La Caida de Urblux

14.- Vela

El Alquimista se había desviado días ante del rumbo que había tomado Adalis y sus hombres, bajo la mirada juzgadora del primero que se tomó su marcha como si fuese una especie de traición. Pero Adalis no sabía que su presencia era lo que Viren quería y no iba a facilitarle su propia captura y de todas formas, necesitaba visitar las cuevas donde retenía a Vela, la última Antigua que moraba ese mundo.

Había pasado muchos años pensando que los Antiguos se habían extinguido dado que en su búsqueda jamás encontró a nadie vivo que se hubiese topado con alguno. Aunque según los libros historia, la guerra entre los dragones y los Antiguos finalizó con la extinción de los últimos, el Alquimista consideraba que eran criaturas demasiados poderosas como para desaparecer así sin más. Sin embargo, la búsqueda infructuosa durante tantos años había convencido al Alquimista de que realmente habían abandonado este mundo.

Pero meses atrás, en uno de sus viajes se topó con una mujer de pelo largo y grisáceo y una túnica negra larga hasta los pies que peleaba con una noxanguis sin apenas esfuerzo. Ningún humano podría pelear así en un enfrentamiento, con magia o sin ella, los noxanguis eran demasiado peligrosos, rápidos y fuertes pero esa mujer tenía atrapada a la noxanguis entre sus brazos, intentado estrangularla o arrancarle la cabeza y parecía que iba a lograrlo. En ese momento supo que se trataba de una Antigua, probablemente la última. El Alquimista mató a la Noxanguis y luego se llevó a la mujer a las cuevas secretas de Mirror Lake, un laberinto cuya entrada es cerca del mar y sus paredes están revestidas de Sanuguita, anulando el poder mágico de todo aquel que entre.

Estaba muy emocionado por haber encontrado a la última, o al menos ella juraba que lo era y él no tenía motivos para creer que hubiese otros. La razón de haber podido ocultarse tan bien tantos años había sido un exilio en una isla próxima a Silasvold, pero la Antigua decidió regresar al continente al notar como el equilibrio del mundo se estaba alterando demasiado y un poder estaba creciendo demasiado rápido provocando un caos mayor. Había evitado tratar con brujos o cualquier criatura que pudiera adivinar su origen, pero una noxanguis la encontró de casualidad en el bosque, estaba sedienta y mandó a sus gules a atacar. Solo cuando Vela, que así se llamaba la Antigua, mató a los gules sin esfuerzo, la noxanguis la atacó furiosa, lo que llamó la atención de un indeseado viajero que pasaba por allí. Algunos lo llamarían mala suerte, pero siendo Vela una tejedora del destino, sabía que significaba algo más.

El Alquimista la retendría en esas cuevas hasta que ella revelara la ubicación de la piedra del alma al fin y al cabo, los Antiguos habían custodiado la piedra siglos y por tanto, ella tendría que saber qué fue de la misma. Pero Vela no pensaba revelarle lo que ocurrió, no a él.

  • Imagino que sigues sin encontrar la piedra – le dice Vela con el pelo gris cubriéndole parcialmente el rostro. Un rostro joven y viejo al mismo tiempo, extraño y hermoso aunque demasiado delgado debido a los largos periodos de inanición que lleva sufriendo. La Antigua podría sobrevivir meses sin probar bocado, pero el encierro le pesa y eso se refleja en su aspecto demacrado -, el Rey te niega el acceso a sus secretos.
  • Ni siquiera sabe lo que tiene bajo su poder – se queja el Alquimista paseando de un lado a otro con las manos cruzadas en su espalda. Vela lo nota nervioso, algo inusual en él y el atisbo de esperanza crece en su corazón -, dejar en manos de semejante cenutrio algo tan valioso es una mala jugada de los dioses, eso sin duda. Si me dijeras dónde está, todo esto terminaría, te liberaría.
  • Y tú obtendrías la piedra, Alquimista – Vela suelta una risa triste - ¿qué quedará de este mundo entonces? Nada. La escondimos de ti hace miles de años por una razón, no voy a traicionar a mis antepasados aunque eso suponga el fin de mi especie.
  • Tarde o temprano la encontraré. El Rey está perdiendo el control sobre su reino, sus aliados ya no confían en él – las palabras del Alquimista ensombrecen la expresión de Vela que mira a sus pies reconociendo ese hilo, que tocó hace meses y la hizo salir de su isla -, si tengo que levantar hasta la última piedra de esa ciudad para encontrar lo que quiero, lo haré. Podrías salvar miles de vidas si me dices donde está, solo quiero la piedra.
  • No puedo decírtelo, no confío en ti. Los dejaras que gobiernen este mundo, te irás y todo aquello que conozco desaparecerá. No puedo hacerle eso a los hombres, los dioses nos trajeron para ser sus guías.
  • ¡Los dioses os crearon como un experimento! Solo es un mundo más, de los muchos que existen. ¿Acaso crees que sois los únicos? No, esto mismo lo hay en otros lugares – suelta una risa amarga y baja su rostro a escasos centímetros del de Vela.
  • No lo recuerdas, Alquimista, ese fue tu castigo. No recuerdas cómo se creó este mundo y por qué, no recuerdas a sus creadores y no sabes cómo salir de aquí. Estás tan atrapado como yo en esta cueva, solo que tu cueva es toda esta tierra.
  • He recuperado mucho de mi antiguo poder pero el resto está en esa maldita piedra, ¡en aquella donde encerrasteis mi alma y mis recuerdos!
  • Nosotros no, la piedra nos fue entregada para custodiarla. Y lo hicimos hasta que los dragones la quisieron para ellos.
  • Porque la usabais para obtener magia – Vela se calla y el Alquimista sonríe al haber puesto el dedo en la llaga -, no os conformasteis con la magia concedida por los dioses, queríais más y los dragones no estaban de acuerdo. Cedisteis magia de la piedra a los humanos a pesar de que los dragones no querían y os llevó a siglos de una guerra que acabasteis perdiendo. Os pudo la codicia y la soberbia.




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