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El silencio incomodo llegó. Todos sabían que iba a suceder, que tanto Lian como Hengwu no verían con buenos ojos lo que había sucedido hace años, y era esa mirada incómoda que ambos les dedicaron a los mayores lo que los tenía contra la pared.
Estaban avergonzados, ni siquiera podían observarlos, hasta que aquí habló Arika.
–Es evidente que son cosas que quedaron en el pasado. Las personas que ven frente a ustedes ya no son las que fueron en la historia. Han cambiado, y sí, dijeron cosas hirientes y horribles, pero lograron aprender y cambiaron. Todos pueden hacerlo si tienen voluntad –explicó la mayor, cosa que no parecía convencer a los muchachos del todo.
–Kazuhiko-senpai. Tú fuiste uno de los afectados. ¿Crees que Arika-senpai tiene razón? Ellos cambiaron –preguntó el matemático, ignorando por completo a Akane y Kichiro, notando cómo el nipón de anteojos cerró sus ojos y respiró profundo. No parecía que estaba del todo contento de contestar aquello.
–Han mejorado muchísimo.
–Kazu-kun... –emitió la pelinegra, con un tono triste, cómo si fuera a llorar, visto que Kichiro apretó el entrecejo y los labios, viendo Lian que sus ojos estaban cristalinos.
–Déjame terminar, Akane-chan –pidió el comunicólogo, continuando hacia los más jóvenes–. No es fácil eliminar este tipo de cosas. Yo mismo tenía pensamientos y costumbres estúpidas del tipo, pero con el tiempo las fui eliminando de mi sistema. Supongo fue fácil para mí porque soy gay, pero Kichiro y Akane no lo son, y sí, ya me aceptan a mí y a cualquiera, pero no crean que no notó su incomodidad cuando ven a dos chicos besarse.
–Kazu-kun, por favor...
–También veo cómo giran los ojos cuando se toman de la mano, cuando se dicen cosas lindas. Como levantan las cejas o se molestan con cualquier tipo de detalle. ¿Creen que estoy ciego o que soy imbécil? –mencionaba Kazuhiko, molesto, reclamándoles, hasta que Kichiro reaccionó y respondió.
–¡No es fácil! ¡Tú mismo lo dijiste! Toda mi maldita vida me dijeron que estaba mal, que era algo enfermizo. Nos enseñaron a odiarlo, a repudiarlo. Trato de adaptarme, pero siempre se me dijo que estaba mal, y aunque ya no me molesta, hay cosas que no puedo evitar por costumbre. No creo que siga dentro de mí como tal. Solo es difícil, y lo siento por todo lo que dije. Ya sé que ya me disculpé en el pasado, pero cada vez que recuerdo lo que pasó, siempre que vienen a mí esas memorias, me siento peor que basura –emitió Kichiro entre lágrimas, secundado por Akane.
–Sé que nos culpas en parte por todo lo que pasó. Sabemos que nunca nos has perdonado, ni a nosotros, ni a Zhou-san y mucho menos a Zhang-senpai. No obstante, sabes lo mucho que nos esforzamos para dejar todo eso donde está, en el pasado. Yo misma he tratado de hacer mis méritos. He tenido conversaciones conmigo misma sobre el tema y he ido a terapia para sanar no sólo eso, sino mis propias inseguridades. Trato de... ¡De aceptar la verdad!
–¡No te atrevas, Tanaka Akane! –soltó Kazuhiko, con una ira impresionante, cuyo grito fue hecho con gran severidad y una voz rasposa.
–¡Yamashita-kun! ¡Ya basta! –emitió Arika, también molesta, visto que tanto Akane como Kichiro estaban llorando, tristes y lastimados.
–No se hagan las víctimas, hipócritas.
–Kazuhiko-senpai. Entiendo que estés molesto, pero...
–No, Yan-kun, no entiendes nada. ¿Por qué no mejor continuamos con la historia? ¡Terminemos con esto de una vez!
–No, no lo haremos si no te calmas y disculpas.
–Nani? ¿Yo me tengo que disculpar? ¿Por qué me tengo que disculpar exactamente, Nakamura-senpai? –Las lágrimas comenzaron a escapar de los ojos del comunicólogo, quebrandose su voz en le proceso–. ¿De todas las veces que me han hecho inseguro? ¿De ser homosexual? ¿De querer amar a una persona rota? ¿De haber tratado con todas mis fuerzas en ayudar a alguien a quien amo con todo mi corazón? ¿Eso quieren? ¡Pues lo siento! ¡Perdón si todavía sufro en silencio! ¡Perdonen por incomodarlos, por tener que callarme cada vez que noto que no les agrada saber sobre mis preferencias o las de los demás! ¡Siento tanto que tengan que soportarnos, kusoyaro! –gritó al caer de rodillas, destrozado, cubriéndose el rostro, asistido por Lian y Hengwu, quienes se notaban ya muy tristes por lo que estaba pasando.
–Será mejor que... –enunció Arika hacia los otros dos, para luego interrumpirla Hengwu, ya llorando, pero con su rostro duro de siempre.
–No, senpai. Quiero saber qué pasó. Necesito saberlo –dijo el joven de anteojos, visto que los nipones no parecían poder proseguir–. Si ustedes no pueden hacerlo, entonces yo lo haré. Gege me contó sobre Zhang Dahao, cómo lo conoció. Tal vez ni siquiera ustedes sepan eso, pero me parece que debo decirlo. También tú debes escucharlo, Baobei. –Eso llamó la atención de todos, tranquilizándose el comunicólogo, sujetando la mano de Hengwu y con la otra la de Lian.
...
Tal como Xinzuo lo dijo, fue durante la ceremonia de bienvenida. A diferencia de la mayoría, él no tenía mucho interés en llegar a dicho evento. Estaba triste, confundido y llorando por lo que había pasado hace poco. No sabía qué hacer o a dónde podría ir, no tenía amigos en este nuevo país y universidad, y tampoco había muchos en quienes se pudiera apoyar en su natal isla.
Pensó en regresar a casa de sus tíos, pedir perdón y tratar de hacer acuerdos ahora que ganaba más dinero como modelo e influencer, pero sabía que buscarían abusar de ello. También pensó que podría irse a vivir con su manager, pero a la larga, esto sería una pésima idea.
Él iba caminando en soledad hacia el recinto, con la mirada baja y dando pasos lentos, como si no quisiera asistir, hasta que casi choca con alguien, deteniéndose al instante y levantando la mirada.
–Duibuqi! No estaba viendo por donde iba... –dijo el joven al levantar la cabeza, apenado y con una pequeña lágrima a nada de salir de su ojo, visto que frente de él se encontraba un hombre alto, de piel asoleada y sonrisa confiada.