La caída de Nisrán

Promesa - Parte 2

[24 de Noviembre, distrito de Denas]

No fue consciente de que la había arrancado de raíz. Zenith solo notó la planta destruida, balanceándose en su mano, desprendiendo pequeños granitos de tierra seca, mientras él la observaba sin verla. Estranguló el tallo, resquebrajando las ramas bajo la presión de sus dedos. Era mediodía, cuando el sol alumbraba con más fuerza sobre la plantación; aun así, le pareció como si todo estuviese oscuro. La savia le empapó las palmas, cubriéndolas con una sensación cálida y pegajosa, como la sangre.

«¡Por favor! ¡Detente!» Los gritos sonaron en sus oídos, tan claros y agudos como si la joven estuviese justo a sus espaldas. Ensimismado, volteó la cabeza y pudo ver brevemente los cabellos rojizos de la muchacha, corriendo a través del bosque. Pero la imagen cambió, y los latidos de su corazón aporrearon sus costillas. Volvía a estar en su casa, con el cuerpo inerte de Mery sobre su regazo, notando cómo sus lágrimas se diluían entre la sangre de su esposa. Los recuerdos volvieron a azotarlo uno a uno, demasiado rápidos para que pudiera contemplarlos, pero dejando la misma sucia y aberrante sensación a muerte.

Entonces una suave brisa lo devolvió a la realidad y, de pronto, el enorme viñedo volvió a aparecer frente a sus ojos. La penumbra de la noche fue borrada por un cálido día primaveral. Los gritos de sus víctimas desaparecieron, reemplazados por el suave golpeteo de las hojas contra el viento. Las escenas sangrientas se desvanecieron en un pacífico paisaje.

Sin embargo, a pesar del silencio, de que nada lo amenazaba, no podía relajar los músculos. Su instinto seguía activo, analizando los alrededores a cada segundo, ansioso por combatir. La sangre corría con fuerza entre sus venas, hirviendo con un odio que era incapaz de controlar.

En ese momento, se percató de la vid muerta que sostenía entre sus dedos; retorciéndola entre sus falanges, quebrando de a poco su tallo, como si quisiera hacerla sufrir, como si esperara que le implorara piedad.

Dejó escapar un suspiro, en un infructuoso intento por olvidarlo todo.

—Estoy demasiado sobrio para esto —masculló, lanzando la vid a un lado.

Apresuró el paso a través de la plantación, concentrando sus pensamientos en una única idea: un trago ardiente de vino dulce. Quizá mejor una botella entera. Un golpe de alcohol tan fuerte que lo hiciera perder su perfecto equilibrio y que nublara su pensamiento, acallando los recuerdos en su cabeza. Luego, tal vez, pudiera volver a trabajar.

No le importaron las constantes miradas de los otros trabajadores, que continuaban eliminando los brotes indeseados. Los ignoraba desde su llegada, como llevaba haciéndolo con todo lo demás. Continuó caminando por las hectáreas de sembradíos, bajo la constante vigilancia de decenas de ojos. Algunos lo miraban con recelo, otros con un poco de pena ajena, sin embargo, ninguno de ellos se atrevería a decirle una palabra. No, ninguno tenía suficientes agallas para eso.

En minutos dejó atrás las hileras de cultivos. Llegó hasta una antigua y destartalada cabaña, que servía de hogar para todos los peones, y ahora también para él. Sin detenerse, descargó una patada sobre el tablón podrido que servía de puerta —no había tiempo para delicadezas—, este cedió con un chirrido de bisagras y un golpe seco contra la pared. Se adentró en la penumbra sofocante de aquella madriguera con la garganta seca, anhelando una bebida.

Sintió la presencia oculta en la oscuridad ni bien atravesó el dintel de la entrada, aun así, prefirió ignorarla. Atravesó la sala a zancadas y se dirigió derecho a la pequeña cocina, oculta bajo la enorme escalera de madera. «Tiene que estar por aquí», pensó mientras revolvía las alacenas, intentando recordar dónde había guardado su reserva. La había escondido de sus no tan deseables compañeros, sin embargo, se encontraba tan ebrio en ese momento que había olvidado por completo dónde la había dejado.

—Ahí estás —exclamó al encontrar una pequeña damajuana de vidrio, enterrada bajo una decena de ollas y platos sucios.

Arrancó el tapón de corcho con los dientes y se la llevó directamente a los labios. Inclinó el cuello esperando el golpe ardiente del líquido, pero ni una sola gota bajó por la boquilla. Apenas un hilo tibio de aire rancio le rozó la lengua. Confundido, apartó la botella y la sacudió en el aire; el vidrio no pesaba nada. Estaba seca.

—¿En serio creías que te permitiría beber en el trabajo? —dijo una voz, desde el otro lado de la habitación.

«Maldito bastardo», pensó, clavando la mirada en el rincón opuesto. Sentado en la penumbra, sobre un endeble taburete de pino, se encontraba Breman Firanda: el dueño de la finca y, también, su suegro. Tenía los antebrazos apoyados en las rodillas y una mirada afilada que delataba que llevaba un buen rato allí, esperándolo en silencio. El viejo no parecía furioso, solo hastiado, con esa severidad fría con la que siempre solía tratarlo.

—¿Qué es lo que quieres? —gruñó Zenith. Siempre había detestado hablar con ese sujeto, y desde que Mery ya no estaba, el sentimiento solo se había intensificado.

Le dio la espalda con un desprecio deliberado y se dirigió hasta el fregadero. Apartó la pila de platos mugrientos, haciendo tintinear cazuelas grasientas y cubiertos manchados con un estruendo metálico. Encajó la boca de la damajuana bajo el grifo de plomo y el chorro helado empezó a golpear el cristal.

Oyó cómo el viejo se ponía de pie, arrastrando las suelas de cuero contra el suelo de tierra apisonada.

—Quiero que despiertes de una vez, Zenith —soltó Breman, con una voz rasposa que no admitía réplica—. Llevas seis meses pudriéndote aquí, tirado como un maldito vago. Dime de una vez, ¿hasta cuándo piensas seguir así? Hundido en esta pocilga, lamentándote día tras día y robándome el licor de mi propia bodega.

Se llevó la damajuana a la boca e inclinó la cabeza hacia atrás. Bebió con desesperación, tragando a borbotones torpes. El agua helada le desbordó la comisura de los labios, escurriéndose en un hilo frío por su barbilla. Bajó el envase de golpe, limpiándose la boca con el dorso de la mano áspera. «No es suficiente», pensó al sentir el estómago revuelto. El agua había calmado su garganta, pero la verdadera sed aún persistía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.