La caída del sakura

Tercer Pétalo: ¿Cambios?

–Sabes, Sato... Creo que quedaste peor que antes. Sólo mira las caras de los tortolos –dijo Kazuhiko, los cuales parecían un poco intimidados.

–N-no es eso. Es que... ¡Pasaron tantas cosas! Sato-senpai se fue muy atrás –confesó Lìān tratando de no hacer enojar al mayor.

–Eso no significa que no nos haya gustado. Sólo que estamos un poco abrumados –explicó Héngwǔ también algo nervioso, a lo que Arika no pudo evitar reírse.

–Supongo que se emocionó de más nuestro pequeño Kichi-chan. Aunque, ahora le toca a Akane-chan decir su versión –enunció la rubia, a lo que su amiga respondió de inmediato.

Ookini, senpai –agradeció Akane para luego suspirar e iniciar su versión–. Yo seré un poco más directa, pero también me encantaría darles un poco de contexto sobre mí antes de haber ingresado a la universidad. –Los jóvenes pusieron toda su atención, un poco intrigados por lo que les podría contar Akane sobre ella.

...

En Kyoto las cosas para mí eran mucho más sencillas. Desde que era pequeña, mi familia ha atendido tradiciones de nuestro país como lo es la danza, la caligrafía y la ceremonia del té. Crecí siempre siendo disciplinada en todas estas razones culturales, las cuales siempre he amado y estoy orgullosa que mi familia, como yo, sigamos manteniendo vivas dichas prácticas hasta la fecha.

Eran las demás personas las que lo arruinaban. Todos se dejaron apantallar por la tecnología, la modernidad y lo que otros países les ofrecían, sin notar que estaban perdiendo su esencia como gente orgullosa de Riben, lo que en más de una ocasión me causó problemas.

–¿Cómo te atreves a decir eso? ¡Retráctate ahora mismo! ¡Nuestras tradiciones no son aburridas! ¡Llevan más tiempo en nuestro país que tu familia! –Le gritaba a una niña que empujé, abalanzada sobre ella mientras le reclamaba.

Ese día nadie me dijo nada malo. Los adultos entendían mi frustración y sabían que tenía razón, por lo que sólo me recomendaron no agredir a los demás, pero me dijeron que tenía razón y que mi visión era más madura que la de los demás.

Fue entonces que lo entendí. Debía hacer que todos anhelaran ser parte del club tradicional de té, que aspiraran de alguna manera a adquirir los conocimientos culturales que yo ya poseía, y se me ocurrió una muy buena idea para hacerlo.

Si algo aprendí de países como Meiguo es que a las personas les importa mucho su posición social, y si puedes hacer que algo tan estúpido como ser porrista sea la punta de la pirámide, por supuesto puedes lograrlo con algo que ya de por si los adultos respetan.

Fue así que comencé a asistir a clases con kimono. Al inicio me llamaron ridícula, que me veían mal y hasta me evitaban, pero mis movimientos gráciles, mis modales y tono no sólo enamoró a unos cuantos sujetos, sino que también muchas mujeres sintieron admiración.

–Tanaka-san. Enséñanos a ser como tú.

–Te ves muy hermosa, Tanaka-san.

Erainaa! Pero lamento decirles que no cualquiera puede tener esta gracia. Deberán audicionar si quieren pertenecer al club de té. –La mirada de todas cambió, creí que las había espantado, pero parece que encendí una llama de decisión en muchas de ellas.

Al día siguiente, todas audicionaron. Fue cansado, pero al final, conseguí a los 9 miembros que formaron el club tradicional de té.

–¡Aah! Shindoi wa. Esto fue un éxito, pero sí que me ha dejado muerta –enuncié al aire mientras me hallaba acostada en mi cuarto, alegre de mañana seguir con mi plan.

En la secundaria ya era toda una celebridad. Todos me veían en alto y respetaban, además que anhelaban formar parte del club tradicional de té, el cual, por obtener tanto poder y atención de los jóvenes, terminó por ser clausurado. Digamos que el poder que adquirí se me salió un poco de las manos, deformando en una especie de dictadura que ni los profesores estaban pudiendo detener.

Al final, nos adueñamos del club de caligrafía e historia. Era también un arte que conocía bien, por lo que fue un suspiro para mí, pues ya estaba un poco harta de sólo enseñar sobre la ceremonia del té, aunque claro lleva mucha práctica para llegar a la perfección.

Fue entonces que conocí a Kazu-kun. Un joven prodigio en el go y shoji de la escuela kurosora, bastante apuesto y de mi edad. También dirigía bajo las sombras al club de shoji, por lo que, una vez que acabó con todos, me acerqué a él para retarlo. Obviamente con sólo verme el tonto quedó intimidado.

Mi leve sonrisa aterrorizadora, mi marcado acento y mis gráciles movimientos hacían a cualquier templar por mi imponente presencia.

Dōnai shitan, Yamashita-san? –La pregunta, sin dudas, dejó al muchacho sin hablar, temblando, lo que me estaba ya dando ventaja.

No obstante, barrió conmigo también. Estaba impresionada, con una estrategia tan sólida, logró atravesar mis defensas y declararse ganador.

Fue una humillación que no debía permitirme, todos esperaban que hiciera algo y cuando lo iba a hacer, dijiste algo.

–Fue una gran partida, Tanaka-san. Casi pierdo en seis ocasiones.

–¿Eh? Honma? –No podía creerlo. El chico explicó las seis veces donde me equivoqué y hubiera ganado sin problemas. Eso me demostró dos cosas: que odiaba sus agallas y que debía mejorar. –Ikezu yana, Yamashita-san. Permítame invitarle un té a solas. –Todos mis subordinados se fueron. Sólo quedamos él y yo, ofrecida la bebida luego del tradicional ritual, a lo que no me dejó de ver ni un segundo cuando lo preparaba.

–¡Wow! Se nota que sabes de muchas cosas tradicionales de nuestro país.

–Así es. Mi familia ha conservado y enseñado por generaciones sobre la cultura de nuestro país, Yamashita-san.

–No tienes que ser tan formal. Puede ser…

–Kazu-kun. Escúchame bien –dije con mi voz menos moderada, intimidante–. Entiendo que no sepas cómo funcionan las cosas por aquí, pero te recomiendo que, a la próxima que puedas perder contra mí, lo hagas. Si no, tendré que tomar medidas de otro tipo para que aprendas a no meterte con alguien superior a ti. –Debo admitir que fui un tanto severa. El poder que adquirí se me subió un poco a la cabeza y sé qué Kazu-kun nunca olvidó lo que le dije, ni mi voz, porque al siguiente día se fue casi corriendo de Kyoto.




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