Aunque Kazuhiko sabía que ni siquiera pudo contactar a Xinzuo, quien en teoría era fácil de encontrar, decidió seguirle la corriente a su compañero.
–Muy bien, yo me encargo…
–Hontō ni? –cuestionó emocionado el hombre, para luego darse cuenta de ello y cambiar a una expresión más amenazadora–. Más te vale… Kazu-kun…
–Claro, claro… –expresó aquel un tanto decepcionado, pero tranquilo de saber que Kichiro tenía sus ojos en alguien más y no en él, por lo que pronto se separaron, pensando el de verde ir a la facultad de psicología a ver si encontraba a Dahua, pero prefirió esperar al día siguiente o, mejor aún. Recordó que les comentaron que los resultados se publican una hora antes del inicio de clases en el manyue, por lo que ahí tendría que asistir la chica sí o sí, al igual que Zhuo Xinzuo.
–¿Kazu-kun? ¿Qué haces aquí? –preguntó Xitian al ver al menor salir de la jardinera solo, extrañado.
–¡Huang-senpai! Yo… Bueno, es que… ¡Quería conocer las demás facultades y pues vine a ver la de ciencias políticas! –respondió nervioso, lo que le provocó una risilla tierna al de color vino.
–Ya veo. ¿Por qué no me permites mostrarte las facultades camino a los departamentos? Conozco una ruta para pasar por la mayoría de ellas. –Eso parecía una bendición directa del cielo. Como si alguien que lo estuviera viendo supiera lo mal que la pasaba entre Akane y Kichiro y decidió recompensarlo.
–Arigato, senpai. Será un placer. –Sin más ambos comenzaron a caminar lado a lado.
Xitian explicaba no sólo cual facultad era la siguiente a visitar, sino que decía curiosidades, chismes y hasta leyendas de cada una de la casa de estudios. Kazuhiko, mas que sorprendido, estaba fascinado de escuchar y ver más tiempo al mayor, mismo que también se notaba que disfrutaba del momento, llegando el crepúsculo justo a mitad del recorrido, en donde el semblante del hombre cambió un poco.
–¿Pasa algo, senpai? –cuestionó al estar cerca de un imponente edificio, mismo que se notaba un tanto viejo, como si estuviera abandonado.
–Ésta es la facultad de filosofía. No es un lugar en el cual me guste estar –explicó el hombre, extrañado el nipón al escuchar eso.
–¿Hay algo raro con la facultad de filosofía… Ahora que lo pienso… Se ve sola. ¿Los alumnos ya se habrán ido a casa? –cuestionó Kazuhiko, regresando la mirada a Xitian, mismo que veía aquellos edificios con seriedad, como si supiera algo tenebroso.
–¿Alumnos? ¡Perdona! Claro que no lo sabes.
–¿Está cerrada?
–No, sigue abierta. Son solo 4 profesores los que dan clases ahí, incluido el director.
–¿El director da clases? ¡Debe ser una institución privilegiada! –mencionó impresionado el novato, viendo la oscuridad en los sinuosos pasillos del sitio, resguardados por las paredes desgastadas y los escalones carcomidos–. ¿Por qué se ve tan maltratada?
–¿Cuántos alumnos entraron en tu generación a comunicación? –cuestionó el mayor, recordando la fila Kazuhiko.
–Aproximadamente unos ciento diez a ciento treinta…
–¿Sabes cuantos entraron en filosofía? –En ese momento, Kazuhiko recordó el espacio vacío, lo que le hizo entender a lo que le trataba de decir.
–Ninguno. –concluyó el de gafas.
–Así es. Es muy raro que un alumno entre a filosofía. No es por el promedio, sino porque la carrera en tiempos actuales no ofrece mucho. La oportunidad de encontrar un buen trabajo o de extenderte en lo laboral es prácticamente nula. Los alumnos prefieren ciencias o cosas que saben les traerán riquezas. ¿Por qué elegiste comunicación? –preguntó Xitian, pensando un poco el menor ante la pregunta.
–Bueno, siempre he querido ser una persona que pueda conectar a las personas por medio de la comunicación. Durante toda mi vida, me di cuenta que muchos de mis problemas sucedían por la falta de comunicación que había alrededor. Mis padres, hermano, tíos y abuelos, pasaban conflictuados una y otra vez por cosas muy sencillas. Hasta que, un día, decidí hacer que se encaren. Ahí todos hablaron en turnos y se dieron cuenta de los fallos, de lo que necesitaban. La comunicación creó grandes lazos familiares, lo que en teoría siempre quise lograr. La escuela no era diferente, pero sin una persona experta en ello, sin alguien que tenga la batuta como en mi familia que fue mi abuelo, es difícil. Al inicio traté de ser esa persona, pero sólo me gané golpes y apodos. Ahora que seré comunicólogo, quiero llevar a las empresas a la comunicación eficaz y evolutiva, para que cada área pueda entenderse y trabajar mejor –enunció a la perfección el muchacho, serio, dándose cuenta lo que había hecho y visto el rostro impresionado de Xitian, para luego éste reaccionar.
–¡Wow! Eso es muy profundo. Eres increíble, Kazu-kun.
–No es para tanto… ¡En serio! Por eso dicen que soy un engreído –admitió el menor, a lo que el superior le puso una mano en el hombro, haciendo que volteara a verlo.
–Nunca digas eso. Yo sé que las personas inteligentes pueden llegar a escucharse alzadas cuando hablan sobre lo que saben, pero eso no significa que se sientan superiores, es sólo que para ellos ese conocimiento o raciocinio es natural. Yo creo que es algo que hace a una persona sumamente especial, y hasta atractiva. –Esas palabras sonrojaron muchísimo a Kazuhiko. Su corazón empezó a latir muy rápido y sentía que se iba a desmayar, sobre todo porque estaba muy oscuro en los alrededores.
De un momento a otro los faros se encendieron y Xitian pudo ver el rostro rojizo del de verde, por lo que puso su mano en su frente y otra en la propia, para ver si estaba enfermo.
–¿Sen-senpai?
–Estás muy rojo. Será mejor volver –mencionó preocupado, a lo que Kazuhiko se alteró.
–¡No es eso! Hace mucho calor. ¡Mucho sol había aquí antes! Sí, eso… Calor hacía en lugar escolar. ¡Estoy bien! –decía nervioso, provocadas unas risas de su superior, para luego revolverle el cabello.
–Tienes mucha energía, Kazu-kun. Sigamos antes que se haga tarde –mencionó el mayor al comenzar a avanzar, no sin antes el de gafas ver una última vez la facultad sombría.