[22 de Noviembre, costas de Shinten Alt]
No podía evitar el temblequeo, sin importar cuánto intentara. Era un marinero, de esos que habían sobrevivido a más de cien tormentas. Siempre contaba como lo habían dado por muerto con el vendaval del diecinueve, aquel que hundió tanto botes como acorazados, y aún así no había podido acabar con él. Luego de ese hecho, y de sus incontables incursiones mar adentro, creía que el miedo era solo para los que nunca habían estado perdidos en medio de la oscuridad.
Y, a pesar de todo ello, estaba completamente aterrado.
Sus dedos tamborileaban por sí solos sobre los remos de su pequeña chalupa. Cada golpe de las palas con el agua hacía saltar a su corazón. La humedad de la neblina se le pegaba a su piel, mezclándose con su propia transpiración. Y el silencio, eso era lo que más le preocupaba. Se encontraba muy próximo a la costa, pero a su alrededor no había una sola gaviota, ni tampoco oía el chapoteo de los peces rompiendo la superficie del agua. Solo sentía el lento y constante bamboleo del mar, el resto del mundo se reducía a un gris impenetrable.
No era la primera vez que navegaba por aquel lugar, ni tampoco sería la última.
Al igual que los pescadores, habría preferido evitar esa zona —durante toda su vida, si hubiera podido—. La isla maldita, así la llamaban. Había oído las historias cientos de veces: las sombras en la neblina, los barcos que nunca regresaron. Se reía de aquellos cuentos disparatados… siempre en tierra firme y con un trago en la mano. Pero cada vez que navegaba por esas aguas, recordaba de dónde habían salido todas esas habladurías.
El agua comenzó a agitarse de repente y toda su barca se sacudió con violencia. Inmediatamente levantó los remos, ya no le serían útiles para avanzar. Se aferró con fuerza a la borda, plantando los pies entre los bancos para no salir despedido. Luego, con movimiento calculado, giró su torso hasta quedar de frente a la proa.
Ante sus ojos, unas gigantescas sombras recortaron la bruma. Los guardias de Shinten, como los llamaban los pobladores: una cadena de rocas y arrecifes que rodeaba por completo la isla.
Nuevamente clavó las palas en el agua, pero esta vez no tenía planeado remar. Tensó los músculos de sus antebrazos uno a uno, aplicando y soltando la presión en los momentos justos. La barca navegó con el impulso de la marea, mientras él la obligaba a virar. Muy pronto, las sombras de la neblina comenzaron a pasar amenazantes a su alrededor. Cada una de las rocas cortaba el agua, provocando enormes remolinos. Si dudaba, aunque fuera por tan solo un segundo, sería arrastrado y se estrellaría contra alguna de ellas.
No podía confiarse, sin importar cuántas veces hubiera navegado por allí, ni cuán bien conociera el mar. Allí, los obstáculos aparecían de la nada, cubiertos por ese insoportable velo gris. Tan solo disponía de unos segundos para reaccionar, si fallaba tendría que volver nadando hasta su balandra.
Surcó las aguas con precisión, durante lo que le pareció una eternidad. En varias oportunidades, estuvo a punto de perder la lucha contra la corriente, pero logró escapar con tan solo algunos raspones en el casco. Al final, encalló en una pequeña playa de una arena extremadamente blanca. Los pescadores del puerto juraban que estaba hecha de huesos molidos, restos de los tantos náufragos que la isla se había cobrado. Cada vez que la veía, tan pálida bajo la niebla, no le costaba creerlo.
Vio a las figuras tan pronto como bajó del bote. Eran dos, encapuchadas con una enorme túnica negra, caminando sin preocupación entre la bruma. El marinero las conocía muy bien. Eran las mismas siluetas que debía encontrar cada veintidós de noviembre en ese lugar. Todos los años debía recogerlas allí, en Shinten Alt, la isla deshabitada…
El aire se atascó en sus pulmones, mientras sus latidos aceleraban al ritmo de las olas. Una cosa le preocupaba mucho más que el arduo viaje hasta la isla. Ese día debería hablar con las figuras. Tendría que decirles lo que había ocurrido en Nisrán, y que el trato que habían hecho ya no tenía ningún sentido.
~
[22 de Noviembre, capital de Girban no Gores]
Revisó las cartas en su mano una vez más. Calculó en su mente cada una de las jugadas. Era evidente, incluso para él, que las cosas no estaban a su favor. Deslizó su dedo índice por los cantos de papel, intentando encontrar una salida. Alzó la vista hacia la mujer sentada al otro lado de la pequeña mesa de juego. Era una dama preciosa de cabello castaño, que lo observaba con unos ojos de hielo, esperando a que se equivocara. No, jamás podría descifrar las intenciones en aquella mirada. Tenía más probabilidades de adivinar las cartas boca abajo que de leerle el pensamiento.
A su alrededor, la enorme habitación del palacio permanecía en completo silencio. Una calma constante que no hacía más que aumentar su propia tensión. Era extraño que un hombre tan grande y fornido como él se sintiera, de repente, tan pequeño. Parte de eso se debía al inmenso techo abovedado del salón principal del Palacio de los tres Dioses; incluso él parecía una hormiga en comparación. Pero lo que realmente lo hacía sentir intimidado, era ella y la situación en la que lo tenía acorralado.
Entonces notó una pequeña luz pálida alumbraba una de las cartas. Inmediatamente volteó a ver a su compañero: el enorme martillo blanco que se posaba boca abajo, justo al lado de su asiento. El brillo blancuzco del mango de su arma señalaba un único naipe.
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Editado: 09.09.2026