomó la lata en el aire tan pronto esta dejó sus dedos. Clavó una de sus uñas en la superficie de la tapa y, con un estridente chirrido, comenzó a cortar el metal como si no fuera más que una hoja de papel. La abrió y comenzó a zamparse la sopa directamente con las manos.

—Increíble —masculló observando como su compañera se comportaba como un animal desesperado—. Haces parecer que no te he alimentado en semanas. Además, ni que pudieras morir de hambre realmente.

Esa era una de las cosas que más lo sorprendían. A pesar de su comportamiento extraño y reservado, la criatura parecía tener una increíble debilidad por la comida humana. Lo había anotado en su libreta, junto a sus estudios recientes de Nisrán. Trataba de dejar un registro de todo lo que descubría sobre su compañera. Después de todo, no existía mucha información sobre los seres como ella. Probablemente él fuera el único humano en la historia que se había cruzado con uno y había vivido para contarlo.

Siguió caminando por la planicie, ignorando los grotescos ruidos de mordiscos a su espalda. Un poco más adelante, luego de que la planicie de cemento llegaba a su fin, se extendía una gigantesca playa de arena blanca. En el horizonte, el sol ya se ocultaba tras las olas, dibujando el cielo con un cálido color rosado.

—En serio, me habría gustado ver este lugar cuando aún existía —dijo al aire, sin preocuparse por si ella le prestaba atención—. Imagínate, participar en una de las reuniones y poder admirar esta vista mientras los predicadores cuentan sus historias.

Un eructo cortó su pensamiento en la mitad, luego oyó la lata rebotar contra el cemento. Se volvió hacia ella y la vio relamiéndose los restos de comida de los dedos.

—¿Ya acabaste? —preguntó, y ella simplemente lo miró—. Entonces, ¿qué tal si comenzamos?

Aún faltaba tiempo para el anochecer, pero dudaba que en aquel sitio despoblado alguien se diera cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Dejó su bolso a un lado, tomando de este su libreta y el reloj de arena. Esa vez no había lugar dónde sentarse, así que tendría que tomar notas de pie.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.