El ambiente en el gimnasio estaba ahora tenso para las mujeres, mientras que el varón sólo atinó a seguir caminando para sentarse en el escenario del sitio, como acostumbraba, tomando un libro.
En eso, de la nada, la más joven comenzó a reír. Sus carcajadas se volvieron sonoras e hicieron eco por todo el sitio, extrañada Arika de dicha actitud, viendo cómo la pelinegra se sostenía el estomago y se arqueaba hacia adelante.
–¡No puedo creerlo! El gran Zhang Dahao, el misterioso alumno, es sólo un homosexual. Ahora entiendo el misterio y mi repulsión al verte. –La declaración hizo a la rubia levantar una ceja, nada contenta, mientras que el filosofo ignoraba a la mujer. –¿Qué pasa, Zhang-senpai? ¿Te comió la lengua el ratón? Ya no tienes nada qué decir al respecto o sí. Un defecto como ese debe ser una gran mancha en tu expediente.
–Eso es lo que crees, ¿cierto? –emitió el filósofo, aun tranquilo–. Ves algo que todos califican perfecto y, al encontrar un defecto, piensas sólo en eso. En la mancha negra. No importa que tan limpia esté la pared, ese punto oscuro en una esquina llama más la atención que todo el espacio blanco que hay alrededor. No obstante, me parece que no entiendes algo –explicó Dahao, bajando su libro y mirando a la chica.
–No hay nada qué entender. No importa lo que digas, eso no quitara que eres un depravado.
–Hay dos extremos en la virtud moral que se oponen a ella. Dos que, sin dudas, poseo: El exceso y el defecto. Como ya sabes, poseo gran conocimiento y comprensión de mi carrera, de mi sapiencia como filosofo. No existe nadie que haya presentado resultados como los míos. Eso es un hecho. Por otro lado, tengo un «defecto» dentro de la sociedad en la que vivo. Uno que desprestigia cualquiera de mis logros y metas: la homosexualidad. Eso significa, que me encuentro en el punto exacto de equilibrio.
–¿De ser un imbécil?
–De la virtud moral –enunció Arika, molesta –. Quiere decir que está consciente de lo que significa serlo y acepta o abraza sus consecuencias para que pueda revelar su virtud humana. No alcanzando la perfección, sino estructurando virtudes a su alrededor.
–¿Desde cuándo...?
–Mi padre estudió filosofía en esta universidad. Me enseñó muchas cosas –tajó a la menor, secundándola Dahao.
–Es evidente que estás cegada por los conceptos y tradiciones de tu sociedad natal. Pero pregúntate: ¿Por qué ser homosexual es un defecto en sí? ¿Qué es lo que hace que nuestra sociedad desprecie este tipo de preferencias?
–¿Acaso importa?
–¿No te importa a ti, mujer? –Esa última palabra fue dicha con cierto tono malicioso, retrocediendo Akane y borrada su sonrisa de repente. –¿No fuiste apartada por tus hermanos, quienes pueden heredar el nombre familiar? ¿No es común que te releven tareas hogareñas o que te estén diciendo que debes tener muchos hijos, buscar un buen esposo y aprender a cuidar a los hombres de tu familia, así como a los de la futura al casarte? ¿No te han ignorado o callado sólo porque tú «no entiendes» por ser mujer? ¿No te han dicho que vales menos que cualquier hombre? Podría continuar, pero supongo aceptas que tu lugar es ser una incubadora de herederos y un trofeo de carne.
–¡Cállate! ¡No sabes nada!
–¡Oh, te equivocas! –En eso, la luz del lugar pareció volverse más tenue, como si cayera la noche, poniéndose de pie Dahao sobre el escenario, abriendo sus brazos a los costados. –Lo sé todo, lo he visto todo y he sentido todo. Cada vez que he estado presente en un acto, no me cerré a las posibilidades, absorbí las emociones, analicé cada interacción, cada hecho, cada palabra y cada situación. Todo para comprender por qué. Para saber qué era lo que ocasionaba los conflictos, las reconciliaciones, la alegría de las masas y la felicidad de la singularidad, así como sus tristezas, desdichas y molestias. Siempre atento, siempre listo para ver el panorama. Tú te alimentas de lo que se te dice que está bien o mal. Tratas de sentirte superior por cada vez que te dijeron que no podías ser más de lo que te etiquetaron al nacer, sin ver que estás dándole vuelta a la misma rueda que tanto odias. Ven, regocíjate con mi defecto, olvida los tuyos, Tanaka Akane. –De la nada, la luz del edificio pareció parpadear, como si las lámparas siempre hubieran funcionado, iluminando cada rincón, sobre todo al sujeto que estaba aún en esa pose teatral viendo a las mujeres.
Asustada, la pelinegra corrió para huir del lugar, tratando de detenerla Arika, quien desistió al escuchar la voz del filosofo llamarla por su nombre, como siempre lo hace.
–¿No hiciste ya suficiente? –cuestionó la rubia al hombre, mismo que ya tenía ambas manos dentro de los bolsillos de su pantalón.
–¿Vas a defender su ignorancia? A ti también terminó por ofenderte sus palabras –mencionó el sujeto, observado por Arika–. Voy a necesitar un favor de tu parte. Claro, si gustas ayudarme, te prometo que también te beneficiará a ti –explicó al hombre con una sonrisa confiada, a lo que la rubia accedió.
Al día siguiente, cuando los jóvenes se reunieron para recoger las cartas de rabu rabu meiru, Akane llegó sin decir una sola palabra. Ya los demás la habían notado muy seria, pero no tenían el valor de preguntar qué tenía, a excepción de Dahua, la cual se acercó a hablar con ella, pero en eso, Kichiro hizo una onomatopeya de pregunta, llamando la atención de los demás.
–No puede ser... –Frente a todos apareció Xinzuo, mismo que se veía alegre cómo de costumbre.
–Hola a todos. Espero que hagamos un buen trabajo juntos –mencionó el chico, haciendo una reverencia de casi cuarenta y cinco grados, reaccionando los nipones y haciendo una más baja todavía.
–¡No! ¿Qué dices? El gusto es nuestro.
–Sólo no estorbes...
–Bienvenido al equipo –mencionaron Kazuhiko, Kichiro y Dahua en ese orden, mirando Xinzuo a una apenada Akane.
–Me alegra que estés con nosotros...
–Nakamura Arika me contactó ayer en la noche. Me dijo que le pediste que también pudiera entrar. Te lo agradezco mucho. –La noticia sorprendió a todos, más a la chica, quien rápido tomó la oportunidad que le dio la rubia.