"El sótano de la parroquia de Santa Fosca no olía a incienso, sino a algo mineral y antiguo, como una tumba abierta. El Padre Thomas estaba de rodillas frente a una piedra negra que parecía latir. Mientras él susurraba instrucciones inhumanas, a pocos kilómetros, Sara y Elian disfrutaban de un café frente al Gran Canal. De repente, el sol fue devorado y el cielo de Venecia se tiñó de un rojo sangre. El espacio se fracturó y ángeles de luz blanca descendieron para borrar la existencia de quienes tocaban. Thomas despertó de su trance viendo la reliquia hecha ceniza; la realidad se estaba descosiendo."