La caída de Nisrán

Interludio - 3

Arthur apretó con fuerza el estilete. Sobre el tejado, la criatura continuaba envuelta en penumbras. Lo único que podía distinguir con claridad eran sus ojos. Aquel par de perlas blancas inhumanas, que destellaban continuamente como dos pequeñas estrellas. Conocía muy bien a los seres como ese, había dedicado su vida entera a estudiarlos y a destruirlos. Por eso, sabía perfectamente lo peligrosos que podían llegar a ser.

—Así que tú eras la rata que merodeaba en mi tejado —dijo con confianza, sin quitar la sonrisa de sus labios.

Regla número uno del exorcismo: «Nunca demuestres temor.» Todas las criaturas espeluznantes, eran capaces de detectar el miedo y aquel espécimen no era la excepción. Si quería continuar con vida, debía asegurarse de no titubear en ningún momento.

Sin dejar de observar a la criatura, lentamente llevó la punta del estilete hasta su lámpara.

—¿Rata? ¿Hablas de mí? —La silueta rio—. Si eres tú quien ha estado hurgando entre la basura todo el día.

«¿Día?», pensó Arthur consternado, percatándose de que probablemente aquella cosa los había estado observando desde su llegada. Apretó los dientes, él no había sentido su presencia en ningún momento. Desvió inconscientemente la mirada hacia las ruinas de la casa, donde Thayra seguía durmiendo. De pronto, la actitud de su compañera parecía tener sentido. Sus vagos intentos por comunicarse probablemente fueran un intento por advertirle del Ojos Blancos.

—Maldición… —masculló para sí—. De veras que estoy oxidado.

—¿Qué dices? —espetó la criatura.

El tejado cedió en un estruendo seco. La figura se impulsó hacia la noche y una lluvia de tejas rotas salió disparada en todas direcciones. El Ojos Blancos se elevó con tanta violencia que, durante una fracción de segundo, Arthur perdió su silueta contra el cielo negro.

Retrocedió por instinto, justo antes del impacto. La figura cayó en picada y aterrizó en cuclillas, a tan solo unos pasos de él. El pavimento crujió bajo la fuerza de la caída, pero el cuerpo del Ojos Blancos no pareció inmutarse. Se irguió de inmediato, sin sufrir el más mínimo daño.

Desde esa distancia, la luz de la lámpara de aceite fue suficiente para desenmascarar a la figura y Arthur al fin pudo ver su cuerpo.

—¿Qué no eres demasiado pequeño para ser un demonio? —dijo, al ver al delgado joven que tenía frente a él.

La criatura parecía un simple muchacho apenas entraba en la adolescencia. Llevaba las manos ocultas en los bolsillos de una chaqueta demasiado holgada, con una capucha enorme que le cubría la cabeza. Permanecía encorvada frente a él, sosteniéndole la mirada a Arthur con un aire altivo.

Para cualquier persona, habría pasado desapercibido. De hecho, era probable que la mayoría ni siquiera notara la aberración de sus pupilas. Arthur, en cambio, estaba lejos de ser un sujeto convencional. Podría ver perfectamente el brillo blancuzco en sus ojos y la pesadez maligna que viciaba el aire a su alrededor. No había margen de duda: esa cosa era un demonio.

—Dime —continuó Arthur, intentando distraerlo—, ¿cuánto tiempo llevas desde que te convertiste?

El demonio pestañeó y, durante una fracción de segundo, pareció vacilar. Ese instante le bastó a Arthur. Con un movimiento limpio, deslizó la punta del estilete entre su palma y el asa de la lámpara. De un tirón seco, abrió un corte en su propia carne, dejando que la sangre brotara y resbalara por el metal del artefacto.

—¿Tu…? Esa ropa… —el demonio retrocedió un paso, su postura cambió y quitó las manos de sus bolsillos. De pronto parecía mucho más alerta que en un principio—Eres un exorcista.

La criatura lo examinó de arriba abajo, como si intentara descifrar un enigma. Arthur sabía muy bien qué buscaba el demonio, del mismo modo que tenía la certeza de que no lo encontraría. Apretó el asa con más fuerza, forzando los bordes de la herida a separarse para que la sangre manara cada vez más.

—No —comprendió al fin la criatura con un murmullo—No tienes la protección. No eres uno de ellos, al menos ya no.

«No es tan inexperto como parece». Arthur forzó una mueca para ocultar su inquietud. Si el engendro sabía distinguir a los exorcistas de los simples mortales, era muy probable que llevara bastante tiempo desde que había sido convertido. Eso lo volvía doblemente peligroso. Además…

Aguzó el oído y la vista, buscando alguna otra presencia oculta entre las sombras. Toparse con demonios en aquella región no le resultaba extraño, pero uno de ojos blancos vagando en solitario era algo que no podía creer. «No, debe haber al menos otro de ellos.»

El demonio sonrió.

—Sin la protección entonces solo eres un puto humano indefenso —exclamó la criatura, avanzando lentamente hacia él.

Un crujido nauseabundo quebró el silencio cuando las falanges del demonio se desencajaron una a una. La piel de las yemas se desgarró con un sonido húmedo, cediendo ante unas garras negras y curvadas que brotaron abriéndose paso entre la carne viva. Arthur retrocedió con cautela. Ajustó el agarre del estilete y alzó la lámpara.

—Yo no estaría tan seguro si fuera tú —dijo, con la mirada decidida.

Sabía muy bien que no podría matarlo; había perdido la capacidad para ello hacía mucho tiempo. Sin embargo, debía ser capaz de inmovilizarlo. Además, en el peor de los casos, siempre le quedaba su plan de respaldo.




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