La caída del sakura

Octavo pétalo: Alianza

Durante toda la noche, en lugar de hacer tarea y descansar, Kichiro la pasó entrenando. Hizo lagartijas, abdominales, sentadillas, saltó la cuerda y estuvo tirando golpes al aire.

Esquivaba, tiraba un derechazo, giraba en el suelo, lanzaba patadas y de más. Tanto fue así que los vecinos de al lado se fueron a quejar a su puerta, recibidos por el joven, todos molestos porque no los dejaba dormir.

En lugar de hacer su clásica rabieta, el nipón sonrió y pidió disculpas, lo que impresionó a todos, acabándose el ruido, duchándose y lanzándose a la cama, feliz.

–Mañana es el gran día, «genormica». Espero no faltes a nuestra cita –decía para sí mismo con ambas manos tras su cabeza, cayendo dormido.

En la mañana el rubio se levantó, desayunó, leyó a una velocidad extrema lo que le dejaron de tarea y salió de la habitación ya duchado y arreglado, emocionado.

El día paso rápido, hubo regaños por parte de los profesores, pero el prodigio los ignoró y respondió con el conocimiento adquirido al leer, contestación que impresionó a los docentes. Sabía más que quienes hicieron lo pedido.

Luego de la larga espera, la última alarma sonó, indicado que era tiempo de salida, corriendo Kichiro fuera del aula, esquivando a los demás universitarios y saltando hacia la primera jardinera trasera.

Entre el crepúsculo, iba haciendo un extraño zigzagueo por la zona verde, dirigiéndose a la facultad de filosofía.

«Por fin pude usar la ruta ciega de las cámaras. Me alegra tanto haberlas estudiado todo esté primer ciclo de exámenes. Estoy seguro que la rinoceronte hizo algo similar, debe estar ya allá, su facultad está muy cerca a la de filosofía», pensó el de negro, apurándose.

Una vez más, el muchacho se encontraba en el lugar abandonado. No había nadie, más que las cosas de Arika, los asientos y la tenebrosa luz de la luna que apenas podía apreciarse por la única ventana descubierta, aunque, de alguna manera, iluminaba la habitación.

–Así que fuiste tú, enano –mencionó Dahua, apareciendo al otro lado de la pila de asientos.

–¡Vaya! No eres tan cobarde como creí. Tampoco trajiste profesores o prefectos contigo y no tengo un anuncio en mi teléfono. También estudiaste el entorno. Me alegra saber eso –dedujo el de negro, observando la faz dura y sería de la mujer que medía casi 50 cm más que él.

–He escuchado un poco de ti, Satō Kichiro. Un pandillero en ascenso de Riben, bastante ruidoso y presumido. No me sorprende que quieras medirte conmigo –explicó Dahua, caminando a un costado, haciendo lo mismo Kichiro, guardando ambos distancia y haciendo un círculo.

–¡Oh-ho! Así que mi pequeña fama llegó hasta acá. Me alegra que estés consciente de a qué te enfrentas, gigante.

–En tu carta fuiste bastante específico de tus intenciones: «Wong Dahua, tal vez no me conozcas, pero yo a ti sí. No sólo por esa calificación alta en el examen, sino por tus numerosos torneos de Kung fu ganados y tú banda de maleantes que ha estado adquiriendo territorio muy rápido. Se podría decir que somos parecidos y admiro tu espíritu, pero vengo a quebrarlo y quedarme con los restos que probarán que llegó una nueva promesa a su país. Te veo en el gimnasio abandonado de filosofía para nuestro duelo. PD: No me subestimes por mi tamaño. Soy asesino de gigantes también. Te estaré esperando». Eso último escrito con los pies, si me lo permites decir –agregó la mujer sujetando la carta, para luego hacerla bolita en su puño.

–¿Qué pasa? ¿Tanta confianza tienes? –Dahua se detuvo, poniendo una pierna enfrente, firme, cerrando sus puños y colocando uno por enfrente y abajo, mientras que el otro estaba atrás en relación con su postura, además que quedó en alto, ladeada un poco en dirección a Kichiro.

–¡Ven, enano! –Luego de eso, Kichiro levantó los puños dobló las rodillas y comenzó a zigzaguear en el suelo usando su dorso y cadera para moverse cada vez más rápido y acelerar el paso, sorprendiendo a Dahua con un gancho al hígado muy veloz.

La mujer pudo bloquear con su antebrazo a duras penas, dando un pisotón entre las piernas del más pequeño, lanzando un golpe directo con su brazo restante al pecho del chico, evadido este golpe por el rubio al hacerse hacia atrás con cierta facilidad, arqueado su cuerpo en casi 90 grados. Para eso, la pelirroja alzó la pierna trasera en perfecta alineación con la otra, bajada para dar de lleno al centro del nipón con el talón, lanzado aquel a la derecha en otro movimiento de cintura y dando un pequeño salto, rondando sobre el suelo y abriendo las piernas para detenerse con una mano en el suelo, listo para otro asalto.

Por su lado, la pierna de Dahua dio un pisotón que quebró parte de la suela del piso, arrancada su pierna de este sitio, aún seria la psicóloga.

–Debo admitir que eres muy escurridizo. Pareces una maldita comadreja con aceite –describió la mujer, sobándose el lugar donde recibió el golpe. –Estoy segura que debajo de ese uniforme hay músculos bien trabajados.

–¿Qué? ¿Esto? –Kichiro se abrió el uniforme de leyes, revelando un cuerpo marcado y bien trabajado, pero también delgado–. Así es, me especializo en la velocidad. Tú eres un mastodonte, dudo que puedas igualarme. Aunque un par de esos golpes sí me dejarían tieso.

–Será entonces muy interesante...

–Ikuzo, yaiganto! –Sin pensarlo, Dahua saltó y trató de darle una patada en el aire, mas ahora Kichiro abrió su defensa clásica de boxeo, consiguiendo evadir con un salto hacia adelante, tomando en el aire a la mujer, sujetando su mano más cercana y rodeando una de sus enormes piernas bajo su otra axila, azotando a Dahua en el suelo al puro estilo judo.

Ya en el suelo, la pelirroja lanzó un puñetazo a la cara del rubio, evadida al soltarla y hacerse hacia atrás, para luego la mujer juntar sus piernas, poner sus manos en el suelo, a los costados de su cabeza, y usar tanto el impulso de sus brazos como el doblar sus extremidades inferiores para luego extenderlas en una patada doble que dio directo a Kichiro, cubierto con sus antebrazos en cruz justo en el impacto. Eso provocó que el joven saliera volando casi tres metros, dando un par de vueltas en el piso y recuperando el balance para ponerse de pie como antes, mas al levantar la mirada, Dahua ya se encontraba frente a él a punto de darle un golpe con uno de sus puños.




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