Se habían perdido en el bosque. Esa era la conclusión a la que había llegado Cisi tras pasar por tercera vez por el mismo sendero; reconocía la forma extraña del tronco de un árbol y el cadáver de la ardilla que se descomponía a sus pies. Viren, en cambio, se había hundido en un estado de negación y aseguraba que sabía perfectamente cómo salir de allí.
El calor del mediodía era insoportable. La ropa se le pegaba al cuerpo por el sudor y hasta Sultán parecía alicaído; sus relinches eran desganados. Probablemente tenía tanta sed como Cisi, y la última vez que habían cruzado un río fue la mañana del día anterior.
—Viren, deberíamos probar otra ruta —sugirió Cisi en un tono que rozaba la súplica—. Tengo sed, calor y necesito refrescarme.
—Pronto saldremos de aquí —prometió él.
Era lo mismo que llevaba diciendo toda la mañana, pero Cisi volvió a identificar unos árboles que había visto hacía menos de una hora.
—Ya hemos pasado por aquí. Estamos dando vueltas.
—El bosque es espeso, Cisi, no hay sendero. Hago lo que puedo.
Y era cierto. El bosque era una marea verde de troncos altos y esbeltos, carente de caminos o rastros de otros humanos.
—Si hubiéramos seguido la orilla del río…
—Estaba vigilada —le replicó de mal humor—. Hay muchos soldados en los pasos; solo nos queda uno antes de entrar en los terrenos de Terassen. Por suerte conozco al vigilante; a cambio de una suma nos dejará cruzar sin hacer preguntas, pero primero debo encontrar la maldita salida.
Viren parecía enfadado consigo mismo. Hasta ahora se había orientado sin problemas, pero desde hacía un par de noches notaba que sus instintos empezaban a fallarle. Necesitaba un par de horas a solas para recomponerse, algo imposible mientras tuviera que vigilar a Cisi. Quizás no hubiera gules cerca, pero no eran los únicos depredadores de aquel lugar.
—¡Allí, se escucha el río! —Cisi señaló emocionada a su derecha. No se veía, pero el murmullo de una corriente de agua era inconfundible—. Vamos, está cerca.
—El río no debería estar por aquí —murmuró Viren, pero siguió a la joven, que ahora se movía con renovado vigor.
No era el río principal, sino una ramificación. No era muy profundo —apenas cubría las rodillas—, pero el agua se veía limpia y, sobre todo, fresca. Cisi no se lo pensó dos veces antes de meterse con túnica, zapatos y joyas. Olvidó los protocolos que le habían inculcado y se revolcó en el agua con puro deleite. Bebió del caudal usando sus manos, permaneciendo sentada mientras disfrutaba del frescor que tanto necesitaba.
Pasó un rato hasta que notó que Viren la observaba desde la orilla, con los brazos cruzados y las comisuras de los labios ligeramente levantadas. Estaba claro que se regodeaba de verla en aquel estado, pero a Cisi le daba igual lo que el cazador pensara. Él conservaba un aspecto magnífico a pesar de los días de marcha; no parecía cansado, probablemente porque no era de este mundo. Ella, en cambio, era una mortal que necesitaba un baño y dormir en una cama durante días.
Viren se limitó a rellenar la cantimplora, bebió unos segundos y se refrescó el cuello y los brazos. Antes de que Cisi se sintiera lista, le ordenó ponerse en marcha. La sanadora protestó, casi lloró, pero el cazador le prometió que ya sabía dónde estaban. No le quedó más remedio que seguirlo junto a un Sultán que volvía a relinchar con brío.
Esta vez, Viren cumplió su palabra. Un par de horas después vislumbraron el río principal, cuyas turbulentas aguas se calmaban al aproximarse al último paso de Urblux. Viren iba en cabeza; se había prohibido a sí mismo mirar a Cisi hasta que su túnica estuviera seca y dejara de pegarse a su cuerpo, revelando formas que hasta entonces él solo había imaginado. Había sido incómodo hablarle sin girar la cabeza, y aunque a ella debió resultarle extraño, tuvo la elegancia de no preguntar el motivo.
—Dijiste que pararíamos en Port Aurora para un recado. ¿Qué vamos a hacer allí?
—Visitar a un amigo. Es profesor en la universidad de magia; probablemente te interese.
—¿Hay una Universidad de Magia en Port Aurora?
—Bueno, no es como Silasvold ni mucho menos. Acoge a quienes no pueden costearse estudiar allí, a los que no son elegidos o, sobre todo, a los magos que no comulgan con la política de Silasvold.
—¿Y en qué categoría se encuentra tu amigo?
—Ekel es un espíritu libre, así que en la tercera. Él también es de Aeridis.
Los ojos de Cisi se abrieron con sorpresa y su rostro se llenó de preguntas.
—De no conocer a nadie de tu isla, a conocer a dos. Espero que él no sea tan insufrible.
—Probablemente no lo sea —respondió él sin ofenderse—, aunque es bastante menos guapo que yo. Me parecía justo que lo supieras.
El paso sobre el río consistía en un fuerte a cada lado y un puente vigilado por mercenarios al servicio de los reinos del sur. Al estar tan alejado de Urblux y ser inaccesible para Terassen, el Rey había delegado su administración en aquellos hombres que, tras un escaso juramento, prometieron no dañar a los ciudadanos a cambio de un peaje.
Los fuertes eran pequeños, diseñados solo para lo esencial, pero su falta de tamaño se compensaba con una seguridad férrea. A menudo, los mercenarios acompañaban a los viajeros para proteger sus mercancías. En otras ocasiones, eran esos mismos mercenarios encapuchados quienes robaban a los mercaderes antes de llegar al paso para asegurar que sus servicios fueran solicitados.
Al caer la noche, llegaron bajo la atenta mirada de los vigías del torreón.
—Nombre y destino, viajeros —ordenó uno de los hombres desde la puerta.
—Viren, amigo de Delebro.
—¿Delebro? —preguntó el mercenario sorprendido—. ¿Eres amigo suyo?
—Sí, nos conocemos desde hace mucho. ¿Está él aquí?
Tras una breve discusión entre los guardias, abrieron las puertas. El silencio en el interior era extraño para Viren. Delebro, el líder, era un hombre de casi dos metros de alto e igual de ancho, con barba anaranjada y una agilidad que desafiaba su aspecto pesado. Por un momento, el cazador creyó verlo, pero pronto se dio cuenta de que era un hombre parecido, más joven y con la barba castaña.
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Editado: 20.03.2026